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Redacción filmAnd

Este 28 de marzo se cumplen 75 años de la muerte de Miguel Hernández en la prisión de Alicante. Su truncada obra poética, entre las más importantes del siglo XX en lengua castellana, estuvo sepultada por la larga noche del franquismo y solo se popularizó a partir de la adaptación musical de algunos cantautores –especialmente Joan Manuel Serrat– a partir de la séptima década del pasado siglo. Su vida (de 31 años) pasó en esos años de la ocultación al mito, asociándolo sobre todo al tópico de poeta rural, iletrado. analfabeto incluso.

A diferencia de lo que ocurre en otras cinematografías vecinas (como la francesa o la italiana), el cine español ha descuidado mucho a figuras fundamentales de la identidad cultural española. Y Miguel Hernández es un ejemplo perfecto de eso.

Hay que esperar al tardofranquismo para encontrar un primer acercamiento audiovisual a su figura: el corto documental El rayo que no cesa (1974) realizado por Guillermo de la Cueva e incluido en una serie dedicada a poetas españoles. Y otra pieza, que también puede considerarse histórica por los testimonios que incluye (entre ellos el de la hermana del poeta), emitida también en TVE, en 1981, en la serie “Nombres de ayer y de hoy”.

El registro documental clásico de reconstrucción de personaje ha sido el más utilizado en los acercamiento posteriores, entre los que destaca sobre todo una obra en dos partes grabada y emitida en 2010 por TVE bajo la dirección de David Lara y Francisco Rodríguez para la prestigiosa serie de retratos “Imprescindibles”.

Aunque no es de producción española, otra pieza de enorme interés es Miguel Hernández en Orihuela (1980) rodada en 35 mm. por el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos, y que incluye una larga entrevista con Josefina Manresa, viuda del poeta.

La única ficción resaltable, por el contrario, es la miniserie Viento del pueblo (2002), dirigida por José Ramón Larraz, con Liberto Rabal como protagonista principal, en el papel del poeta, y con Silvia Abascal, José Sancho, Eusebio Poncela y Agustín González, entre otros.

En 2008. el Ayuntamiento de Elche anunció su contribución a “una gran producción cinematográfica”, impulsada por la sociedad Centenario de Miguel Hernández S.L. con la coproducción de Atlantia Canarias y cuyo estreno estaba previsto para 2010 (coincidiendo con el centenario de su nacimiento). Noticias locales revelaban incluso el título, Miguel Hernández. Sumario 21.001 y el guionista que ya se había elegido para que escribiese el proyecto: Curro Royo. Pero lo más sorprendente era el presupuesto que se anunciaba, absolutamente desorbitado para las cifras que maneja el cine esepañol: 25 millones de euros. El centenario pasó, el ayuntamiento cambió de signo en las elecciones siguientes y de la película nunca más se volvió a hablar.

Más recientemente, varios estudios apuntan a otra dirección curiosa en la relación entre Miguel Hernández y el cine. Aunque normalmente la imagen que se ha transmitido del poeta está impregnada por su oficio juvenil de pastor y su origen rural, a priori alejado de cualquier vínculo con la modernidad urbana que podía suponer el cine, lo cierto es que han ido apareciendo y valorándose numerosos testimonios que dejan constancia por su interés por este medio. Por ejemplo, una conversación con Buero Vallejo, apuntada en este interesante artículo. Se hicieron amigos en la cárcel y el poeta le comentó al dramaturgo: “mañana, tú y yo tendremos que hacer cine juntos».


Hace unos días, el profesor José Luis Ferris, autor de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, iba más allá y afirmaba con rotundidad en una entrevista: “Miguel Hernández se habría dedicado al cine”.

Aunque esto último no deja de ser una poética elucubración, sí parece comprobada la pasión cinematográfica de Hernández. Y esa puede ser otra razón de peso para que el cine español contribuya a expandir más y mejor la memoria de una vida que, por lo demás, tiene muchísimas facetas atractivas para ser contadas en una pantalla.

 

 


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