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Alejandro Ávila

Quince inmigrantes murieron en El Tarajal el 6 de febrero de 2014, cuando trataban de cumplir un sueño: llegar a Europa. Uno de ellos se llamaba Samba y procede del mismo pueblo que Mahmoud, que emprende junto al director sevillano Mariano Agudo y su equipo una odisea a la inversa: de España a Senegal. El Festival de Cine de Sevilla acoge el estreno del documental que recoge esta historia: Samba, un nombre borrado.

 

Alejandro Ávila (AA): ¿Qué género han elegido para su documental?

Mariano Agudo (MA): Queríamos buscar un tratamiento que nos permitiera contar una historia compleja con hueco para voces muy distintas, sobre todo africanas y queríamos hacer un camino inverso al que había hecho Mahmoud. Vimos que nos encajaba con una road movie: él va recorriendo los puntos por los que pasó cuando vino hacia el norte, volviendo sobre sus pasos y en busca del pueblo de Samba.

 

(AA): ¿Cómo planearon el rodaje?

(MA): Todo ha estado a expensas de la investigación sobre Samba. Lo único que sabíamos de él era una referencia en una denuncia. En ella se habla de un chico de Senegal que ha desaparecido en El Tarajal en noviembre de 2014, su apellido no acaba de estar claro y procede de la región de Kolna. A partir de ahí comenzamos la investigación, codo con codo con Mahmoud. Conforme hemos ido investigando a través de las redes clandestinas de senegaleses (Tánger, Libia, Rabat…), hemos ido siguiendo la pista y reconstruyendo su círculo afectivo y encontrando a la gente que estaba con él en aquel momento. Unos estaban en Roquetas del Mar, otros en Rabat y otros en Senegal.

 

(AA): ¿Cuánto tiempo ha durado la investigación?

(MA): Algo más de un año, ya que no eran personas con las que podíamos hablar todos los días. Viven en una situación de clandestinidad, teníamos que ganarnos su confianza, cargar sus móviles… Ha sido difícil pero muy interesante, porque hemos sentido que estábamos haciendo justicia. Ha sido un rodaje muy salpicado en el tiempo, ya que dependía de las pistas.

 

(AA): ¿Cómo llegaron a Mahmoud?

(MA): Lo conocimos en noviembre de 2005. Él entró en Europa saltando la valla de Ceuta en noviembre de 2005, hubo muchos muertos y mucha violencia. Fue la primera vez que hubo disparos en la valla. Como repulsa, se organizó una caravana de denuncia. Fuimos a hacer la cobertura con nuestra productora, Intermedia, y llegando a Ceuta, la primera persona que encontramos fue a Mahmoud. Era muy joven, iba con la ropa rota y cojeando, porque se había cortado unos tendones. Tenía mucho miedo, pero una compañera se ganó su confianza. Fue un flechazo.

 

(AA): ¿Cómo continuó su relación?

(MA): Tras una orden de expulsión, vino a Sevilla y en seguida consiguió trabajo, ya que es un gran carpintero y es un tipo muy simpático. Desde que llegó sentía que había que hacer un trabajo de pedagogía social, porque se daba cuenta de que la gente tenía una imagen irreal de los inmigrantes. Él cree que la gente no tiene mala actitud, sino desinformación y que eso les lleva al racismo, al desconocer la cultura africana y el camino (la ruta migratoria), que él tardó tres años en culminar.

 

(AA): ¿Qué le cautivó de su historia?

(MA): La franqueza y naturalidad. En seguida te olvidas del color de su piel y llegas a una identificación total. En Dakar, descubrió que los estudios no le llevaban a nada y decidió probar otro camino, el de la ruta migratoria, para ver si podía salir adelante. Durante todo ese tiempo hemos tenido una amistad que dura doce años, somos colegas y hemos hablado mucho sobre la mirada del norte al sur y del sur al norte. La mirada de ellos también está llena de tabús y tópicos.

 

(AA): ¿Cuáles son esos tópicos?

(MA): Que en el norte todo el mundo triunfa y tiene dinero. Que es muy fácil hacer dinero y se cumplen los derechos humanos. Creen que vivimos en una sociedad igualitaria, con muchas oportunidades, donde la libertad está siempre presente, somos muy abiertos, tenemos muchos valores y una sensibilidad muy fuerte hacia la cultura del sur. Mahmoud quería remover eso y lanzar un discurso que sirviera tanto en el norte como en el sur. Hay mucha gente que muere en el desierto, en la valla o el Estrecho. En los medios senegaleses no se habla de los muertos, los deportados o las deudas, porque se considera un fracaso.

 

(AA): El desierto, la espera, el salto de la valla, la represión fronteriza, el Estrecho… ¿somos conscientes de la odisea que viven antes de llegar a Europa?

(MA): Yo no era consciente de la gravedad del tema hasta que hablé con Mahmoud y empezamos a hacer este documental. El camino es duro en todas sus etapas, pero cuando llegas al monte Gurugú, la cosa se vuelve más extrema, porque se enfrentan a manifestaciones fascistas de la sociedad marroquí, donde hay jóvenes que se acercan a sus barrios a agredirles. La violencia va aumentando conforme se acercan a Europa. Mahmoud ha cruzado las fronteras andando, para ellos es inconcebible que te reciban a tiros por cruzar una frontera. Cuando se lo contamos al padre de Samba, estalló en lágrimas.

 

(AA): En los cementerios de Ceuta y Tarifa, sólo queda un rastro de los que pierden la vida en el Estrecho: Varón, raza negra, sin identificar. ¿Cuántas vidas terminan así?

(MA): Dentro de unos años, se estudiará una época en la que los africanos no tenían derechos y que en su ruta migratoria pasaban por muchos países, se ponían en manos de tratantes, morían y ni siquiera quedaba constancia de esas muertes. La tipología es muy grave, porque viene de los juzgados y es la que usan en los libros de los cementerios. A Mahmoud eso les resultó muy violento. En África hay una variedad riquísima de vivencias y cosmovisiones del mundo, con lo cual, reducirlos a una raza y un género es muy chocante. Hicimos la secuencia del cementerio para mostrar la naturalidad con la que trabajan los funcionarios.

 

(AA): Mahmoud habla con alegría del bosque donde esperaban para saltar la valla. En cambio en Bolingo, esa espera era más dura. ¿Por qué?

(MA): El documental Bolingo cuenta otra cosa. En la ruta (migratoria) hay distintos campamentos. Lo que cuenta es un campamento de mujeres, que terminan relacionadas con la trata de personas y que, en muchos casos, acaban en prostíbulos europeos. El camino es muy peligroso para las mujeres, porque la mujer se puede convertir en una mercancía. En el caso de los hombres, Mahmoud ha tenido un viaje muy libre. Como su madre no quería que viniera, él no pidió dinero y tuvo mucha libertad. Tardó tres años, trabajaba y con ese dinero seguía adelante. Es un libro muy bonito, es una aventura, donde conoció a mucha gente. Hay momentos de una fuerte solidaridad. Él no ha tenido que tratar con mafiosos.

 

(AA): ¿Cree que España puede llegar a ser una cárcel al aire libre para el inmigrante sin papeles, como afirma Mahmoud?

(MA): Sí, estamos muy de acuerdo con Mahmoud, porque cuando una persona está sin papeles, su vida está muy restringida. En Roquetas hemos visto que la vida del inmigrante se limita a ir del trabajo a casa. No pueden divertirse, ni coger un autobús para visitar Sevilla o estudiar. Su vida se restringe trabajar en un invernadero, donde no puedes reclamar sus derechos. Al final acaban dejando su juventud en invernaderos y trabajando muchas horas. Algunos piden volver a sus países.

 

(AA): ¿Qué ha aprendido durante este viaje?

(MA): He aprendido que es absurdo tratar de reprimir la libertad de movimiento, ya que no lo consigues y generas una cadena de sufrimiento enorme. He aprendido también que no se le pueden poner fronteras y vallas a las personas, que la solidaridad está en todas partes y que hay una red solidaria muy importante entre los inmigrantes. Que la persona que tiene el sueño de venir a Europa, lo va a intentar y que si pierde la vida, lo va a sustituir su hermano, pero con más penurias.


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