Amalia Bulnes
Amalia Bulnes

No hay película sobre periodistas o periodismo sin un dilema moral como eje central de la acción. Los mejores guiones de cintas que han defendido la función social del cuarto poder han sido escritos siempre desde la épica, casi desde la leyenda, con personajes heroicos y decisiones ejemplarizantes. La epopeya de lo que debe ser el periodismo: la contestación y el azote del poder y los poderosos. Quizás sea esa la primera lectura que puedo hacer de Los archivos del Pentágono, lo mejor del Spielberg histórico y políticamente comprometido desde La Lista de Schindler: tomar conciencia de la dimensión política del periodismo, sentir una nostalgia helada por todo aquello que fue la prensa escrita y que ya nunca será, con redacciones secuestradas por las fuerzas económicas y políticas en todos sus estamentos de poder.

Me ha hecho llorar y avergonzarme a partes iguales Los archivos del Pentágono por cuanto el periodismo hoy ha pervertido hasta la obscenidad su objetivo fundacional. Me consta -son mis compañeros- que el periodista intrépido, casi suicida, contestatario, riguroso y trabajador de alevosa nocturnidad sigue existiendo; pero no así las empresas que deben sostener el arrojo y compromiso de sus trabajadores. Por eso esta película es brillante: porque recupera, defiende, y pone en valor una figura que -llámenme derrotista- sí que doy por perdida: la del editor, el dueño de periódico que, además en esta ocasión, es una mujer en un apabullante contexto masculinizado que se convierte en la verdadera protagonista del guión por ser la poseedora de esa disyuntiva entre sus principios y su cuenta de resultados. Ella es la heroína de este filme.

Pero antes de divagar más, detengámonos en la historia y sus personajes. Los archivos del Pentágono retoma un episodio real ocurrido en 1971, cuando The Washington Post, en ese momento un simple “periódico local” -lo repite hasta en tres ocasiones su director en el filme- adquiere dimensión nacional -ya vendría después la universal que le otorgaría el Watergarte- al decidir publicar una información reservada sobre la Guerra de Vietnam que comprometía a cuatro presidentes de los Estados Unidos de América, con encubrimientos y mentiras de la situación que se vivía sobre el terreno en el frente del sudeste asiático. El director del periódico, Ben Bradlee, está encarnado por un soberbio Tom Hanks, tan creíble y profundamente humano en su ambición profesional que en todo él se resume el oficio de contar y su momento álgido en la historia.

 

 

La editora del Post en ese momento era Katherine Graham -no dejen de leer sus memorias, Una historia personal, reeditadas en España por Libros del K.O-, una dama de la alta sociedad americana que asume, de la noche a la mañana y en el marco de la más poderosa y machista sociedad norteamericana, el liderazgo de The Washington Post tras el suicidio de su marido. Es absolutamente inútil intentar describir el genio interpretativo de Meryl Streep, la actriz que da vida al personaje, sin caer en los más triviales lugares comunes. Está tan cuajada de matices, contenida pero desenvuelta, tan cómoda dentro del alma de esa mujer que defiende la dignidad de una profesión y la de su género sin alardes, con una autoridad natural, sin necesidad de golpes en la mesa, que bien podría parecer una extensión de si misma, de esta actriz tan grande dentro del plano como subida al escenario de cualquier entrega de premios. Porque sí, Los archivos del Pentágono también es un alegato feminista que Spielberg ha dibujado dentro de un guión excelente, donde todas las piezas encajan y convierten la película en una arquitectura fílmica casi perfecta: excelentes diálogos que una intenta grabar en la memoria mientras se van sucediendo, un tono de gran película clásica, un ritmo in crescendo hasta un épico final y sí, todo un compendio que le estallaría a Donald Trump en la cara en el hipotético caso de que le gustara el cine y hubiera ido a ver una película a una sala alguna vez en su vida: libertad de prensa, compromiso político, dignidad de la mujer….

En este contexto político que vive Estados Unidos, con la crisis mundial que ha diezmado a los periódicos en los cinco continentes, y la devaluación general de la escala de valores humanos, Steven Spielberg sigue la estela de Alan J. Pakula en Todos los hombres del presidente, con una película que pone de manifiesto la necesidad imperiosa de volver a un periodismo comprometido con la verdad y alejado del poder. Y, más allá del entertainment de la televisión, la vacuidad de las redes sociales y otros formatos contemporáneos, el director nos recuerda la importancia y la utilidad de la letra impresa en lo que Gabriel García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.


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