Amalia Bulnes
Amalia Bulnes

El deleite en la contemplación, la ilusión de un tiempo detenido, o de su discurrir a otro ritmo, con otra cadencia tan poco contemporánea, conforman los pilares del primer largometraje como director de Manuel Muñoz Rivas (Sevilla, 1978), que se ha armado de melancolía y lirismo para construir El mar nos mira de lejos, un título igualmente cargado de referencias poéticas que marca un hito en el Festival de Cine Europeo de Sevilla: ser la primera película de creación y producción andaluza (El Viaje Producciones) que compite en la Sección Oficial del SEFF.

Conocido por sus trabajos como montador en obras también silenciosas, de intromisión en mundos extremadamente particulares y anacrónicos, como pueden ser Arraianos y Dead Slow Ahead (títulos abanderados de ese otro cine español), Muñoz ha dirigido la cámara -siempre invisible, como si la presencia del equipo de rodaje no hubiera alterado un ápice la vida del entorno- hacia quienes el mismo cineasta define como “guardianes de otra temporalidad”. Se trata de los últimos habitantes de Doñana, o de Tartessos, en su acepción a caballo entre la historia y la leyenda, que se muestran tal cual, en silencio, ajenos al ojo que los filma en un largometraje con fuerte carga documental.

Lo confiesa el director, familiarizado con esa naturaleza salvaje desde su infancia: se trata de “una película melancólica” porque “el tiempo es su sustancia; la fugacidad de las cosas, y la conciencia del paso del tiempo”.

El tiempo ha sido protagonista también en la concepción y el rodaje del filme, en el que Muñoz ha trabajado no menos de seis años y que concibió hace ocho: “Lo histórico no me interesaba salvo como excusa sobre el paso del tiempo”, ha explicado en alusión a las referencias sobre las célebres expediciones arqueológicas a Doñana de hace más de un siglo en busca de Tartessos. “Hace cien años estuvieron buscando una ciudad perdida en los mismos lugares que yo he estado buscando elementos que me sedujeran, y me gustó la idea de una civilización perdida bajo las arenas del Parque Nacional, cómo aquel mundo podía irradiar al que hoy queda”.

Ignorantes de esos mitos y de las ilusiones románticas de arqueólogos y aventureros, unos pocos hombres, apenas visibles entre los arenales, habitan hoy en soledad ese lugar frente al mar. Y es que, lo que le sedujo a Muñoz Rivas, más allá de una flora y fauna apabullante en un espacio que precisamente se distingue por su inmensa diversidad biológica, fue la presencia humana en un entorno salvaje donde la huella del hombre es a veces imperceptible y anecdótica: “El valor biológico del Parque ya ha sido muy filmado, no era de mi interés. Lo que me interesaba era la dimensión humana y la materialidad del territorio”, explica.

 

Una puerta al futuro

Muñoz confiesa ser consciente de que los habitantes de Doñana pueden ser los últimos que habiten un medio tan inhóspito, luchando contra la invasión de las dunas, en una naturaleza salvaje azotada por el viento y el sol, empleándose en oficios como la recogida de la piña. De ahí que haya aludido al personaje de una joven que al final de la película queda embarazada, como “una puerta al futuro” para un estilo de vida en vías de extinción.

El espacio natural en el que ha rodado Manuel Muñoz Rivas está próximo a Matalascañas en lo geográfico, aunque en sus antípodas conceptuales. Allí pasó los veranos de su infancia el director, en esta suerte de conglomerado urbanístico “que es como un cementerio en invierno y se llena de turistas en verano. Hay unos palitos clavados en la playa que delimitan el inicio de Doñana y a partir de ahí acaba el urbanismo y empieza la playa virgen, donde viven esos tipos que hemos filmado”.

Fotografiada y coguionizada por Mauro Herce, de quien ya vimos en el SEFF Dead Slow Ahead, El mar nos mira de lejos llega a Sevilla tras su paso por la Berlinale y a la espera de continuar su carrera internacional en América Latina.


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