Jorge Castrillo
Jorge Castrillo

Por Jorge Castrillo

Mánchester frente al mar no es Europa, sino un pueblo pesquero situado a una hora y media de Boston, o a 45 minutos, dependiendo de la intención de quién lo diga.

Decía Albert Camus que el único planteamiento filosófico serio es juzgar si la vida merece la pena o no vivirla, puesto que este es el tema fundamental de la existencia humana.

La película de Kenneth Lonergan, nominada a los Oscar, está condenada a convertirse en un referente inmediato para los amantes de la temática de la pérdida, la culpa o el perdón existencialista.

Lonergan sabe que se ha adentrado en un camino pisado en múltiples ocasiones, con mejor o peor fortuna, y en esto reside una de los principales apuestas de la película.

¿Cómo plantear este tema tan trillado por telefilmes y con facilidad de caer en el sentimentalismo y la lágrima fácil para crear una película veraz y dura, apta a la vez para el gran público y dotada de una pátina autoral  que proponga algo a los más críticos?

El margen de maniobra que queda tras esta pregunta es pequeño, pero interesante, y es donde Lonergan se siente cómodo para confiar en Casey Affleck la profundidad humana de su drama.

Lee Chandler es un tipo con un pasado y un presente que se van dilucidando en el espectador, que poco a poco va comprendiendo su forma de reaccionar ante los conflictos, y su estaticidad, debido a la culpa que le hace ser un muerto en vida.

Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar (sigo con Camus), y eso es lo que aterra a este prototipo de  antihéroe americano, pensar. Pensar en el pasado y aspirar a un futuro fuera de una existencia mecánica que le haga olvidar. Debido a la muerte de su hermano tiene que regresar a Mánchester y enfrentarse a unas decisiones que le hacen volver al pasado, a esa pequeña comunidad pesquera tranquila cuna de sus temores y lidiar con sus fantasmas más tangibles.

Uno de los grandes aciertos del guion reside en la decisión de no tratar de hacer evolucionar al personaje, sino en apostar por su estaticidad, para que comprendamos sus decisiones, lejos de cualquier buen manual de escritura y más próximo a la vida.

Cassey Affleck nos brinda una interpretación del perdedor comedida, estudiada en profundidad, sin caer en sentimentalismos y creando a un personaje rico en matices donde agarrarse, retroalimentada también gracias a Lucas Hedges en el papel de “hijo adoptivo que ha de convertirse en un adulto para poder seguir siendo un adolescente normal” que consigue potenciar la relación de ambos personajes y crear secuencias memorables, dinamitando en una escena con Michelle Williams, ausente y certera en la mayoría del metraje, en la que los dos actores están a la altura de redimensionar la película.

Es por ello que en el relato se cuelan momentos muertos, escenas de realismo que quitan peso dramático e incluso momentos que arañan la comedia, aligerando el drama y dando a los personajes un calado mucho más humano a riesgo de algún que otro bostezo en la sala y de que algún espectador mire el reloj una vez superadas las dos horas convencionales.

Era una cuestión obvia que este tipo de película no iba a ser un competidor real para las grandes megalomanías de estudio con las que compartía nominación a los Oscar, ya que se encuentra más cerca de una sala pequeña de Minnetonka, Minnesota, que de la alfombra roja, siendo la película independiente hija del festival de Sundance que alcanza la cima del mundo del entretenimiento para que no solo las producciones en mayúsculas se repartan los premios entre ellas (si es que nadie se equivoca al decir los nombres), generando peligros en las nominaciones interpretativas y convirtiendo a Casey Affleck en el actor del año.


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