Martín Cuesta
Martín Cuesta

Se comentaba, en los corrillos de prensa, el golpe que supondría para el cine español que algo le ocurriera al vuelo que, procedente de Madrid, aterrizó este martes en el aeropuerto de Niza. La causa es que buena parte de la industria fílmica patria viajaba en él con la intención de inaugurar el Festival de cine más importante del mundo, el que tiene lugar cada año en la pintoresca (y algo hortera) ciudad de Cannes.

Directivos del ICAA, productores, algunos de los actores con rostros más conocidos de nuestras pantallas, eran recibidos por Thierry Fremaux en una alfombra roja que presentaba la expectación de las grandes ocasiones. Todos lo saben, una producción española (Morena Films), era la encargada de inaugurar el gran festival, bajo la dirección del iraní Ashgar Farhadi (acreedor de dos Oscar) y con un elenco de vértigo: Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, la andaluza Inma Cuesta, Eduard Fernández, Bárbara Lennie, Elvira Mínguez y un largo etcétera.

Celebración sí, pero sombreada por la polémica que sigue a la 71ª edición del certamen cinematográfico. Esta polémica viene determinada por la nueva política de proyecciones de la muestra cannoise, un intento de paliar los implacables juicios que la prensa desplazada a la Croisette emite (o emitía) con antelación a la proyección oficial de cada película y que hacía llegar a alguna de ellas con la carga adicional de los abucheos y los comentarios en las redes sociales que ya ustedes saben.

Resultado: la crítica hablando en voz alta de embargos camuflados y teniendo que asistir a la retransmisión de una ceremonia inaugural sin más objetivo que admirar la espléndida madurez de Cate Blanchett, Presidenta del Jurado, y las venerables canas de Martin Scorsese, que será homenajeado en el Palais des Festivals.

A lo David Lynch

Ya metidos en harina cinematográfica tenemos que empezar hablando del inicio de uno de los films clásicos de David Lynch, Terciopelo azul, de cómo una muerte inesperada abre un espacio alternativo en el idílico paisaje de un barrio residencial de una ciudad norteamericana tipo. De repente, la aparente placidez del césped recién cortado se transforma en un campo de batalla donde colonias de insectos luchan por el dominio, algo así como el reverso oscuro del sueño americano de Frank Capra.

Todos lo saben

Sirva esta comparación para poner en contexto la nueva película del director iraní Asghar Farhadi, la primera que el responsable de A propósito de EllyNader y Simín, una separación rueda en español. Al igual que aquélla que inicia este párrafo, Todos lo saben se abre con escenas que parecen reivindicar los lazos familiares y la felicidad del reencuentro, también como en la de Lynch, un hecho trágico y sorprendente (que no desvelaremos aquí por razones obvias) modifica el punto de vista y hace aflorar la inmundicia residente bajo las aguas tranquilas, las cara oculta tras el disfraz de Arcadia rural que utiliza el pueblo protagonista.

Esta radiografía de las relaciones familiares es, obviamente, un nexo común entre los diferentes trabajos de Farhadi. También lo es como un hecho violento, aparentemente aislado, actúa como detonante de la modificación de caracteres de sus protagonistas y desvela imbricaciones profundas entre los elementos que forman parte de ella.

Todos lo saben

La novedad de Todos lo saben es que, a diferencia de sus obras pretéritas, Farhadi peca de un exceso de indefinición más allá del planteamiento ya mencionado anteriormente: ¿Es su película una reflexión sobre el poder corruptor del tiempo?¿Una llamada de atención sobre la pérdida de los valores familiares tradicionales? Podría ser cualquiera de ellas, pero sus imágenes bucean sin demasiado sentido entre ambas, no llegando en ninguna a ir más allá del retrato apenas esbozado, del boceto a medio terminar, del apunte apresurado.

Mención aparte merece el uso del idioma en el filme. Obviamente este punto viene determinado porque Farhadi no es hablante de castellano y tiene como consecuencia que el acento de sus protagonistas fluctúe de una manera extraordinaria y sin aparente motivo. Podría haberse esperado que esto viniera resuelto por el uso de un asistente de dirección que ejerciera una labor de intérprete, mejorando la dirección de actores, o al menos sirviendo como puente entre las intenciones del realizador y los condicionantes propios del castellano. Pero el propio sistema de trabajo del iraní, que suele dejar en manos de los actores la reinterpretación de las escenas partiendo de unas lineas de guion básicas, conduce a cierta anarquía a anotar en el debe de la película.

Saludamos, en definitiva, las buenas intenciones que definen a Todos lo saben. Unas intenciones que son evidentes a lo largo de su metraje, pero no podemos pasar por alto los defectos que la lastran y que terminan condicionando al film inaugural de este Cannes 2018, un hito en cualquier caso para el cine español que esperamos no tarde demasiado en volver a repetirse. Y sin embargos… si puede ser.


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