El cineasta Jorge Naranjo recuerda al director de cine y crítico Jesús García de Dueñas: “Fue el primero en confiar en mí». Al autor de ‘El imperio Bronston’, fallecido ayer, le refulgían los ojos al recordar su encuentro con Ava Gardner

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19 May 2020
Jorge Naranjo

Aún no eran las once de la mañana cuando me llamó María Silveyro, mi madre madrileña y propietaria de la librería Ocho y Medio: «¿Es cierto que tu tío se ha muerto?». Aún no me había informado, pero intuía que la respuesta era «SÍ». Mi madre me dijo hace días que Jesús estaba ingresado y el pronóstico parecía inevitable. Nada de coronavirus. Un cáncer directo al pulmón.

En realidad, Chus –como le llamaban muchos, no yo- no era mi tío “oficial”. Jesús García de Dueñas Naranjo era primo directo de mi padre. Se conocieron siendo críos en Cáceres, donde nacieron ambos y cultivaron una amistad sin la cual, quizás, yo no me hubiera dedicado a esto.

Y es que mi “tío del cine” -como le llamaba yo, no el resto- fue el primero en confiar en mí. El que vio mi primer corto (una historia llamada Diez Minutos, que solo se puede ver en mi casa y en VHS) y pronosticó que “sabía dónde colocar la cámara”.

Sus amigos Tip y Coll

El que habló con mis padres en un restaurante sevillano y, entre anécdotas entrañables sobre sus noches locas e imposibles junto a sus amigos Tip y Coll, les explicó que me apoyaran si dejaba el periodismo para ser guionista y director. El que me llevó a mis primeros Premio Goya como el que acude por primera vez a Disneyworld. El que me echaba broncas porque no me leía sus larguísimas memorias. El que me recibía en su casa de Madrid y me hacía sentir que tenía familia en una ciudad inabarcable.

Siempre se jactó –no sin razón- de ser el crítico que sacó del ostracismo la película El extraño viaje, de Fernando Fernán Gómez, cuando nadie apostaba por ella. Al salir de una proyección prácticamente vacía y fascinado con el film, Jesús la reseñó con cariño y brillantez en la revista Triunfo, donde escribía.

Siempre se jactó de haber sacado del ostracismo El extraño viaje de Fernando Fernán Gómez gracias a su crítica en la revista Triunfo

En ese instante, la cinta se convirtió uno de los iconos de la filmografía nacional. Apenas hizo películas y las pocas que realizó pasaron sin pena ni gloria, pero se hizo un hueco respetable en la profesión. Podía resultar gruñón, pero era honesto y transparente. Era mordaz, pero hilarante. Un sabio que, como tal, decidió ser invisible. Y un hombre de cine.

El imperio Bronston

La última vez que le vi fue en su casa de Madrid. Acudí junto a la directora y guionista Anna R. Costa, que se estaba documentando para una hipotética segunda temporada de Arde Madrid. Anna conocía un libro que Jesús había escrito –los últimos años de su vida fue más historiador que cineasta- titulado El imperio Bronston que hoy está descatalogado y su precio en Amazon ronda los 200 euros. Y cuando supo que éramos familiares, no tardamos en organizar una cita.

Lo recuerdo como una mañana memorable. Jesús nos contó, aparte de cosas que yo ya sabía como la relación que mantuvo durante años con la actriz Charo López (“nunca me creí que quisiera estar conmigo”), aquel día que conoció a Ava Gardner, si no lo recuerdo mal, a las seis de la mañana en la chocolatería San Ginés de Madrid, refugio de noctámbulos y presas de la farándula.

Sus ojos refulgían como los de un niño goloso y ansioso cuando evocaba el momento que conoció a Ava Gardner

Cada vez que evocaba ese momento, sus ojos refulgían como los de un niño goloso y ansioso que había cumplido su sueño de tener a pocos metros a la que llamaban “el animal más bello del mundo”. Y eso que nunca superó que la actriz prefiriera a Carlos Larrañaga antes que a él. Y enfatizó que entonces, al igual que ahora, “el mundo del artisteo” iba por delante y a la vanguardia de una sociedad que no asumía los avances que llegaban por todos los flancos.

Ayer recibí un mensaje de su hijo Rafa donde hacía hincapié en lo mucho que me apreciaba su padre y que éste estaba encantado de que alguien en la familia hubiese tirado por el mundo del cine. Le respondí con cariño y realzando su importancia en mi vida, pero no le conté –a María y a mi madre, sí- lo curioso que me parecía que mi primer mentor en este oficio se hubiera ido un día que para mí siempre será muy importante a nivel profesional. Y tampoco que justo antes de saber la noticia grabé con el teléfono a una gaviota que sobrevoló mi cabeza y pareció saludar.

Pero no estoy triste. De alguna manera, siento el corazón un poco álgido. Porque sé que se fue sin sufrir, acompañado de su amada Teresa y de sus hijos, y no me cabe duda de que ya habrá quedado allí arriba para irse de cañas con mi padre, su hermano José María y hasta Tip y Coll. Intuyo que la velada será larga, y ojalá que la culminen compartiendo churros con Ava Gardner.

A propósito, ya sé que esta columna debería versar sobre el mundo del guion, pero si la muerte de alguien como Jesús no se considera un Punto de giro, qué demonios estamos escribiendo.


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