La 70º Berlinale logra conectar algunas de sus películas con el fino hilo de la magia de Matteo Garrone (Pinocho) o Christian Petzold (Undine) y la sutileza de los maestros Hong Sang-soo (The Woman Who Ran) y Philippe Garrel (The Salt of Tears)

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28 Feb 2020
Alejandro Ávila

Dice un amigo que el cine rima. Como un poema interminable, en el que una imagen, un diálogo o un detalle conecta una película con otra. Un festival de cine como la Berlinale genera una vorágine de imágenes que nuestra mente termina conectando de manera caprichosa. Si hay algo que conecte Pinocho, Undine y Todos los muertos es el fino hilo de la magia.

El Pinocho de Matteo Garrone tiene, de primeras, dos virtudes: recupera a Roberto Benigni para la gran pantalla tras una larga sequía que se remonta a Roma con amor y lo hace en el papel de Geppeto… casi dos décadas después de haber interpretado al mismísimo Pinocho.

Con Pinocho, Garrone sigue investigando en la cultura popular, ya sea en la contemporánea (Reality) o la tradicional, como en la compleja El cuento de los cuentos o Dogman, que brilla con escenas del Nuevo Testamento (La Pasión de Cristo) y del Viejo Testamento (David contra Goliath). En su versión del cuento de Carlo Collodi, el director italiano no renuncia a tres de los pilares de este tipo de narraciones: la belleza, la crueldad y las enseñanzas morales.

No hay aquí una revisión irónica de los cuentos… esa que tan de moda puso la saga de Shrek y de la que es deudora Onward  (Dan Scanlon) de Pixar. No, Garrone apuesta por esa magia -nunca mejor dicho- de invitar al espectador a que reflexione sobre la bondad, el compañerismo y la generosidad. Pero también, sobre su reverso: la maldad, el egoísmo y la avaricia.

Se sirve de imágenes extremadamente duras (Pinocho ahorcado de una rama) y de unos efectos digitales que se limitan a dar textura a tangibles prótesis verdes. De esa manera, Garrone nos obliga a emplear nuestra imaginación y a ponerla al servicio de un corazón -el nuestro-, que no deja de sentir empatía y amor por ese tierno chiquillo de madera interpretado espléndidamente por Federico Ielapi.

El alemán Christian Petzold también nos sumerge en la cultura popular. Lo hace con Undine, un ser mitológico con forma de mujer, relacionado con las ondinas, ninfas, nereidas, sirenas y demás criaturas acuáticas. Como en el cuento de La sirenita, Undine (Paula Beer) es un ser traicionado por el mismo amor que la sacó del fondo de su pantano.

Todo esto ocurre en el Berlín moderno -Undine trabaja como guía en un edificio histórico- y transita entre las duras superficies urbanas de la capital germana y las hipnotizantes imágenes subacuáticas, donde cualquier tipo de magia parece posible.

Su juego entre la actualidad y la fantasía termina flaqueando y exige que el espectador vaya informado de antemano para sumergirse plenamente en un acuoso mundo mágico, donde la fantasía se impone al realismo, a pesar de que en la realidad cotidiana esté plagado de undines traicionadas, que le vuelven a dar una oportunidad al amor. Undine rima, a través, de su pez gigante con Pinocho y por su mórbida relación con el agua con La enfermedad del domingo, que el malagueño Ramón Salazar presentó hace dos años en la Berlinale.

¿Sueño  realidad? Todos los muertos (Caetano Gotardo, Marco Dutra) se enclava, aparentemente, en un Brasil que acaba de lograr su independencia de Portugal y gestiona -con serias dificultades- la abolición de la esclavitud. Aunque su realización no resulta especialmente interesante, sí lo es la originalidad con la que juega con el espectador, dispersando migas de pan por su metraje hasta llevarlo a un terreno que ya exploraron otras películas de género y que aquí se aborda con audacia.

Del Brasil postcolonial a la Francia actual con Delete History. Benoit Deléphine y Gustave Kervern trazan aquí una sátira con el teléfono como foco de todos los males de nuestra sociedad. Una comedia, que a través de un grupo de amigos (y vecinos) de una anodina barriada francesa de viviendas adosadas, aborda el hiperconsumismo, la precariedad, el desempleo, las adicciones, el bullying o el chantaje sexual.

Es, dentro del humor, una crítica feroz a las plagas de la sociedad actual, que pone más el acento en el chiste ácido que en una cinematografía que, más allá del feismo granuloso de su fotografía o el sentido de la oportunidad de las canciones de su banda sonora, no hace grandes alardes narrativos ni estéticos. Al más puro estilo Matrix, Délephine y Kervern nos plantean cómo las máquinas están devorando nuestra alma. ¿Habrá llegado el momento de tomar la pastilla roja y arrojar nuestro móvil al mar?

En un tono más anodino se mueve la producción suiza My Little Sister (Stéphanie Chuat, Véronique Reymond). Protagonizada por Nina Hoss (Bárbara), su mayor mérito es, quizás, esa visión feminista que plantea el imposible equilibrio entre la maternidad, el trabajo y los cuidados a los familiares cercanos.

Lars Eidinger interpreta a un enfermo terminal de cáncer, que encuentra su mayor apoyo en su hermana melliza. Dramaturga y actor hacen de la literatura y el teatro su último asidero vital. No es casualidad que interpretar Hamlet (ya saben, Ser o no ser…) por última vez sea el mayor anhelo del moribundo o que Hansel y Gretel sea el cuento de referencia para estos dos hermanos metafóricamente huérfanos que deben luchar por sobrevivir. Una defensa, en toda regla, de la literatura como último cordón umbilical con la vida.

La sección oficial le ha reservado un lugar privilegiado a dos de los grandes autores cinematográficos de la actualidad: el francés Philippe Garrel y el coreano Hong Sang-soo. ¿Es The Salt of Tears  una película machista? A quien escribe estas líneas le cuesta ver machismo en esa fina ridiculización del latin lover que perpetra Garrel contra su protagonista, un joven que ningunea y solapa a sus diferentes parejas, mientras su padre, un anciano recto, sensato y amoroso, trata de reconducirlo.

Tomando elementos heredados de la Nouvelle Vague en la forma y el fondo, Garrel repite la idea de su anterior película, Amante por un día: el único amor verdadero es el un padre hacia su hijo.

Donde no caben dudas sobre su posicionamiento es en The Woman Who Ran. La obra de Hong Sang-soo es, sin lugar a dudas, una de las mayores delicias que nos ha deparado la 70ª edición de la Berlinale y una muestra más de la enorme riqueza del cine coreano, capaz de realizar obras maestras tan impactantes como Parásitos (Bong Joon-ho), sangrientas películas de acción como Time to Hunt (Yoon Sung-hyun) o la intimista The Woman Who Ran.

Hong Sang-soo rompe aquí con sus propias reglas y otorga todo el protagonismo a las mujeres. Para explicitar esa ruptura, el color se abre paso en su filmografía, dejando atrás el blanco y negro. Compone Sang-soo su película a base de planos secuencias en los que la protagonista, Gamhee (Kim Min-hee) mantiene largos diálogos con amigas y conocidas con las que ha perdido el contacto en los últimos años. Supuestamente (así lo repite ella una y otra vez), aprovecha un viaje de trabajo de su marido -del que nunca se ha separado desde que se casaron- para reconectar con otras mujeres cercanas y, en definitiva, con ella misma.

Sutil y delicado, Hong Sang-soo deja que lo que no se dice tanta importancia como lo que se verbaliza. El cineasta teje un relato sobre las inercias de las relaciones afectivas a base de subtextos, humor (¡Esa escena del gato!) y metacine. Porque The Woman Who Ran es «apacible» -como la propia protagonista describe una película que visiona en una filmoteca- pero nunca «aburrida». Es, en definitiva, una película que difícilmente se irá de vacío en esta 70ª edición. Ese verso no quedará suelto…


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