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Alejandro Ávila

En agosto de 1966, Clint Eastwood abandonó España. 50 años después no ha regresado al país que lo catapultó al estrellato con la trilogía de Sergio Leone: Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. El periodista Francisco Reyero (Sevilla, 1971) indaga sobre los años españoles de la leyenda hollywodiense en su último libro: Eastwood. Desde que mi nombre me defiende (Fundación José Manuel Lara, 2017). “Sin España no hay Eastwood, no hay ese personaje serio, discreto. No hubiera encontrado esa manera de mirar”, explica el escritor en la presentación del libro en Madrid.

Reyero acude a la hemeroteca, los archivos históricos y, sobre todo, a todas aquellas personas que se vieron involucradas en los caóticos rodajes del realizador romano en tierras castellanas y andaluzas. Por sus páginas circula desde la familia de conductores Fernández, hasta Manolo Vidrié, el especialista que quería ser rejoneador, pasando por un improvisado director de extras llamado Juan el Gitano.

Más allá del morbo que despiertan los libros sobre las entrañas de la industria del celuloide, esta obra sobre Eastwood revela una España que encontró un filón como California europea, se veía subyugada por una censura casi cómica y donde habitaban “unos personajes muy interesantes: lugareños que se encargaban de proporcionar a los extras y un solvente grupo de técnicos”.

Es así cómo no sólo redescubrimos la relación de amor-odio entre Clint Eastwood y Sergio Leone, sino que encontramos una industria cinematográfica similar, en muchos aspectos, a la actual: coproducciones europeas, dominio norteamericano y una España diversa convertida en un gigantesco plató. “España, cuya relación con Hollywood se había consolidado por el interés de la dictadura, ofrecía mano de obra competitiva, técnicos solventes y costes irrisorios”, escribe Reyero.Eastwood llega a España como un amable e insustancial protagonista de una serie del Oeste y sale, un par de años después, convertido en un icono incontestable, caracterizado por su barba, cigarro, poncho y mirada pétrea. Por un puñado de dólares supuso un auténtico boom para el género, el protagonista y el propio país, donde se consolidaron varios centros de rodaje en Cataluña, Castilla y Andalucía y en seis años se rodaron más de 158 spaghetti western. Hay quien señala que, dado que todo se hacía en España, el género se debería haber llamado paella western.

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La obra está plagada de anécdotas y humor, como la prosa “irrepetible”, según palabras de Reyero, que empleaba la censura en sus comentarios. “No encuentro razones para la prohibición, pero reconozco que en esta ocasión a los guionistas se les ha ido un poco la mano y que haría un favor a la serenidad del público que se rebajaran unos cuantos cadáveres”, firmaba el censor Sebastián B. de la Torre.

Tras el enorme éxito de Por un puñado de dólares, Almería se convierte en el centro de este nuevo universo cinematográfico. Allí se rueda La muerte tenía un precio y se construye un poblado al más puro estilo tejano. Almería no es sólo interesante por sus horas de luz y ausencia de lluvias, sino por sus formas geológicas y su desierto. “Con David Lean había sido Oriente Medio, con Leone se convirtió en la frontera texana de El Paso y a continuación en una representación general del Oeste. Almería más allá del Mississippi, en algún poblado perdido, entre Kansas, Oklahoma, Nuevo México, Arizona o Utah. El desierto de Mojave o Death Valley eran sin saberlo como Tabernas”.

Aunque a mediados de los sesenta, Hollywood daba por muerto el género del Oeste, fueron un director italiano, un compositor genial como Ennio Morricone, un actor americano desconocido y una España de fondo los que le brindaron su segunda edad dorada.

Clint, convertido, a sus 86 años, en un reputado director de cine con cintas como la oscarizada Million Dollar Baby, Gran Torino o Mystic River, vive alejado de los focos de Hollywood, en un lugar llamado Carmel by the sea. El octogenario conduce, protege celosamente su privacidad… y se sirve él mismo la gasolina, porque no es un viejo. Medio siglo después sigue siendo El Hombre sin Nombre de la Trilogía del Dólar.


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