Javier Miranda

Los programadores de festivales de documentales que damos cancha a producciones españolas en nuestras parrillas nos pasamos la vida diciendo que el documental español vive un momento de oro. No es fácil hacer llegar este mensaje. Muchos piensan que va en nuestro sueldo hacer estas declaraciones, como si estuviésemos defendiendo una burbuja, al igual que todos los gremios hablan de la excelencia de su trabajo como estrategia para seguir en el escenario. Es difícil contrastar estar opiniones porque el documental español, en su vertiente más interesante es un cine de guerrilla, con poco acceso a los grandes canales de difusión. Así, a pesar de los esfuerzos de programadores y una mayor presencia en medios que centran su labor informativa crítica en este tipo de cine, tanto documental como de ficción – calificado con etiquetas de cine independiente, cine marginal, cine periférico, etc-, sigue siendo un gran desconocido para el público mayoritario. Su mala suerte es que está triunfando en prestigiosos festivales, tipo Locarno o el argentino BAFICI, que tampoco son muy publicitados fuera de círculos especializados. Pero los signos de que nos encontramos ante uno de los movimientos artísticos españoles más importantes de la actualidad están ahí para quien quiera verlo.

En Alcances tuvimos la suerte de abrir hacer once años la etapa documental dentro de la larga historia del festival, y estábamos ahí para recoger la eclosión del desarrollo de este cine dentro de nuestro país, que nos ha convertido en una clara referencia dentro del mundo documentalista español. Ahora, la pregunta sería ver si este desarrollo se reparte por igual en todas las comunidades que forman nuestra geografía. Y eso nos lleva a plantearnos qué lugar juega Andalucía en este mapa del documental. Los lugares más inquietos se hallan en Cataluña y Galicia. La primera de estas comunidades fue la gran impulsora del tema desde la aparición hace 20 años de los Másteres de documental creativo de las universidades Autónoma de Barcelona y Pompeu Fabra. Ellos crearon los fundamentos de una generación de cineastas inquietos y nada convencionales que poco a poco han ido generando escuela. Sus alumnos venían de toda España y el extranjero, con lo que sus enseñanzas han ido poco a poco extendiéndose. En el caso gallego, fue una política de apoyos públicos a los creadores que han hecho que muchos directores y directoras hayan podido realizar una obra que en festivales y programaciones están triunfando, aunque muchos hayan sido alumnos de estos másteres arriba citados. Madrid una vez más, paga el peaje de ser la capital del estado y de ser donde se concentra la industria, con lo que extrañamente ha estado ausente este cine más creativo. Pero en los últimos años, las escuelas de cine allí radicadas y una política de impulso público centrada en Madrid en Corto hacen que la situación se esté revirtiendo. Al igual que el País Vasco, en el que los estudios de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pública están impulsando una generación que se abre paso poco a poco en el circuito. Un caso curioso es Navarra, donde la presencia del festival Punto de Vista, uno de los señeros de este país en el género documental, ha impulsado algunas carreras de cineastas.

¿Y Andalucía? Hay que decir que desde hace años hay una creciente industria audiovisual, pero que en el caso del documental ha tenido un hándicap. Gran parte de su producción se ha derivado hacía Canal Sur, que ha sido uno el gran cliente. Esto ha propiciado un tejido, que duda cabe, pero por otra parte impidió el desarrollo de un lenguaje creativo, que es de lo que estamos hablando. El fenómeno se retrasó, pero en los últimos años están apareciendo cineastas que intentan recortar distancias con los otros núcleos. Se están centrando en Málaga, donde la combinación de una facultad con un profesorado inquieto, como la llorada Inmaculada Sánchez Alarcón, un desarrollo de productoras que saben combinar sabiamente necesidades comerciales con proyectos personales y un festival de cine que tiene una sección de documentales de creciente complejidad han echado raíces. Pero si analizamos los casos de la eclosión documental en otros territorios del estado vemos lo que falta. En Cataluña todo vino de la mano de masteres especializados. En Andalucía tenemos facultades, pero haría falta una enseñanza de postgrado específica. Otro, el caso gallego, con un plan de ayuda a los creadores. Haría falta abandonar la política de apoyos públicos a productoras y centrarse más en proyectos individuales, creativos, que generen más riqueza cultural. El discurso neoliberal de la sostenibilidad económica no puede plantearse por una administración que debe atender a la diversidad de lenguajes cinematográficos en vez de centrase en apoyar lo obvio. Y por último, ventanas por donde acceder a ese cine más inquieto, más allá de lo que estamos haciendo los festivales. El momento está maduro, todo el tejido creado en estos años se puede aprovechar y un cambio en el sentido dicho más arriba sería factible. Nuestra comunidad podría así formar parte de pleno derecho de este movimiento en igualdad de condiciones con otras del resto del país. Debemos aprovechar también que en Andalucía la mayor parte de la producción audiovisual actual es documental. Demos ese impulso y los resultados serán espectaculares.


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