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Alejandro Ávila

“Me cago en toda mi puta madre. ¡Currito!”. Fueron unos instantes. Una tensísima secuencia. Unos minutos que le valieron la gloria, tras una larga carrera a las órdenes de Guillermo del Toro, Alejandro Iñarritu, Daniel Monzón o Alberto Rodríguez, por poner solo algunos ejemplos.

A Manolo Solo, el éxito le llegó con nombre de barrio sevillano. Con El Triana, en Tarde para la ira (Raúl Arévalo), Antonio de la Torre no solo lo dejó hecho un colador, sino que le valió el Goya a Mejor Actor de Reparto. Sus compañeros de la Unión de Actores ya lo habían hecho hasta en tres ocasiones con La isla mínima (Alberto Rodríguez), B (David Ilundain) y la propia Tarde para la ira.

Muchos se quedaron con ganas de más. Incluido el propio director del Festival de Huelva, Manuel H. Martín, que como ha reconocido en la presentación del Premio Luz del certamen cinematográfico al actor, “somos muchos los que pedimos un spin off” del personaje que tan trágico fin halló en los sótanos de un mugriento gimnasio de barrio.

Manolo Solo ha sido un actor camaleónico, no solo en el fondo, sino en las formas. De juez a obispo, pasando por militar, fascista, policía, kinki, periodista, portero, médico o barón “de pacotillas”.

Manolo Solo. Foto: Alberto Díaz

¿Cuál es su clave para interpretar personajes tan dispares? “No me cuesta comprender psicologías distintas a las mías. Es como, si por las experiencias vividas, tuviera cierta facilidad de comprender, de ponerme en el lugar del otro. Soy observador e intento ser empático”, explica.

Defiende la formación académica como manera de forjarse como actor y “leer, viajar y prepararse mucho”. Con “el estrellato rápido se corre el peligro de ser más estrella que actor. Aspirábamos a ser Humphrey Bogart, pero había un referente teatral que se está perdiendo. Incluso si puede ser de diferentes escuelas, para que coja lo que sea válido de varias”.

Un papel de Goya

Asemeja su manera de prepararse sus papeles a una mesa de mezclas de sonido, “en la que voy subiendo y bajando las teclas que me conviene y que no. Siempre he trabajado desde mí”.

No le cuesta imaginarse en la piel de un juez, un militar o un profesor, pero sí el de un delincuente que vive en la calle, “porque no tengo vivencias para llenar así. Intento usar mi imaginación, pero me cuesta imaginarlo con mi físico y tengo que abordarlo desde fuera a adentro”. Y eso, ha asegurado, le da mucho miedo. Como le ocurrió con el papel que le valió el Goya tras 15 años de carrera. “Paradójicamente es un trabajo que me asustaba mucho, yo no estaba seguro de poder abordarlo y sacarlo adelante, y pasé mucho miedo”, destaca.

Ahora, recibir un premio honorífico de la ciudad de Huelva, lo considera “un honor, un reconocimiento que me llena de orgullo y me hace muy feliz. Le tengo especial cariño al festival y a la ciudad. Yo vivía en Sevilla y cogía mi coche el sábado por la mañana con una neverita y me venía a la plaza a comprar mariscos, pescados o chocos”.

El galardón le ha servido de excusa para recordar trabajos en América Latina como La cebra (Fernando Javier León) o con el oscarizado Guillermo del Toro en El laberinto del fauno. “Yo llevaba poco tiempo trabajando y Guillermo me decía: “Haces muchas cosas con la cara. Haz menos”. Me enseñó un montón. Me sentía como un niño, con esas secuencias en las que me salpicaba la arena y olía a pólvora”.

 


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