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Alejandro Ávila

Una mirada a los ojos de la muerte. Un canto a la dignidad de la vejez. Un tributo a Harry Dean Stanton. Lucky, la ópera prima de John Carroll Lynch, otro eterno secundario conocido por sus papeles en Fargo (Hermanos Coen) o Zodiac (David Fincher), tiene más capas que el caparazón del galápago por el que llora David Lynch.

Lucky está concebida por sus guionistas como un amoroso homenaje a HDS, un eterno secundario al que no le dieron su primer gran papel protagonista hasta sus 60 años, cuando Wim Wenders lo transformó en Travis Henderson en Paris, Texas. Corría el año 1984 y Harry Dean llevaba 30 años actuando en series como Bonanza, La ley del revólver o Los intocables y se había visto las caras, como actor de reparto, con Francis Ford Coppola en El padrino II y Ridley Scott en la primera de Alien.

Fotograma de ‘Lucky’.

Como decíamos, los guionistas de Lucky, su asistente y amigo Logan Sparks y Drago Sumonja, convierten, en una sólida y reflexiva película, todas las anécdotas que Harry Dean acumuló a lo largo de una vida llena de amores, guerras, canciones y tabaco… mucho tabaco. Con delicadeza, humor y amor, su vida queda transformada en ficción y convertida en un memorable personaje: Lucky.

¿Y quién es Lucky? Como su propio nombre, el viejo vaquero es un hombre afortunado. A sus 90 años, conserva una salud de hierro que le permite vivir solo, hacerse la compra, practicar yoga todas las mañanas, pasear por su apacible pueblo del Oeste americano, fumarse un paquete de tabaco todos los días y beber Bloody Marías (sic) sin prisa, pero sin pausa, en su cantina de toda la vida. Todo va bien, hasta que un día se desploma en el suelo de su cocina. Así sin más. No le pasa nada… simplemente está viejo.

Ateo, aparentemente huraño, pero entrañable en realidad, a Lucky no le queda más remedio que admitir que tiene los días contados. Que su fin está cerca. El viejo vaquero quiere beberse la vida a grandes sorbos antes de que se le derrame, pero su cuerpo ya sólo le permite tomarla a sorbitos más pequeños de los que le da a su Bloody Mary.

El existencialismo vertebra esta obra que adquiere un significado que trasciende la propia obra artística: el ser humano Harry Dean Stanton murió a los 91 años, pocos días antes de que se estrenara la película.

“No eres nada”, se dicen a modo de saludo Lucky y su viejo amigo en la cafetería todas las mañana; “Yo era nada”, admite un parroquiano de la vieja cantina; “Ungatz”, insiste; “Nada, es todo lo que somos”, reflexiona un Lucky taciturno que reproduce al pie de la letra palabras del propio HDS; “Venimos solos y nos vamos solos”, remacha. Con palabras, con metáforas, con la expresividad que le sale del alma a Harry Dean…. Todo apunta a la única certeza de nuestra existencia como seres humanos: todos acabamos bajo tierra.

Fotograma de Lucky

Viendo al célebre actor americano nos preguntamos dónde termina su actuación y dónde comienza su fragilidad real. No se esfuercen, el personaje es indistinguible de esa piel enjuta, esas piernas flacuchas, ese esqueleto fino como un hilo de nylon, esa vocecilla de sentencias lapidarias o esas cavernosas cuencas del actor que se atrevió a ser frágil ante la cámara.

Nos imaginamos que Lucky está a punto de morir, pero sabemos, tenemos la certeza, es un hecho incontestable, que a Harry Dean Stanton le quedan meses de vida durante el rodaje de la película de John Carrol Lynch. Y con esa mirada, vivimos con congoja cada escena, cada presagio, cada lento movimiento del actor, cada calada a su cigarrillo. Es estremecedor.

La película fluye con el tempo perfecto para su temática. Un ritmo hecho a base de rutinas, repeticiones, música country, rancheras y, por supuesto, de las ingeniosas sorpresas extraídas por sus guionistas de la biografía del intérprete de Kentucky.

El diálogo entre la realidad y la ficción

Fotograma de ‘Lucky’.

Es imposible obviar el diálogo que establece con el documental Harry Dean Stanton: Partly Fiction, rodado en 2012 por la directora suiza Sophie Huber. Ante el hermetismo de Stanton, la realizadora opta por que Stanton entone ante las cámaras sus canciones favoritas y tratar de arañarle así alguna verdad. A duras pena lo consigue.

En el documental de Huber, aparece Logan Sparks, guionista de Lucky y asistente personal de Harry Dean Stanton, quien explica: “Se lo hago todo, desde el café hasta ir a comprar, pasando por aprenderme los diálogos de los demás personajes para que él pueda ensayar los suyos. Muchas veces es como hacer una clase magistral. Y cuando viajo con él, le coordino el viaje, me encargo de la seguridad. Cuando le pasan un guion, trabaja las 24 horas del día en él. Lo lleva encima, habla de él, me llama para ensayar. Cuando llega al rodaje, se sabe las frases de todos”.

Es precisamente Sparks, que conocía tan estrechamente a HDS, el que logra transformar la esencia de Harry Dean en una ficción mucho más auténtica, más real, más emotiva que el documental. En ese juego constante entre realidad y ficción, hay diálogos del documental que luego aparecen en la película de ficción, anécdotas auténticas de Stanton. Incluso el decorado de la casa de Lucky está plagado de detalles del propio Harry Dean, como fotografías de su madre, su familia o de él mismo uniformado de marinero durante la II Guerra Mundial.

 

El Forrest Gump de Hollywood

En el documental de Sophie Huber, Sparks también afirma que “toda persona mayor que ha tenido mucho éxito fácilmente puede mirar atrás y decir: “No lo intenté lo suficiente”. Pero la verdad es que toda su vida lo ha intentado. De hecho sigue intentándolo. Es como el Forrest Gump de Hollywood, no por la falta de inteligencia, eso está claro, sino cómo ha ido tropezando con circunstancias extraordinarias”.

Podemos considerar Lucky como ese intento de HDS de transcender hasta el último aliento, hasta la última calada y de cómo esa lucha por ocupar un puesto en la eternidad se materializa en una de sus películas más brillantes, hermosas y sobrecogedoras.

En la vida como en la ficción, la amistad se convierte en nuestro último asidero a una existencia que jamás lograremos entender, más allá de una verdad incuestionable: Que existimos y que morimos. Y que le debemos una sonrisa de agradecimiento. Como la de Lucky. Como la de Harry Dean Stanton. Descanse en paz.


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