El director sevillano Paco R. Baños estrena su segundo largometraje ‘522. Un gato, un chino y mi padre’, protagonizada por una Natalia de Molina que vive un reencuentro con “los sentidos, el mar y su infancia”

avila
4 Jul 2019
Alejandro Ávila

Una fábula con personajes muy humanos para ver “con el corazón”. El director sevillano Paco R. Baños define así 522. Un gato, un chino y mi padre (Tarkemoto, Letra M. Estrenada en el Festival de Málaga), que protagoniza una Natalia de Molina desquiciada por un pasado que le impide alejarse más de 522 pasos de su casa, pero que debe emprender un viaje al fin del mundo para reencontrarse con “los sentidos, el mar y su infancia”.

Sentado en una terraza de la plaza San Marcos, aún algo abrumado por el preestreno de su segundo largometraje en el cine Cervantes de su ciudad, Baños defiende su admiración “por la garra y el carácter del universo femenino”.

Esa fascinación la ha transformado en las dos protagonistas absolutas de sus largometrajes: Ali (interpretada por Nadia de Santiago en Ali) y George (Natalia de Molina en 522…). Son chicas que tienen “las ideas muy claras” y que permiten al cineasta sentirse cómodo “con esos personajes que se atreven a todo”. Incluso emprender una odisea hasta los ‘confines’ del mundo.

Al comienzo de la película, el cielo de Triana se convierte en una ilustración. Más adelante se habla de El Flautista de Hamelín y Cenicienta. Natalia de Molina, deformada buena parte de la película por el gran angular, se asemeja a una caricatura. ¿Estamos ante una película contada como un cuento?

La película está fabulada. Me gusta buscar esa conexión con el realismo mágico y con el mundo de la fábula para tratar de demostrar que no hablamos de la realidad, sino de algo más ficcionado, donde lo humano se mueve con ese contraste entre la madurez y lo infantil.

 

Tanto en Ali, como en 522. Un gato, un chino y mi padre, tus protagonistas, Ali y George, son chicas inadaptadas. ¿Hasta qué punto te ayudan los personajes femeninos a expresarte con mayor libertad?

Son personajes con alguna disfunción emocional y eso nos genera empatía, porque si nos miramos un poco tenemos más disfunciones de las que parece. El termino normal hay que ponerlo en tela de juicio. Es posible que emplear personajes femeninos te ayude a esconderte y sentir más libertad para expresar tus experiencias sin que nadie vea directamente esa conexión con el personaje.

 

¿Qué dirías que te une a ese universo femenino?

Hay una admiración por esa garra y carácter del universo femenino. Tienen las ideas más claras y son más directas. Eso me permite ir a gusto con esos personajes que se pueden atrever a todo, mientras lo masculino se limita a moverse a su alrededor.

En el preestreno en Sevilla, Natalia de Molina dijo que había sido un camino difícil. ¿A qué se refería?

Hacer una road movie es complicado, porque no puedes volver a los sitios y todo tienes que resolverlo. Para colmo, fue la primavera más lluviosa de los últimos 50 años. Era un trabajo complicado, al tener ella la cámara tan cerca. El personaje es complejo, absolutamente protagonista y está en todas las escenas y casi todos los planos. No tiene descanso.

El proceso de sanación es totalmente natural, un reencuentro físico y visual de los sentidos, los olores, el mar, el viento, el tacto de la tierra, el árbol de su infancia.

¿Entendió bien su personaje?

Sí, lo recogió, porque es muy lista, muy trabajadora y siempre está inventando. Había que quitarle peso al personaje, porque era una agorafobia inventada. El proceso de sanación es totalmente natural, un reencuentro físico y visual de los sentidos, los olores, el mar, el viento, el tacto de la tierra, el árbol de su infancia. El personaje está reconciliándose con los sentidos, como el que aprende de nuevo a hablar.

 

Nadia de Santiago, que interpreta a la protagonista de Ali, hace un cameo en la peli. ¿Viven George y Ali en el mismo universo?

El cameo en la peli es porque Nadia y yo nos queremos mucho y se me ocurrió que apareciera. Yo le decía que fuera calentando por si era la protagonista. Era una broma, porque para el papel pensaba en alguien con más edad. Nos vemos poco, pero tenemos momentos en los que conectamos muy de verdad. Me apetecía que estuviera y que de alguna manera fuera muy anónima. Es un juego.

¿Qué dirías que conecta a Ali y George, las protagonistas de tus largometrajes? ¿Y qué las diferencia?

Ambas son del género femenino (ríe). Son complejas y tienen vivencias emocionales y familiares no bien cerradas o no bien vividas. Van con algo en la mochila (emocional) que necesitan reconducir para encontrarse a sí mismas. En el fondo, intentan dar pasos para ser más felices que en el submundo en el que andan metidas. Tienen asuntos que han dejado aparcados, hasta que la bola se hace grande y tienes que enfrentarte a ellos. En el fondo, es algo muy humano.

 

Ambos personajes guardan una rabia contra el mundo que han de digerir, para vivir con cierta paz. ¿Qué les irrita?

Más que rabia contra el mundo es contra sí mismas. Ese rollo arisco hace que cueste empatizar al principio con sus personajes. Es una rabia contra las cosas que no nos gustan, esas a las que no nos enfrentamos, que no acabamos de cerrar. Es una rabia hacia las cosas que no te funcionan. Llega un momento en que es necesario soltar el freno y que los pedales de tu vida vayan más libres, tener una mirada más sencilla de las cosas y alcanzar esa paz que, por ejemplo, experimentamos en vacaciones.

 

De la versión de Málaga a la comercial, has limado seis minutos de metraje. ¿Con qué intención?

Son cortes sencillos y directos, con la intención de ser honesto con la vivencia emocional del personaje. Entiendes mejor a George, te acercas mejor a su problema. Son cosas muy pequeñas, como quitar tres frases, pero esos silencios te llevan a que el personaje no sean tan seguro ni tan arisco.

El equipo de 522. Un gato, un chino y mi padre, en el Festival de Málaga (Álex Zea)

¿Con qué ojos debemos ver tu película?

Yo creo que con la mirada del interior, con la tripa, con el corazón. Hacerlo como una especie de mirada hacia sí mismo. Y al mismo tiempo con mucha libertad para sacar ideas, reflexiones o simplemente no sacar ninguna y dejarse llevar por la imagen y el sonido.

 

Hay melodías que recuerdan a Wes Anderson. ¿Qué significa para ti el director indie por excelencia?

Para mí significa hacer fábulas con personajes muy humanos. No mostrar una realidad, sino una fábula, donde los personajes se me antojan más humanos que en otras historias con pretensiones realistas. Su cine me resulta muy entrañable, muy cercano. A sus personajes me los llevaría a casa a comer.

Admiro mucho a Wes Anderson porque hace sencillo lo complicado, es divertido y tiene un talento especial

En una entrevista, Wes Anderson reconoce que él se proyecta en Suzy, la protagonista femenina de Moonrise Kingdom.

Me alegra saberlo y me parece lógico. Es el personaje con carácter, listo y que actúa con desenvoltura. Los tíos son más tontorrones. Admiro mucho a Wes Anderson porque hace sencillo lo complicado, es divertido y tiene un talento especial. Es un buen referente para hacer personajes más empáticos.

 

Hay escenas de tu película que recuerdan a Lucía y el sexo (Julio Médem) o Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton). ¿Qué homenajes nos puedes revelar?

Lo de Lucía y el sexo me lo dijeron en el preestreno y luego vi que el final se parece, aunque yo estaba pensando más en Los 400 golpes (François Truffaut). Al final de la película, el personaje ha cambiado y me planteé terminar con un primer plano, usando teleobjetivo, en vez de angular, como en el resto de la película. Pero, al final, la manera de trasladar ese cambio es con un plano abierto del horizonte, que se contrapone al plano detalle de una esquina con el que empieza la película.

 

Detrás de tu película, se ve a un gran amante del cine: ¿cuáles son tus autores y obras imprescindibles?

Tengo épocas. No me considero muy cinéfilo, soy más de repetir películas que de ver muchísimas. Si estoy escribiendo, puede ver el primer acto de muchas películas para que me inspiren. He tenido momentos con Roy Andersson, Michael Winterbottom, Wong Kar-Wai o Paul Thomas Anderson.

 

Portugal queda retratada en la película como una tierra de nostalgia y cierta tristeza. ¿Qué representa para ti?

Es una tierra a la que tengo cariño. Es entrañable, cercana, familiar. Es la tierra de mi padre. Creo que el tópico de la saudade es real, pero también lo humano de los personajes portugueses, que son diferentes a los españoles.

Rodaje en Sevilla de ‘522. Un gato, un chino y mi padre’

Natalia de Molina y Paco Baños, durante el rodaje

Háblame de las localizaciones portuguesas. ¿Cómo y por qué las elegiste?

El Algarve me lo conozco bastante bien, llevo 15 años perdiéndome por allí. Me gusta localizar y cuando me da curiosidad un sitio que me parece cinematográfico, regreso a él en coche. Si me gusta un sitio, lo meto en la película, como ocurre con Cacela Velha o Culatra, una isla muy particular que descubrí hace mucho años con Dani de Zayas.

El cine andaluz es una referencia en el panorama nacional. Las voces desde Andalucía han llegado al resto de territorios y eso nos ha dado más seguridad

¿En qué estado ves el audiovisual andaluz?

Ha cambiado mucho. Somos una referencia en el panorama nacional. Supongo que va por épocas, como el cine catalán, vasco o madrileño. Las voces desde Andalucía han llegado al resto de territorios y eso nos ha dado más seguridad para que sigan apareciendo nuevas voces y que éstas se sigan enriqueciendo a nivel técnico o interpretativo. Si encima le unes que somos un plató excepcional a nivel de luz y paisajes…

 

¿Cuál será tu próximo proyecto?

Hay algo relacionado con la complejidad de la cabeza.

 

¿También protagonizado por una mujer?

Sí…


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