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Alejandro Ávila

Un festival de cine es una intrincada red de relaciones donde se forjan vínculos eternos. Igual que Woody Allen, Pedro Almodóvar, Michael Haneke o Nicolas Winding Refn son los ‘niños mimados’ de Cannes, la cita cinematográfica por antonomasia de Berlín, la Berlinale, tiene los suyos. Si una película de Wes Anderson, Steven Soderbergh, el brasileño José Padilha, Gus Van Sant o los españoles Ramón Salazar o Isabel Coixet está al caer, ya sabemos dónde será su estreno: en la capital alemana.

Cuando se acerca el final de la 68ª edición de la Berlinale, estos directores más que consagrados nos han dejado algunas de los mejores estrenos de este festival. No hay lugar a dudas: Utøya 22. juli es una firme candidata al Oso de Oro. Por muchas razones. Erik Poppe agarra al espectador por las solapas y lo sacude hasta dejarlo exhausto con uno de los mayores traumas recientes de la sociedad noruega: la matanza de sesenta y nueve niños en un campamento de verano. En 2011, un terrorista de extrema derecha se armó hasta los dientes, tomó una embarcación hasta la isla de Utøya y asesinó a sangre fría a decenas de jóvenes del Partido Laborista.

El riesgo del filme es enorme: rodar en la isla sin caer en el morbo, respetando la memoria de las víctimas. No solo lo consigue con una enorme elegancia, sino que, gracias a un empleo magistral de la técnica, logra que el espectador empatice hasta los tuétanos con los protagonistas. ¿Cómo? Mediante un plano secuencia de noventa minutos: los dieciocho previos al ataque, para introducirnos a los protagonistas, y los setenta y dos minutos exactos que duró el cruento, indiscriminado y desgarrador tiroteo.

Durante ese tiempo nos falta el aliento, mientras cada tiro de las armas semiautomáticas nos explota en el pecho, nos manchamos de barro y huimos por la isla, mientras Kaja (Andre Berntzen) le sigue la pista a su hermana, busca refugio y ayuda a aquellos a los que encuentra. Y lloramos desconsoladamente sabiendo que aquello ocurrió de verdad. No es casualidad que el equipo técnico necesitara un escuadrón de ocho psicólogos durante los cinco días que duró el rodaje en la propia Utøya.

El referente evidente es el Elephant de Gus van Sant, que recrea la matanza en el instituto de Columbine (Estados Unidos). Con la salvedad de que aquí solo interesa la perspectiva de las víctimas. El terrorista, del que se habló hasta la exhaustividad en los medios de comunicación, solo es una amenaza omnipresente, materializada a través de los disparos, una sombra (¿Era él, era un superviviente, era nuestra imaginación lo que se esconde tras aquel árbol?) o una imagen difusa que nos dispara de lejos. Una película de terror en estado puro: el que se hace realidad, cuando se le da rienda suelta al extremismo neonazi que recorre nuestro continente. Qué mejor vacuna contra la intolerancia que sufrirlo en nuestras propias carnes… aunque sea desde la seguridad de una sala oscura y el confort de nuestros asientos de privilegiados espectadores.

Fotograma de '7 días en Entebbe'

Fotograma de ‘7 días en Entebbe’

Un punto de vista muy diferente del terrorismo es el que ofrece el veterano José Padilha, que vuelve a demostrar que si hay un autor que sepa rodar la acción con inteligencia es él. En 7 días en Entebbe, el director brasileño recrea el secuestro del vuelo París-Tel Aviv en 1976, a mano de cuatro terroristas palestinos y alemanes. Padilha compone las escenas exquisitamente, el montaje es trepidante pero sin marear al espectador, mientras Daniel Brühl y Rosamund Pike resuelven con solvencia la interpretación de los terroristas de extrema izquierda alemanes. Si hay algo que defina a Padilha es el poderosísimo uso que hace de la música, al alimón de unas coreografías espléndidas. Es un rasgo definitorio del brasileño. De él disfrutamos en Tropa de Elite, la película sobre la guerra sucia en las favelas que le brindó el Oso de Oro diez años atrás.

Aquel reconocimiento mundial le ha permitido rodar exitazos comerciales, como Tropa de Elite 2, el remake de Robocop o el episodio piloto de Narcos, la serie de Netflix. Donde no está afinada la cinta es en los diálogos, a los que se le terminan viendo las tripas: poca credibilidad y demasiadas explicaciones sobre el conflicto palestino. Una revisión al guion de diálogos le habría hecho mucho bien, para no sacar al espectador de la trama con diálogos absurdos.

Fotograma de 'The Pig'

Fotograma de ‘The Pig’

Artificio buscado, y del bueno, es el que nos ofrece el Pig del persa Mani Haghighi, quien ya nos dejó impactado hace dos años con la música de percusión y la fotografía de los desiertos de A Dragon Arrives!, la cinta de clausura de la 66ª Berlinale. Con Pig, el iraní dibuja una extravagante sátira sobre la obsesión por el reconocimiento social. Lo hace apoyándose en dos elementos: un cineasta con un ego desbordante y las redes sociales. Y su efecto más perverso: los linchamientos virtuales, con efectos reales sobre las víctimas. De rondón, nos mete una sutil crítica política: los directores de cine depurados por el régimen autoritario persa, como otro de los amigos de la Berlinale, Jafar Panahi.

La película gira en torno a un asesino en serie, el Cerdo, que mata directores de cine, los decapita y luego lo difunde por redes sociales. Mientras el protagonista, el director Hasan Kasmai (Hasan Majuni), ve con aprensión como sus amigos van cayendo uno por uno, su vida se desmorona y su amor propio le empuja a una idea suicida: él también quiere que el Cerdo le mate. Él, al que el régimen iraní lo ha metido en la lista negra y sólo puede rodar anuncios bochornosos, también quiere ser un elegido, un cineasta decapitado. Imposible no ver la metáfora política. Como ya hacía en A Dragon Arrives!, Haghini demuestra que tiene un gusto especial por la música introducida a niveles videocliperos y por una intensa saturación de los colores.

Fotograma de 'Unsane'

Fotograma de ‘Unsane’

Para ritmazo el del norteamericano Steven Soderbergh, que filma con un Iphone una película de terror que deja al espectador clavado en la butaca durante más de hora y media. Unsane está protagonizada por una excelente Isabel II, perdón, Claire Foy (la intérprete de la reina inglesa en la serie The Queen, de Netflix). Aunque la fotografía del móvil le resta cierta profundidad a la composición, consigue un efecto muy positivo: darle visos de realidad a una película que juega precisamente con eso, los límites entre la realidad y la imaginación. Si hubiera que coronar a un cineasta como el nuevo mago del suspense, Soderbergh sería un firme y digno heredero de Alfred Hitchcock. ¿Está loca la protagonista o no? El ganador de la Palma de Oro en 1989 con Sexo, mentiras y cintas de vídeo logra que vivamos una auténtica pesadilla: ser encerrados en un manicomio contra nuestra voluntad.

Berlín ha tenido hueco un año más para el irregular realizador estadounidense Gus van Sant. Este año le ha tocado acertar con el biopic Don´t Worry, He Won´t Get Far on Foot. Joaquin Phoenix, en la piel del viñetista John Callahan, nos brinda (una vez más) un papel memorable como alcohólico que se queda parapléjico tras un terrible accidente de tráfico. Al protagonista de Her no se le quedan a la zaga, con sus magníficas interpretaciones, Jonah Hill, Rooney Mara y Jack Black.

Fotograma de 'Don´t Worry, He Won´t Get Far on Foot'

Fotograma de ‘Don´t Worry, He Won´t Get Far on Foot’

Van Sant logra contar con humor la tragedia de Callahan, que comienza un apasionante viaje íntimo para dejar de beber y convertirse en uno de los grandes dibujantes de tiras cómicas norteamericano. El montaje de la cinta, en la que el propio director figura como editor, es enormemente dinámico, combinando sus charlas y el presente, con flashbacks de su vida como alcohólico e hilarantes animaciones de sus viñetas, uno de los grandes aciertos de la película. Don´t Worry, He Won´t Get Far on Foot es una excelente muestra del proceso de recuperación de una persona con alcoholismo y de la riqueza dramática que atesoran las reuniones de alcohólicos anónimos.

Menos memorable es el biopic dedicado a Romy Schneider, la actriz alemana marcada eternamente por su papel como Sissi. En 3 Days in Quiberon, Emily Atef nos narra en blanco y negro los tres días en los que una pareja de periodistas pelea por conseguir una entrevista de Schneider, mientras ésta se encontraba en una clínica de rehabilitación. Lo lograron. La que no consigue librarnos del tedio es Atef, cuya película termina naufragando, a pesar del gran trabajo de la actriz protagonista, Marie Bäumer.

Fotograma de 'La enfermedad del domingo'

Fotograma de ‘La enfermedad del domingo’

El que no naufraga con La enfermedad del domingo es el director malagueño Ramón Salazar, quien presentó la precuela de este largometraje, el corto El Domingo, en el Festival de Gijón (FICX). No sería descabellado que Salazar se llevara el premio del público, al que opta por su presencia en Panorama, la sección dirigida por otra andaluza, la sevillana Paz Lázaro. El director de Piedras, ópera prima estrenada en Berlín en 2003, demuestra sus tablas como guionista, resolviendo con la exactitud de un reloj suizo una tensión que se podría haber desbordado con facilidad: el reencuentro de una hija (Bárbara Lennie) y la madre (Susi Sánchez) que la abandonó cuando aquella tenía ocho años de edad.

La sensibilidad de Salazar y las excelentes interpretaciones de ambas actrices mantienen en vilo al espectador, mientras ambas se tantean como púgiles buscando el noqueo del adversario. El cineasta, que combina la escritura de éxitos comerciales con la dirección de películas más autorales, demuestra con La enfermedad del domingo su madurez como autor con una visión y lenguajes propios.

*Imagen de portada: fotograma de Utøya 22. juli.


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