juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título originalHappy End 
Duración: 110 minutos
Nacionalidad: Austria-Francia-Alemania
Dirección y guion: Michael Haneke
Fotografía: Christian Berger
Montaje: Monika Willi
Intérpretes protagonistas: Jean-Louis Trintignant (Georges Laurent), Isabelle Huppert (Anne Laurent), Fantine Arduin (Eve Laurent), Matthieu Kassovitz (Thomas Laurent), Franz Rogowsky (Pierre Laurent), Laura Verlinden (Anaïs), Hassam Ghancy (Rachid), Nabiha Akkari (Jamila), Dominique Besnehard (Marcel)

Michal Haneke no es un director prolífico, pero lleva un tercio de siglo y una decena de largometrajes documentando el discreto desencanto de la burguesía europea. Su concepto feroz y despojado de la ficción cinematográfica se adapta a la perfección a ese relato, integrando con una naturalidad casi mística su música diegética, sus planos distantes o sus insertos en otros formatos (en este caso, vídeos de móvil y conversaciones de chat) para tramar diversos niveles narrativos.

Happy End puede verse por otro lado como una síntesis de muchas de las preocupaciones del cineasta austriaco: de la incomunicación intergeneracional a la mala conciencia de las clases pudientes; de las cicatrices (o heridas abiertas, en muchos casos) poscoloniales a la desconfianza en las relaciones tecnologizadas; del tedio como única expansión de un hipertrofiado homo faber, obsesionado con el trabajo y el consumo, a la revelación del dolor, la violencia, la enfermedad, la soledad o la muerte sin los filtros edulcorados o la puesta en escena espectacular a los que nos han acostumbrado los mass media, incluido, por supuesto, el cine.

En este último sentido, Happy End establece una explícita conexión con Amor (2012), anterior largometraje del director, a través del personaje al que interpreta con una exquisita y esforzada extravagancia senil Jean-Luis Trintignant. Solo algunos sutiles detalles argumentales distinguen a este Georges Laurent del Georges (sin apellido) que cuida amorosamente de su compañera Anne (Emmanuelle Riva) en aquella obra maestra de la intimidad cinematográfica. Incluso un diálogo entre el patriarca de los Laurent y su inquietante nieta Eve se encarga de remarcar aún más la confluencia entre ambos personajes. Y la constancia de estar ante el anunciado epílogo fílmico de Trintignant, que ha decidido retirarse a sus cansados y enfermos 87 años, añade aún más fuerza y más autenticidad a este vínculo.

En el cine europeo contemporáneo, hay cineastas (Aki Kaurismaki, Agnès Varda o incluso otros menos prestigiados como Robert Guédiguian, por citar algunos muy diferentes entre sí) que nunca renuncian a la esperanza, nunca la sacrifican, ni siquiera en sus secuencias más amargas. Son, en mi opinión, los más necesarios. Hay otros (pienso ahora en Giorgos Lanthimos, por ejemplo) que abandonaron hace tiempo cualquier vocación compasiva para explicarse y explicar el mundo mediante una única y prolongada fórmula: la parábola sarcástica. Su apocalíptico pesimismo antropológico no me interesa demasiado. Y luego está Haneke, tal vez el más lúcido de todos, que apunta a menudo allí donde otros no miramos o no queremos mirar, sin afán redentor pero con una admirable inteligencia inclusiva que no necesita artificios, tan capaz de la ironía como de la piedad.

Desde su estreno en Cannes hace más de un año, se ha hablado de Happy End como de una obra menor. Pero a mí me parece, justo al contrario, un nuevo hito en la carrera del director. Desde El video de Benny (1992), ha habido en su cine ciertas veleidades con respecto a la representación de la crueldad que aquí directamente se eluden o se decantan, situándonos ante eso que se ha llamado a veces una película “de atmósfera”. Tiene la suficiente abstracción como para que no nos ahoguemos en su dimensión trágica. Y abre las claves precisas para que un espectador diligente pueda sacar sus propias conclusiones, establezca las escalas que considere oportunas y salga de la sala con su propio criterio de confianza en el ser humano.

 

 

 


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