Juan Gabriel García
Juan Gabriel García

Perfectos desconocidos se trata de la película más inspirada de Alex de la Iglesia desde La comunidad. O como mínimo hablamos de la que mantiene un mayor equilibrio en todos sus actos. El cineasta vasco acostumbra a ofrecer arranques espectaculares en sus películas, como nunca o casi nunca hemos visto en el cine español, sirvan los ejemplos de Balada triste de trompeta, Las brujas de Zugarramurdi o la ya muy lejana 800 balas para demostrar esta hipótesis, prometedores inicios que paulatinamente se desmoronan hasta desembocar en un anárquico final capaz de enterrar todas las virtudes del relato.

Por suerte Perfectos desconocidos representa una excepción a esta regla y se nos presenta como una ácida y frenética comedia en la que todas las piezas encajan con naturalidad. Y a pesar de ser un remake de la cinta italiana Perfetti sconosciuti (2016), de Paolo Genovese, se nos muestra como una obra rebosante de originalidad, con la chispa, ironía y espontaneidad que echamos de menos en algunos de los títulos anteriores de De la Iglesia.

Perfectos desconocidos cuenta la historia de un grupo de amigos que se reúne para cenar en la casa del matrimonio formado por Eva (Belén Rueda) y Alfonso (Eduard Fernández). A la cita asisten dos parejas más, la compuesta por Eduardo (Eduardo Noriega) y Blanca (Dafne Fernández), y la de los personajes de Ana (Juana Acosta) y Antonio (Ernesto Alterio). A la cena está invitada una pareja más, pero al final solo se presenta Pepe (Pepón Nieto).

Con el influjo de un singular eclipse de luna de sangre, los comensales deciden aceptar el reto de un peligroso juego…, colocar sus móviles encima de la mesa para hacer público cualquier mensaje, mail o llamada que llegue a cada terminal mientras dure la cena. Una idea tan sencilla como eficaz, desencadenante de numerosas situaciones que mantendrán nuestra atención hasta el desenlace.

 

 

Y una vez vista la película de la que parte, y sin olvidar que el guión se asemeja en casi un noventa por ciento (excelente el trabajo de Jorge Guerricaechevarría en la adaptación), podemos asegurar que la versión española supera a la italiana ya que consigue intensificar los giros cómicos de la obra de Genovese y alcanza el ansiado objetivo con el que debe nacer todo remake, quedarse con lo bueno y mejorar la obra original. Prácticamente nunca ocurre esto, un nuevo motivo para celebrar la formidable rareza que supone Perfectos desconocidos, una vuelta de tuerca más en la apasionante e irregular trayectoria de De la Iglesia.

El director

Y a él, al cineasta, al autor, se le debe el mayor acierto de la película, la atmósfera hipnótica que genera en torno a una circunstancia, a priori tan baladí, como una cena de un grupo de amigos. De la Iglesia consigue transmitir la sensación de que en cualquier instante puede ocurrir algo clave, un detalle que tendremos que guardar en la memoria porque más adelante cobrará sentido, identificar el Macguffin, o la llegada de una situación cómica más hilarante que la anterior. A De la Iglesia seguro que también se debe la variante más fantástica que cobra su ficción si la comparamos con la de Genovese.

 

 

El móvil, epicentro vital

El tema no puede resultar más actual y controvertido. Por un lado se adentra en la hiperconectividad del individuo a la que estamos sometidos con los smartphones, las apps y toda la tecnología que nos obliga, ya sea por ocio y/o trabajo, a estar siempre en línea, porque si no lo hacemos nos quedamos en fuera de juego.

También nos sirve para reflexionar sobre cómo hemos llegado a ser capaces de verter toda nuestra vida, aquella información más indispensable y sensible, en un artilugio tecnológico que, si lo perdemos, nos arruina la existencia. Y por otro lado, profundiza en la intimidad en la relación de pareja. Nos plantea dilemas como si tenemos derecho a guardar secretos, si seríamos capaces de dejar el móvil a nuestra pareja para que revise cada wasap y nota de voz, si somos nosotros mismos o la careta que nos colocamos para esquivar al yo que no nos gusta, o hasta qué punto preferimos quedarnos ajenos a la realidad, incluso a saber que vivimos engañados por convicción, y aplicar el refranero cuando dice “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Acertado reparto

Los intérpretes están inmensos, otro acierto de De la Iglesia, tanto por lo que haya tenido que ver en la elección del elenco como, sobre todo, por su dirección. Todos se desenvuelven en el mismo tono, en el mismo plano, creíbles en las partes más dramáticas y divertidos en la comedia. No nos imaginamos una mejor designación de actores y actrices para estos personajes. A destacar la vis cómica de Ernesto Alterio, y como la benjamina del grupo, Dafne Fernández, con menor bagaje que sus compañeros, mantiene el tipo sin titubeos.

 

 

El regreso a la plenitud

Álex de la Iglesia nos demostró que el cine español estaba abierto a la imaginación con propuestas tan marcianas como Acción mutante. Ese buen preludio germinó en una joya como El día de la bestia, para muchos la cima de De la Iglesia en pugna con La comunidad. Desde entonces cada película que presenta se convierte en un acontecimiento. Ostenta el extraño hecho de estrenar dos películas en un mismo año, 2017, la otra es El bar, y su valía ha sido reconocida en foros tan exclusivos como el Festival de Cine de Venecia.

Con Perfectos desconocidos De la Iglesia evidencia que se encuentra en plena forma, que su capacidad creativa en el plano visual, narrativo y de dirección de actores ha alcanzado uno de sus puntos más álgidos. Que es capaz de mantener el pulso de una historia hasta el final, y a los que pensábamos que tocó techo hace tiempo, nos ha dado un zas en toda la boca que asumimos con alegría porque significa que ha regresado con una estupenda película, si por estupenda entendemos dinámica, divertida y entretenida.

Reconozco que mi visión positiva se ha podido influenciar por el favorable ambiente que se generó en la poblada sala donde vi la película, ya que en un puñado de momentos las carcajadas del público eran tan fuertes, y se extendían tanto, que costaba escuchar el diálogo siguiente. Aquí reside una parte importante de la esencia del cine, un instante mágico que solo puede brotar en esta ventana al universo de la ilusión, un lugar que si no lo cuidamos, y valoramos, pronto estará en peligro de extinción.


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