Carmen Camacho
Carmen Camacho

Por Carmen Camacho
@aycarmelaaaaa

El título, la tipografía art decó, la foto del cartel (en proporción áurea: pareja en danza, Los Ángeles a sus pies, y todo lo demás es cielo)… no hay trampa ni cartón: quien paga la entrada a La ciudad de las estrellas-La La Land sabe que compra un musical de musicales, amor romántico, ciudad idealizada, sonrisas, imaginario gringo en packaging colorista, la gran evasión. Por coherencia, en el último momento decido cambiar las palomitas por un cartucho de garrapiñadas.

La cinta está nominada a 14 estatuillas, bien podemos exigirle que nos entretenga dignamente, que no es poco.

Déjà vu. Los tributos –en este caso a las leyendas del cine musical– tienen su peligro, no arriesgar es un verdadero riesgo. En La La Land todo nos suena, nos resuena, se nos repite. Las referencias fotográficas, coreográficas, interpretativas, de vestuario, musicales… se refuerzan –por si acaso se nos despista alguna– en los diálogos. De nuestro inconsciente brotan en amalgama el caminito del Mago de Oz, la delicada Dorothy, Chaplin, Gene Kelly en día raso, dibujitos animados, Grace Kelly, Greasse, los ochenta, Louis Armstrong, Audrey Hepburn, cuadros de Hopper (ni rastro de los andares de Mae West, ¡con lo que nos hubieran aliviado!)… Mucho abarca. Una cosa es el fértil metacine y la referencia artística y otra hacer lo que ya estaba hecho. Deserta el asombro. El mérito técnico y artesano, la excelente fotografía, no remedia el retrogusto añejo. La La Land, más que refrescar a los clásicos, se enrancia a sí misma.

El eterno retorno pide y presta atemporalidad. Ubicada en un presente etéreo –al que consigo aferrarme gracias al coche utilitario de la protagonista– la dilución de las coordenadas temporales trabajan a favor de la irrealidad. Debido a ese no-tiempo, aceptamos más que en cualquier otro musical la convención de que todo y nada es verosímil. Nos ancla al suelo, a “la realidad”, una historia de amor más mal que bien contada. Todo lo demás transcurre en un éter que quiere narrar con imágenes, música y danza, el subidón –hasta la lisergia siempre– de enamorarse; o entonar consejas y moralejas rayanas en la autoayuda. Realidad, sueño, lo que es y no es, y lo que podría haber sido y no fue, se suceden a veces con aviso –un cambio de luz–, a veces con efecto sorpresivo que busca confundirnos un instante para regresarnos después al estado de las cosas. Una circularidad digna de uróboro o pescadilla se impone: en movimientos envolventes de cámara, en los hilos narrativos, en la sucesión de las estaciones del año, en autopistas y desvíos, en la melodía -Mia & Sebastian’s Theme- machacada al piano (días después soy capaz de silbarla nota a nota) que sirve de hilván.  El planteamiento de La La Land tiene el paso del vals, de la bandera que ondea sin volarse del mástil, de todo lo que se desplaza poco para todo lo que gira o se mueve mucho sin salirse del tiesto.

Gira La La Land como la reolina sobre un dilema (la realidad o el deseo, el amor o la aspiración personal) contado con una torpeza realmente inesperada. Nominada al Oscar también al Mejor Guión, la línea narrativa y la construcción de la historia y los personajes queda en tenguerengue. Lo poco que necesita resultar verosímil suena a pegolete. Los protagonistas, de tan correctos y formalicos, no nos saben nada auténticos. La catarsis es de fogueo. Suena a falsa la dicotomía.

Era de esperar. Chica conoce a chico. Chica y chico tienen sueños. Los sueños tienen un precio. Y el éxito es algo más –o distinto– a la realización de los sueños. Nada me turba, nada me espanta. A lo tonto a lo tonto me he comido el cartucho entero de garrapiñadas. Podré digerirlas. Lo realmente indigesto es la dosis avinagrada de corrección política, el chute gazmoño, el signo de estos viejos nuevos tiempos. Y ese es el peor de los retornos.


Un comentario sobre “‘La La Land’: eterno retorno

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