Manuel Castro
Manuel Castro

FICHA TÉCNICA:
Título original: Le redoutable.
Duración:  102 min.
Nacionalidad: Francia.
Director:  Michel Hazanavicius.
Guión: Michel Hazanavicius / autobiografía de Anne Wiazemsky.
Fotografía: Guillaume Schiffman.
Intérpretes: Louis Garrel, Stacy Martin, Bérénice Bejo, Grégory Gadebois, Micha Lescot, Louis Legendre.

Hubo un tiempo no muy lejano en el que Jean-Luc Godard era Dios.  En Francia, coronaba un rompimiento en gloria que se prolongó durante años, los que tardó en llegar el final de su escapada al agotarse la década de los 60. En España, su luz nos llegaba filtrada por la mantilla negra del franquismo, pero su divinidad se predicaba nítida en las catacumbas de nuestra intelectualidad. Bien visto, lo de nuestro país era una fe más verdadera, pues conocíamos sus milagros de oídas y pocos habían logrado ver sus películas. Es más, su nombre se tomó en vano una y otra vez, de forma que las generaciones siguientes sólo tuvimos acceso a una especie de estela. La estrella fugaz que la precedía había desaparecido hacía tiempo.

Godard era un dios desaliñado y miope que parecía haber dormido un par de noches fuera de casa, pero un dios. Su halo sobrenatural, del que también participaba algún que otro colega de la Nouvelle Vague, se extendió aquí a todo el cine francés, que era percibido por los más orientados como un cenit de la civilización, como una vanguardia intelectual a la que difícilmente podríamos aspirar en este vociferante país de riñas a garrotazos. La huella de esa creencia cinematográfica en el más allá de los Pirineos fue muy profunda, como demuestra el hecho de que durante décadas tragáramos no pocos pestiños galos sin pestañear. La fe derivó en un papanatismo que hacía imposible decir en público que una película francesa era pretenciosa y aburrida, aunque nos lo pareciese. Los complejos comenzaron a disiparse con la entrada en la Unión Europea y el salto del VHS al DVD se encargó de hacer la purga definitiva en nuestras estanterías.

Pero los comienzos de Godard no fueron aburridos, ni mucho menos. En el inicio de todo mito habita una verdad, y la suya era la de haber sabido acercar la vida a la pantalla, la de colocar ante nuestros ojos la existencia con toda su liviana belleza, con su desbordante frescura, con su rutinaria fatalidad. La cámara al hombro, una osada mezcla de planos, la combinación de géneros… el caso es que aquello que se proyectaba eran retales de vida. Como tantas veces en el arte, llegaban nuevos artificios para lograr una mayor y más intensa sensación de naturalidad. Sí, como un dios Godard había sabido manejar la vida, enfrascarla para el público y éste le adoraba por ello.

Es precisamente en este punto en el que comienza la película. Godard está en su cima de popularidad y rueda con una actriz de apenas 19 años, Anne Wiazemsky. La historia de amor de la pareja es en gran medida el armazón de la cinta. Wiazemsky, fallecida hace apenas unos días a los 70 años de edad, pertenecía a la aristocracia intelectual francesa -nieta de un Premio Nobel- y desarrolló una brillante carrera, no sólo en el cine, sino también en la literatura. Su autobiografía sirve de base a Michel Hazanavicius, director al que muchos recordarán por la oscarizada The artist, para vertebrar esta propuesta.

En contra de los prejuicios con los que acudía a ver la cinta, tengo que decir que se ve muy bien. Hazanavicius ha elegido un tono ligero para mirar al pasado sin los acaloramientos del presente. Sin pasión, es cierto, pero eso no quiere decir que su trabajo esté carente de humanidad. Hay humor, porque la comedia es tragedia más tiempo, no porque no hubiera drama en el material que se maneja. Adolece, eso sí, de cierta pobreza expresiva que se intenta compensar con desnudos femeninos muy de la época y con fogonazos estilísticos no siempre suficientemente sutiles. Hacer que el matrimonio debata desnudo en su habitación sobre la conveniencia de rodar sin ropa en una futura película es, por ejemplo, una redundancia un tanto grosera. En cualquier caso, la palabra es la gran protagonista, ya que Godard era un gran charlatán, brillante, caótico, abrumador… y el tiempo en que transcurre la cinta, Mayo del 68 y sus alrededores, es un tiempo asambleario, de  debates eternos, de charlas de café, de conversaciones ahumadas.

La cinta es, de hecho, magnifica para alimentar un cineforum. Habla de las relaciones de pareja, del rol de la mujer en esa relación y en la sociedad; del arte con mayúsculas y del compromiso que el artista tiene consigo mismo y con la sociedad; habla del lenguaje, de justicia social, del peso de la política en el mundo de la creación y viceversa… Nos enseña un tiempo en el que los cimientos de Europa temblaron y volvió a usarse esa palabra grande que da miedo y esperanza, esa palabra que ya corrió por las calles de París en 1789. Y nos lo muestra sin solemnidad, tal cual, sin grandilocuencia, sin almibarada nostalgia. Muchos han querido ver en esa irreverencia, extensiva desde luego a la figura central de Godard, un ajuste de cuentas. Han querido ver en su desmitificación, en su humanización a través de sus neuras y su brusca radicalización política, una forma de sepelio. No lo comparto.

Cuando al dios desaliñado de gafas oscuras que metió la vida en una pantalla le dan a elegir entre el cine y la vida, elige la vida, aunque sea una decisión de laboratorio y esa vida le quede a menudo muy lejos. Cuando le dan a elegir entre la gloria detenida y el abismo de un día nuevo, elige saltar. Cuando tiene que optar entre el amor y la revolución, elige cambiar el mundo. Nadie se lo perdona, ¿pero quién se equivoca cuando obra en conciencia? Sí, hizo artefactos ideológicos que arrugaron la alfombra roja de su carrera. Hasta perpetró un western maoísta e inventos de similar calaña, pero lo hizo porque creyó que debía hacerlos. ¿Quién está más muerto, quien fracasa en lo nuevo o quien se repite en el éxito?

Al parecer, tenía un ego como la bola de una discoteca y los destellos de luz cortaban como cuchillas a los que estaban más cerca. El mismo estará plagado de cicatrices. Quiso ser un hombre de ideas cuyos actos fueran coherentes con su filosofía, no amoldar ésta a las circunstancias del día a día.  Ha pagado su precio, seguro, y lo ha hecho de una forma plenamente consciente. Dijo tanto y a tantos que su discurso está lleno de contradicciones, de provocaciones, de insurgencia, porque amaba la autenticidad de los jóvenes y deploraba las máscaras que nos proporcionan los años. Quería verse a sí mismo como un revolucionario puro capaz de afirmar sobre Palestina que los judíos de hoy eran los nazis de ayer. Temía más que nada sentirse viejo, estancado. Me gusta el movimiento estudiantil -decía-, no tanto por los estudiantes como por el movimiento. Le horrorizaba volverse conservador, dejar de sentirse joven por dentro, por eso bramaba que los verdaderos artistas deberían morir a los 35 años. En realidad, él era mucho más joven aún, era un niño tremendo, un enfant terrible temido por propios y extraños. Puede que dios haya muerto, pero Godard no, no el hombre que eligió la vida. Aunque muchos jóvenes no lo sepan nunca.


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