El experto en cine africano Javier H. Estrada imparte esta semana el curso ‘Las revoluciones del cine africano’ ahondando en su rica diversidad, su carácter visionario y poniendo el acento en esas cineastas mujeres «que están generando todas las rupturas»

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9 Mar 2020
Alejandro Ávila

Javier H. Estrada es uno de los mayores expertos en cine africano. Compagina su trabajo como programador en el Festival de Sevilla o Filmadrid, con la docencia y la crítica en las prestigiosas Caimán y Secuencias. Revista de Historia del Cine.

Este lunes imparte el curso Las revoluciones del cine africano, organizado por el Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT), con la Universidad de Sevilla (CICUS) y el Ayuntamiento (ICAS), en el que analiza el cine africano desde una mirada libre de prejuicios, que combina el pasado con el presente, apostando por el cine africano como una oculta vanguardia global.

Aprovechando este curso, FilmAnd hablar con este cinéfilo que habla con pasión y devoción de una cinematografía que destaca, según su análisis, por su rica diversidad, su carácter visionario y por unas directoras de cine «que están generando todas las rupturas».

¿Es posible definir, de una manera global, el cine africano?

Es imposible homogeneizarlo en un concepto. África es un continente de realidades muy diferentes. Debemos tener en cuenta que, por ejemplo, hay muchísimas más lenguas en África que en Europa, y no digamos en América. Desde nuestra visión occidental, se tiende a mirar a África con desdén y superioridad, simplificando al extremo cuando sus realidades son enormemente complejas. Eso se refleja en el cine: nada tienen que ver, en estética y discurso, una película argelina con una mauritana o una sudafricana.

¿Hay, por tanto, mayores diferencias que dentro del cine europeo?

En lo cultural e identitario, África es más heterogénea que Europa o Estados Unidos. Por ejemplo, a nivel de etnias y también bajo un prisma religioso. Europea es esencialmente cristina. En África, sin embargo, sus creencias autóctonas se mezclaron con el cristianismo y el Islam como resultado de la colonización. Lo mismo sucede con la cuestión lingüística. Todo eso ha dado lugar a una complejidad identitaria enorme.

 

¿Es posible encontrar algún rasgo común en el cine africano?

No, lo importante es celebrar la diferencia, que existe tanto en el pasado como en la actualidad. Es un reto, porque cada cinematografía es un mundo. Ni siquiera podemos hablar de regiones. Entre el cine marroquí, el argelino y el tunecino, hay unas divergencias brutales. Por lo tanto, hablar de cine magrebí como un organismo común sería erróneo. Lo interesante es valorar sus matices y profundizar en ellos.

 

¿Cuál es el objetivo del curso de cine africano que impartes esta semana?

El curso está compuesto de cuatro sesiones en las que vamos a hablar más de autores que de nacionalismos. Trataremos esas revoluciones fílmicas que han roto con los cánones. Se trata de un viaje entre pasado y presente, nos centraremos en visiones rupturistas y en cineastas que jamás fueron domados, con visión propia y que no tenían miedo a romper con los códigos establecidos y a explorar nuevos lenguajes.

Empezaremos con el senegalés Djibril Diop Mambéty, maestro rebelde, que arriesgó en cada una de sus obras. Partiremos de Mambéty para viajar hasta su sobrina, Mati Diop, una cineasta que ha supuesto la gran revelación del año con su debut en el largometraje Atlantique, premiado en Cannes, pero cuyas obras anteriores ya revelaban un talento fuera de norma.

Acabaremos el curso con una clase monográfica sobre jóvenes creadoras marroquíes que, en mi opinión, están aportando las más asombrosas e insólitas innovaciones del continente, y seguramente del mundo.

 

En una ocasión me comentabas que el cine africano podía aportar frescura al cine europeo. ¿A qué te referías?

Creo que el cine europeo tiene una vertiente anquilosada, como cualquier otro. Pero también es una imparable fuente de talento rompedor, como evidencia el Festival de Sevilla, al menos desde 2012 con la llegada de José Luis Cienfuegos a la dirección. Lo que es innegable es que los cines africanos aportan una mirada diferente, tanto a nivel formal como de discurso, exponiendo circunstancias y conceptos que aportan mucha luz. En el SEFF mostramos el estreno en España de tres películas africanas, Tlamess de Ala Eddine Slim,  Terminal Sud de Rabah Ameur-Zaïmeche, y Abou Leila de Amin Sidi-Boumédiène, film que ganó la competición Las Nuevas Olas. Sin duda estos tres títulos inyectaron una energía y una perspectiva diferente al resto.

¿Qué quieres decir?

Esas películas reflejan unos contextos tan urgentes y traumáticos –Terminal Sud y Abou Leila hablaban implícita o explícitamente sobre la guerra civil argelina-, que su discurso nada tiene que ver con el de las realidades europeas. Continuamente se simplifican los cines africanos, afirmando que desarrollan historias simples, bondadosas o arcaicas, cuando la realidad es que hay unos renovadores estéticos brutales, con unas puestas en escena cuidadísimas y visionarias. Uno de los objetivos del curso es precisamente dinamitar esos tópicos sobre los cines africanos, que pesan mucho y señalar una serie de nombres que a nivel creativo tienen tanta relevancia como los maestros del cine europeo o norteamericano.

 

¿Cuáles son, en definitiva, esas revoluciones del cine africano?

La última sesión está dedicada a directoras marroquíes. Todas las cineastas -Leïla Kilani, Meriem Bennani, Randa Maroufi o Safia Benhaim- son jóvenes y sus películas son transgresoras en lo formal y en lo conceptual. Le Parc, una película breve de 2015, era un anticipo del Mannequin challenge (vídeos virales por redes sociales, en los que los protagonistas quedan congelados como estatuas, mientras el realizador realizaba un travelling entre ellos).

Ese corto utilizaba la idea de la congelación para hablar de la parálisis de la juventud en Marruecos provocada por el control del Estado y la censura. A nivel visual, se edifica sobre planos secuencia perfectamente compuestos, virtuosos, reflejando con sensibilidad la ausencia de libertad de expresión y también emocional de la nueva generación.

¿Y Party on the CAPS?

Party on the CAPS es la obra más delirantemente original de los últimos cinco o seis años. Es el resultado de una mezcla de lenguaje de internet y una puesta en escena puramente cinematográfica, creando una obra de ciencia ficción que habla de la inmigración, la crisis de los refugiados, partiendo del humor pero con grandes dosis de profundidad. En esta película hay humanos pero también cocodrilos que hablan y caminan. Esta distopía genial bebe de los códigos de Instagram, combinados con una planificación sublime. En esa hibridación observamos una vez más el carácter vanguardista de las creadoras marroquíes actuales. Los cineastas africanos están proponiendo estrategias estéticas tremendamente originales. Indagando en sus obras podemos encontrar algunos de los impulsos más rotundos del audiovisual contemporáneo, revelaciones tan o más deslumbrantes de las que podemos observar en Europa o Norteamérica.


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