Manuel Castro
Manuel Castro

FICHA TÉCNICA:
Título original: On the Milky Roadaka
Duración: 125 min.
Nacionalidad: Serbia-México-Estados Unidos-Reino Unido; BN Films / Pinball London
Director: Emir Kusturica
Guion: Dunja Kusturica, Emir Kusturica
Música: Stribor Kusturica
Fotografía: Martin Sec
Intérpretes: Monica Bellucci, Emir Kusturica, Sergej Trifunovic, Miki Manojlovic, Bajram Severdzan, Maria Darkina.

 

Lo primero que me gustaría decir de esta película es que Picasso no era un gran artista. No, no era un genio, si no varios genios a la vez o sucesivamente, como se prefiera. No hace falta decir que tal concentración de genialidad no tiene prácticamente parangón en la historia y que ya de por sí la genialidad unipersonal, no múltiple, es extraordinariamente rara. Digo esto para advertir de que no conviene tomar a la ligera el talento acreditado por don Emir Kusturica durante las últimas décadas, ya que en no pocas ocasiones sus obras tocaron pelo y contuvieron trazos de genialidad al alcance sólo de unos pocos elegidos. Sacralizarlo no, pero casi.

Que sí, que En la vía láctea no constituye su cenit creativo y ha perdido el factor sorpresa, el plus que otorga la novedad. Vale. Que su deriva abierta hacia la fábula, hacia un realismo mágico balcánico ha mermado un tanto la emoción, el pellizco que podría albergar su discurso de los años ochenta y noventa, de acuerdo. Que permanece anclado en el universo audiovisual que levantó en su momento, es cierto, pero también lo es que esos mismos que enfatizan su anquilosamiento, un cierto tufo a agua estancada, probablemente serían los primeros en censurarle una traición a ese lenguaje propio. Porque lo que se considera reiteración, agotamiento creativo, autoplagio o decadencia onanista también puede ser sello de autor, coherencia estética, fidelidad a uno mismo… Depende. ¿Y de qué depende?, pues de que uno sea crítico de cine o no.


Yo no lo soy, ni siquiera creo que llegue a cinéfilo. Para definirme en este terreno prefiero el termino cinévago, que habla de la pereza a la hora de abordar de forma sistemática el análisis sesudo de películas y desprende ciertas connotaciones nómadas. En consecuencia, la película me parece verdaderamente estimulante, con multitud de aspectos apreciables y con una capacidad de seducción, de combinar y generar imágenes que no es tan fácil encontrar en nuestra cartelera. Ni mucho menos. Los críticos llevan años diciendo que Woody Allen, por citar otro ejemplo, no deja de repetirse y que hace tiempo que no hace nada del nivel de sus primeras obras maestras. Pues bien, cualquier cinévago sabe que la peor película de Allen contiene diálogos, situaciones, personajes que, más allá de sus indudables lagunas o miserias, la colocan por encima del 99 por ciento de los títulos que llegan a nuestros cines. O sea, que el peor Kusturica es mejor que la mayoría del material que nos programan. Eso es así.

En En la vía láctea está ese pálpito que Kusturica insufla a sus películas, ese aliento vital desbocado, excesivo, que alcanza el paroxismo en las celebraciones de taberna. El lenguaje sigue siendo abigarrado, denso, repleto de metáforas visuales más o menos afortunadas, más o menos forzadas. A menudo, la caligrafía, el vigor y color del trazo, importa más que la historia. Vemos más de la cuenta la mano del marionetista, pero el goce puede con eso y con más. La música no es de Goran Bregovic, no es tan excelsa, pero el hijo del director ha sabido mantener la identidad del lenguaje paterno y su partitura es eficaz, orgánica. Y luego está la Bellucci, una madonna con todas sus consecuencias que asume el rol de la belleza en esta parábola bélica y rural, en este cuento ingenuo y sensual, mágico y costumbrista, triste y vitalista, torrencial, minucioso y brutal que es En la vía láctea.

Y escribo de nuevo el título con minúsculas, pues más que a míticas referencias cósmicas, me parece que don Kusturica podría referirse al modesto camino pedregoso y polvoriento que el protagonista -él, mismamente- recorre una y otra vez en el filme con sus cántaras de leche y su burro. O también, aunque más improbablemente, a la vereda que lleva a su voluptuosa amada, vaquera a la que vemos derramar a la carrera la leche de dichas cántaras como si no hubiera un mañana ¿De qué depende poner o no mayúsculas?, pues seguramente de que uno sea crítico de cine o no.

En la vía láctea habla -a veces grita, a veces susurra y a veces canta- de la bondad y la belleza, de la renovación -sus protagonistas ya no son, no pueden ser tras las atrocidades vividas, ni el hombre ni la mujer que eran-, de la locura y el desencuentro, del amor y de las apariencias. Lo hace otra vez desde la exuberancia acordeonística de un gran baile de pueblo que se va de las manos. Lo hace desde su imperfección, sus baches y sus vericuetos prescindibles, desde un humor negro salpicado de acrobacias increíbles, desde una animalidad granjera y parabólica, desde su familiaridad hiperbólica y su surrealismo poético, y nos deja un puñado de imágenes que no tenemos más remedio que llevarnos a casa para siempre. Casi nada.

Reconozco que Kusturica para mi es un símbolo. Cuando escucho su nombre o veo su cine, pienso en Europa. No en la Europa de los mercaderes o del Brexit, no por dios, sino en la Europa que Stefan Zweig soñó: una tierra de tolerancia y prosperidad, de progreso, de democracia y de respeto por la creatividad y la cultura de todos, un sueño de convivencia que pudiera ser soñado en los cinco continentes. En Gladiator -sí una cita de Gladiator-, Marco Aurelio le pide a Máximo junto a un campo repleto de cadáveres que le recuerde qué es Roma, la causa de tantos años de guerra, muerte y ausencia. “He visto mucho del resto del mundo, es brutal y oscuro, Roma es la luz”, argumenta el general, a lo que el emperador, anciano, escéptico y enfermo, contesta: “Existió un sueño llamado Roma, era sólo un suspiro, se desvanecía con sólo pronunciarlo. Era tan frágil que no sobrevivirá al invierno”.


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