Esther Lopera
Esther Lopera

Juego de Tronos, la serie de HBO basada en la saga de novelas fantásticas Canción de Hielo y Fuego, del escritor y guionista George RR Martin, se ha convertido en todo un fenómeno de masas que ha traspasado las pantallas televisivas y que forma parte de la cultura popular. Padres que bautizan a sus hijas con nombres tan raritos como Arya o Daenrys; Djs que finalizan sus sesiones con la sintonía de la serie; tatuadores que incluyen en su catálogo el escudo de los Guardianes del Norte, entre otros dibujos épicos, y ciudades que explotan sus encantos turísticos colgando el cartel “Aquí se ha filmado Juego de Tronos”. Nadie escapa al fenómeno: es la droga televisiva más consumida.

Nos tiene a todos enganchados y no es casualidad. La serie se transmite en 170 países y tiene los ingredientes necesarios -y alguno extra- para que cuente con toda una legión de seguidores. La séptima temporada ha dado mucho de qué hablar. Mientras los más haters dicen que cuenta con diálogos vacíos, viajes relámpago imposibles y un guion que parecía perder su rumbo, sus defensores argumentan que sigue teniendo escenas trepidantes, producciones complejas y alguna vuelta de tuerca en la historia que vuelve a posicionarla como la serie de series. Finalmente, gracias al subidón del último episodio, donde la el show recupera el drama, parece que todos nos hemos rendido para arrodillarnos, una vez más, ante los poderes del juego de tronos.

Y tras el subidón, viene el bajón: los fans tenemos una larga espera para ver la última entrega. La batalla de batallas. El último juego de las sillas del poder. La desesperación y el síndrome de abstinencia se adueñan de nosotros. En el momento de cerrar este artículo, faltaba 558 días, 12 horas, 31 minutos y 44 segundos, según el reloj que corre por las redes y que marca la cuenta atrás para el nuevo estreno, un ejemplo más del yonkismo que ha creado esta serie.

A continuación, analizamos algunas de las substancias que contiene este psicotrópico, para que si tú también estás enganchado, puedas encontrar un antídoto que te ayude a soportar tan larga espera.


Show must go on

Juego de Tronos es puro espectáculo. Una serie creada para todos los gustos. Los fans salimos de debajo de las piedras al oír la sintonía de la serie. Se nos eriza el pelo y nos quedamos enganchados al sofá durante su emisión. Y esto ocurre porque los guionistas saben cómo sorprendernos y cómo rodar escenas de acción. Si bien es cierto que -en algunas ocasiones- la acción está por encima del guion,  eso no significa que la trama sea floja. Los entresijos familiares, las venganzas, el odio y el amor que surge entre los personajes nos encantan.

Valar Morghulis

Signo inequívoco de la serie: Valar Morghulis, que significa algo así como “todos los hombres deben morir” en el idioma de Valyria (el hogar ancestral de la casa Targaryen). Los guionistas ya nos tienen muy acostumbrados a que en algún episodio corra la sangre a borbotones. No en vano, uno de los capítulos más inolvidables es La Boda Roja, el número 9 de la tercera temporada y uno de los más sangrientos. Cuenta con una espectacular escena en que mueren Robb, su esposa Talisa -que estaba además embarazada- Lady Catelyn y la mayoría de los hombres de la familia Stark. Ocurre sin ningún miramiento, dejando a la amplia audiencia en sus casas, sin aliento y con el corazón en un puño.

Dragones y mazmorras

El universo que creó George RR Martin ha abarcado diferentes generaciones, entre ellas, una generación que actualmente es gran consumidora de series. Se trata de la generación de finales de los 70, que creció con películas como La Princesa Prometida (Rob Reines, 1987) o La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), adaptaciones de grandes obras literarias. Una generación que ha desarrollado su imaginación con los juegos de rol y las series animadas basadas en ellos, como Dragones y mazmorras (Marvel Comics, 1983). Un colectivo de naturaleza lectora, ávido de mundos imaginarios que ven en la pantalla un dragón convertido en zombie y personajes con ropajes imposibles de plumas de cuervo y lloran –literalmente- de emoción. Sí, antes nos emocionábamos cuando veíamos a Fuyur decir “corre Atreyu corre! Y ahora vibramos cuando Daenerys grita “Dracarys!”

Altas dosis de sexo

El sexo en las pantallas, en todas sus formas, nos gusta. Los creadores de esta serie nos han servido en bandeja de plata un buen menú: desnudos íntegros -sobre todo de ellas-, sexo con amor, sexo sin amor, felaciones, orgías, y un sinfín de momentos calientes. Además, ha recibido muchas críticas, pues la serie no está exenta de escenas turbias para el deleite de los más morbosos, mostrando sin paños calientes crudas escenas de violaciones. Y cuidado: aquí el incesto no es tabú.

Nuestras tierras, el escenario

Los productores están muy locos y se han llevado al equipo por todo el mundo. Desde Canadá, Malta, Escocia e Irlanda, a Islandia, pasando por Croacia o España. La temporada seis se desarrolló en gran parte en tierras catalanas. Las paredes del casco antiguo de Girona se vistieron de croma y sus personajes deambulaban por la ciudad mientras los cientos de fans correteaban deseando encontrarlos en sus bares habituales. Lo mismo ha pasado en esta última entrega, en la que han convertido Las Atarazanas de Sevilla en las mazmorras de la Fortaleza Roja en Desembarco del Rey, y el Anfiteatro de Itálica en el escenario para el último episodio, donde los protagonistas tratan de firmar una tregua en la lucha por el Trono de Hierro para combatir unidos a los Caminantes Blancos.

Todos estos elementos conforman una de las drogas más efectivas que se ha creado para la televisión. Los que la hemos probado lo sabemos y queremos más. Mientras la última temporada sigue diluyéndose en nuestra sangre, solo podemos pensar en la nueva entrega con cierto temor, porque Winter is coming pero el final de Juego de Tronos, también.


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