juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Ver también “‘Pulp Fiction’: el mito vuelve al cine”

Para buena parte de la generación que vivió el estreno de Pulp Fiction en su adolescencia (precoz, puntual o prorrogada), Quentin Tarantino es Dios. O el puto amo, por decirlo con esa expresión tan nociva que ha calado desde más o menos esos años. O el tercero de los hermanos Lumière.

Es inevitable (y triste) constatar la influencia cultural de su marca incluso más allá del cine. Pero, por ceñirnos a este loco oficio de contar y mostrar con una cámara, muchos aprendices lo han convertido en su gurú. Sobrevaloran su talento. Convierten sus señas en manual de estilo. Le atribuyen innovaciones, despreciando una tradición que él mismo ha reconocido siempre desde su orgulloso pasado de dependiente de videoclub.

En el cuarto de siglo que ha transcurrido desde el rodaje de Pulp Fiction, su cine se ha ramificado bastante en diferentes direcciones (los géneros, los tonos, los personajes…), pero mantiene unos rasgos troncales que configuran su autoridad, su influencia. A partir de su presunta obra maestra, reestrenada ahora en salas con un tratamiento de presunto clásico pueden examinarse algunas de las presuntas cualidades que han convertido a Quentin Tarantino en un cineasta de culto.

Él mismo identifica tres características en su cine: la no linealidad narrativa, la abundancia de diálogos y la comedia inverosímil. Comencemos por ahí.

Sobre la primera, sí, le gusta descomponer la linealidad del relato, “utilizar esa libertad de la que hacen gala las novelas” en sus propias palabras. Pero ni es el primero ni el mejor al hacerlo. Hay cientos de ejemplos previos de narración no lineal. En la novela, claro, y en artefactos narrativos mucho más antiguos: solo hay que recordar la querencia que Virgilio, Homero, Shakespeare o Calderón tenían por el famoso in media res. Y por supuesto en el cine, de Godard (uno de sus declarados mesías) a Griffith, pasando por Stiller, Tourneur, Wilder, Lean, Hitchcock y tantos, tantos otros (Lumiére o Méliès si nos ponemos estupendos). A los que quedan deslumbrados por el puzzle de tres piezas del guion de Pulp Fiction, les recomendaría, sencillamente, que vean más cine.

Con respecto a sus diálogos, él los define así: “Los personajes siempre hablan mucho para decir cosas aparentemente irrelevantes”. Opción correcta y canónica: cualquier manual sensato de guion aconseja que el diálogo no tenga apenas peso informativo sino que sea sobre todo una acción más, que sirva para definir a los personajes. Mi problema con los diálogos de Tarantino es que esas “cosas irrelevantes” que dicen sus personajes no me gustan e incluso me molestan, mientras que sus fanes las celebran como chistosas genialidades.

Cito algunas de las más veneradas en las redes (en la versión doblada al español de Pulp Fiction):

  •  “Comerle el coño a una zorra o masajearle los pies no es la misma jodida cosa.”
  •  “A ese deberían matarle. Sin juicio ni jurado, ejecutado directamente.”
  •  “Llamaré a un par de negros empapados en crack. Quiero que disequen a este colega empleando un soplete y un par de alicates. ¿Has apuntado lo que he dicho, maldito capullo? Aún no he acabado contigo. ¡Ni lo sueñes! Practicaremos el medievo con tu culo.”
  • “Oh,oh,oh… ¿Tú vas a estallar?… pues yo me parezco a la puta bomba atómica cuando estallo ¡cabronazo! ¡Cada vez que mis manos tocan cerebro soy supermosca TNT, soy los cañones de Navarone! de hecho ¿¡Que cojones hago yo aquí detrás!? ¡el cabrón que recoge cerebros tendrías que ser tú! ¡Cambiemos joder! ¡Yo limpio los cristales y tú te ocupas de los sesos de ese negro!”


Un curioso estudio ha tenido la paciencia de calcular el número de veces que se repite la palabra “fuck” en sus películas: una media de 114 por filme; en el caso de Pulp Fiction, 273. Salvando esta pequeña aberración jergal tan contaminante (en los últimos veinte años, cuesta encontrar un corto español en el que no suelten varias veces el descalificativo antepuesto “puto”, aunque la historia vaya de un pastor en Las Villuercas), puedo aceptar que sus diálogos caractericen muy bien el universo que retratan. Lo que me da escalofríos es la risa que esas “cosas irrelevantes” suelen causar en el espectador. Son la respuesta a una buscada (y conseguida) tolerancia simpática con el horror, a la frivolización o incluso la idealización de ambientes, actitudes, comportamientos y expresiones terribles.

Y ahí llegamos a lo que Tarantino llama con cierta pedantería “comedia inverosímil”, definiéndola como “conseguir que el público se ría con cosas que en realidad tienen poca gracia”. De sobra sabemos que los seres humanos podemos llegar a divertirnos con la desgracia ajena. Takeshi Kitano, por poner un ejemplo, podría darle clases magistrales sobre esto a Tarantino solo con los guiones de su FūunTakeshi Jō / Humor amarillo. ¿Convertir la evidencia de esa perversión en seña de estilo recurrente tiene algún mérito? Para mí, no. A estas alturas de la película humana, ni mérito ni interés.

Entre las muchas polémicas que ha ido despertando el cine de Tarantino, recuerdo una especialmente cercana a partir de un artículo de Antonio Muñoz Molina que empezaba así:El secreto de la comicidad, al parecer irresistible, de la película Pulp Fiction, consiste en la repetición de un solo mecanismo, el de la indiferencia ante el dolor ajeno, o el de la trivialidad del sadismo”.

Y describía así la reacción del público en algunas de las escenas más representativas de esto: “En el cine donde yo vi Pulp Fiction [… ] las carcajadas arreciaban sobre todo cuando alguno de los múltiples asesinos que animan la película mataba o torturaba a alguien sin darle importancia, charlando de sus cosas, o cuando sucedía alguna cosa atroz y los personajes la presenciaban con la misma indiferencia cretina con que miraban la televisión, rumiando comida basura con la boca brillante de grasa. Es para morirse de risa: un yonqui que le pregunta a su camello si no le importa, por favor, que se pique en su misma casa, una mujer en coma por culpa de una sobredosis de droga que se retuerce por el suelo con los ojos en blanco, la boca llena de baba y la nariz ensangrentada mientras el traficante y sus amigos tienen una disputa doméstica sobre la inconveniencia de aceptar moribundos en la casa de uno, un primer plano de una aguja hipodérmica bombeando sangre y heroína mezcladas, unos tipos simpáticos que limpian de sangre y de trozos de cerebro la tapicería de un coche.”. Poco puedo añadir.

A Muñoz Molina le llamaron de todo, pero especialmente “moralista” y “censor”. Y un colega suyo de cuyo nombre prefiero no acordarme le vino a decir que tenía una manera de ver cine “un poco elemental”, enzarzándose los dos en un cruce de artículos que puede seguirse, si hay ganas, aquí.

Y es curioso, porque en ningún momento Muñoz Molina pidió que se censurase la película. Solo se limitó a explicar por qué no le gusta, lo mismo que estoy tratando de hacer yo. No creo que haya que censurar o reprimir esa risa ni la perversa maquinaria que la utiliza con fines comerciales. No. Digo que personalmente me desagrada y me aburre. Digo que no admiro nada de esa maquinaria artística que ha encumbrado a Tarantino. Digo que más bien la desprecio.

Además de esas tres características con las que él mismo se autorretrata (ruptura narrativa, diálogos y “comedia inverosímil”), a su magisterio se le adjudican a menudo otros dos rasgos: sublimación de la violencia y calidad de la banda sonora.

Sobre la representación de la violencia en el arte, se ha escrito mucho y no creo que aquí pueda llegar a conclusiones interesantes. El mismo Tarantino no se aclara demasiado con respecto a esto, a pesar de que él asegura que siempre ha sido coherente. A veces ha intentado justificarse diciendo que su intención es conjurarla, denunciarla de alguna forma. Y en otras ocasiones (las más) ha explicado que no tiene intención moral alguna. ¿Qué se le puede decir a un tipo que piensa que la violencia es “genial” y que se pone incómodo hasta resultar agresivo cuando le sacan el tema, como en esta entrevista con el periodista británico Krishnan Guru-Murthy?

Además de representar la violencia, Tarantino va más allá y la convierte en espectáculo. Y tampoco en eso es el primero, claro. Sin salirnos de su ámbito cultural, Siodmak o Peckinpah ya lo hicieron mucho antes tan bien o mejor que él.

Ante esto, no me voy a meter en un jardín que rebasa muchísimo los márgenes de este texto, pero, por resumir: tengo muchas dudas sobre la posibilidad de que la espectacularización de la violencia preste algún servicio social. ¿Es menos violenta una sociedad que consume compulsiva y continuamente violencia? No lo creo. Más bien tiendo a pensar lo contrario y a valorar que los directores y los creadores en general sientan un mínimo de responsabilidad social con respecto a sus obras. Sobre lo que no tengo dudas es sobre el aburrimiento que también me contagia esa sublimación de la violencia, la hartura de encontrar una vez y otra las pantallas salpicadas de sangre y vísceras.

Dejo para el final otra de las joyas de la corona tarantiniana: sus bandas sonoras. Por seguir con el ejemplo, Pulp Fiction está atravesada de canciones pegadizas, temazos retro del pop, del rock, del country, de la música surf… Tarantino tiene muy buen gusto musical, hay que admitirlo. Pero tiene también una tendencia a integrar ese buen puñado de canciones (casi nunca temas instrumentales) como una cadena de videoclips. Hay así un postureo musical desde la dirección, una solución facilona, un pavoneo estético. Es el magnetismo de muchas canciones el que carga de sentido muchos planos; sería difícil asignarle a esas canciones imágenes que estropearan ese alarde. Todo vale en el cine, está claro, pero personalmente prefiero el trabajo de otros directores que hacen esto solo de forma ocasional y buscan un ritmo interno en cada secuencia menos dependiente del imaginario sonoro externo.

Bajo todas estas capas de cuestionable talento, ¿qué queda? Su gran coartada: el reclamo de lo popular (o lo pulp, de forma explícita en la película que nos ocupa). Tarantino se ha vendido muy bien como el recurrente puto amo de la postmodernidad cinematográfica. Con su admirable cultura de videoclub, ha sabido triturar y reciclar cierto cine de autor, ciertos clásicos, cierta serie B…

Su producto final tiene la extravagancia referencial suficiente para epatar en Cannes, la insolencia de grosor adecuado para caer en gracia en el Bronx y la trepidación testosterónica imprescindible para seducir a los jóvenes varones sobradamente airados de cualquier radio. Pero sobre todo tiene la escandalosa vacuidad que todos los poderes agradecen: un envoltorio transgresor que encubre una nada autorreferencial y cansina.

Aunque nos las sigan queriendo vender como libres, alternativas e incluso contraculturales, sus películas “de polla dura” (busquen esa otra gansada al final de este enlace, define muy bien al personaje Tarantino, parte fundamental de su diseñado producto) son la expresión perfecta de lo contrario. Su sangriento frenesí es cultura dominante. Su calibrada incorrección política (dirigida siempre contra los débiles, oh, qué casualidad) es cultura dominante. Su fascinación por los malotes es aburrida cultura dominante. No, no todo lo pulp, lo freak o lo pop se autojustifica por su esencia pulp, freak o pop.

Por terminar el texto de forma constructiva, dejo la referencia de diez películas de 1994, el mismo año del estreno de Pulp Fiction, que con toda seguridad no se reestrenarán en sala, aunque en mi opinión lo merecerían más que cualquier título de Tarantino:

  • A través de los olivos (Abbas Kiarostami, Irán, 1994)
  • Balas sobre Broadway (Woody Allen, EE UU, 1994)
  • Cadena perpetua (Frank Darabont, EE UU, 1994)
  • Chunking Express (Wong Kar-Wai, Hong-Kong, 1994)
  • Comer, beber, amar (Ang Lee, Taiwán, 1994)
  • El callejón de los milagros (Jorge Fons, México, 1994)
  • Lamerica (Gianni Amelio, Italia, 1994)
  • Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (Stephan Elliot, Australia, 1994)
  • Los juncos salvajes (André Téchiné, Francia, 1994)
  • Tres colores: Rojo (Krzysztof Kieslowski, Suiza-Francia-Polonia, 1994)


Un comentario sobre “Por qué me aburre tanto Tarantino

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