Xavier Dolan, el niño prodigio de Cannes, estrena ‘Matthias & Maxime’ en unas circunstancias excepcionales: inaugurando una nueva era de estrenos de cartelera online en plena crisis sanitaria. Un gigantesco cambio (¿coyuntural?) que enlaza con el mensaje de su película sobre jóvenes millenials que se enfrentan a la madurez

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27 Mar 2020
Alejandro Ávila

Al niño prodigio le ha tocado ser vanguardia. Xavier Dolan debutó por todo lo alto en Cannes hace más de una década. El director canadiense sumaba tan solo 19 años cuando se convirtió en la gran sensación cannoise con Yo maté a mi madre, consagrándose año tras año, hasta culminar en 2014 con Mommy, su obra más redonda.

Matthias & Maxime se ha convertido, sin quererlo, en la vanguardia de una nueva era que no sabemos si será circunstancial o un cambio de paradigma. Con la crisis sanitaria, todo el país confinado en sus casas y las salas de cine cerradas hasta nueva orden por decreto ley, el octavo largometraje de Dolan ha dado un paso adelante y es la primera película estrenada en la cartelera online.

La distribuidora Avalon nos ha sorprendido esta semana con un movimiento -dado también por A Contracorriente Films- que promete hacer temblar los pilares de la industria de la distribución y la exhibición, convirtiendo su estreno en un fenómeno online, durante 48 horas (todo el fin de semana), disponible en Filmin por el precio de una entrada de cine.

Sin comerlo ni beberlo, el vanguardista director canadiense se ha vuelto a erigir en avanzadilla. Lo hace con su octavo largometraje, recién entrado en la treintena, con un puñado de malas críticas en Cannes y, paradójicamente, con la historia de un beso entre dos amigos. Algo tan prohibidísimo en la cuarentena de esta pandemia global.

Lo confieso: Matthias & Maxime me genera sentimientos encontrados. Por un lado, me fascina el tipo que es capaz de colarte, a lo David Fincher, un videoclip en varias escenas y pegarte un subidón con los temas de Phosphorescent, DYAN o Future Islands (Banda sonora disponible en Spotify).

Pero el problema es precisamente ese: que la película va a tirones. Su narración va entrecortada, con unos protagonistas que no me terminan de enamorar y una edición caótica que genera más confusión que otra cosa. Dolan demuestra así que es un millenial de campeonato, tomando de aquí y allá lo que le viene en gana, sin dar cuentas a nadie. Y, encima, se da el lujo -en un divertido guiño de la película- de comparar su  generación con la de los Z, esos veinteañeros descarado y culturetas, que exhiben con orgullo su etiqueta de Sin Etiquetas. O, al menos, eso piensa (y cuenta) Dolan.

Y de eso, va en parte, Matthias & Maximedel fin de una era. De un grupo de amigos que ven que se acaba la juventud, las juergas y la dolce vita, cuando uno de ellos (interpretado por el propio Dolan) decide marcharse, durante una larga temporada, a Australia. Es en estas circunstancias en las que, a través del corto dirigido por una chica (la hermana de uno de los amigos de la pandilla), Matthias y Maxime se besan, abriendo la caja de Pandora para uno de ellos, que se resiste a salir del armario.

Es ahí, en esa veta, donde Dolan parece pecar de cierto hermetismo y de una cierta pose millenial al apelar a ciertos códigos del cine de temática LGTBI (y de su propia filmografía) como el conflicto con la sexualidad o la batalla emocional, física y autobiográfica con la madre.

El problema es que Dolan se queda en una incómoda posición en la que está obligado a redefinirse si no quiere caer en el abismo de la irrelevancia: ya no es un enfant terrible que se tira pedorretas culturetas para sorprender y escandalizar a sus mayores (eso ya les corresponde a la siguiente generación), pero carece de la madurez o voluntad para evolucionar y consolidar sus historias. Su desacomplejada mezcla de ritmos, géneros, canciones y videoclips huele a natfalina y ya no sorprende (ni escandaliza) a nadie.

Y es una auténtica pena, porque el material con el que contaba no podía ser más rico y más universal: los amores eternos de la infancia, el fin de la juventud y el vertiginoso inicio de la madurez. A Dolan no le podemos pedir lo mismo que a Pixar ni a él le interesa lo más mínimo, pero resulta imposible no acordarse de lo bien que se resuelven todos estos preciosos temas en la saga de Toy Story. Y de qué manera tan madura.

En el peor de los casos, los millenials siempre podremos bailar -confinados en nuestras casas- al ritmo (electrónico) que nos marca Dolan. O reírnos de nosotros mismos y de esa generosa mochila de pajas mentales que acumulamos en nuestra mochila cultural y emocional. Y, eso, amigos, sí que es un gustazo…


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