En la Cuarentena de Cine nos fijamos hoy en el cine reciente de Frederick Wiseman: tres títulos de mirada sabia y reposada que nos redescubren los tesoros de las instituciones públicas: un museo, una biblioteca y una universidad

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16 Abr 2020
Víctor Esquirol

Llegué tarde al cine de Frederick Wiseman, lo admito. Lo hice cuando el hombre ya llevaba una cuarentena de trabajos (como director y productor) en su hoja de servicios, es decir, cuando ya hacía casi medio siglo que se dedicaba a hacer documentales. La película con la que inicié a recorrer su senda fue La danza, pieza de más de dos horas y media (que recuerdo que me pasaron volando) dedicada al Ballet de la Ópera de París. Un objeto de estudio que, debo decir, no suscitaba en mí un especial interés antes de entrar en la sala de cine… pero que al salir, ya casi consideraba como una pasión.

Me conmovió la precisión analítica con la que, el ya por aquel entonces veterano cineasta, abordaba sus proyectos. Me enamoré perdidamente de una fórmula de hacer películas que parecía dar auténtico sentido a la etiqueta “no-ficción”. De la mano de Wiseman, parecía que no hacían falta ni las entrevistas de cara a la cámara, ni ninguna voz en off que nos aclarara lo que estaba sucediendo. La narración se orquestaba sutilmente a través de la naturalidad en el montaje de sonido (ambiente), y su cámara, siempre silenciosa; siempre omnipresente, se plantaba sabiamente en todos los lugares. Y miraba, y escuchaba.

Para entender cómo funcionaba el Ballet de la Ópera de París, Frederick Wiseman era consciente de que no debía limitarse a seguir los duros entrenamientos a los que se sometían los artistas que a posteriori saltarían al escenario, sino que también debía prestar atención a las reuniones de los consejos de administración, a los debates teóricos entre las mentes pensantes de los espectáculos, a la meticulosa labor de los equipos de limpieza y mantenimiento… Ahí estaba, una absorbente observación de la excelencia; de una cima de la civilización que, como tal, debía conquistarse (y preservarse) con esfuerzo, con paciencia, con dedicación.

En este estado descubrí a Frederick Wiseman, cuya fórmula, desde entonces, se ha mantenido prácticamente intacta, atestiguando una plenitud que, no obstante, ha virado temáticamente hacia unos terrenos que, en estos días de confinamiento debido a la crisis del coronavirus, pueden ayudarnos a entender el mundo por el que merecerá la pena seguir luchando, una vez haya pasado la tempestad. Sigue la Cuarentena de Cine, y lo hace (no es consuelo menor) de la mano de uno de los mejores documentalistas en activo.

En la plataforma Filmin podemos encontrar tres de sus últimos títulos, tres películas que se pueden recomendar en pack porque beben de la misma voluntad, y se ejecutan a través de un método que es puro sello autoral. Tres preciosos testigos de ese cine tan noble, que sabe lidiar con la evidente carga política de sus imágenes sin tener que recurrir a atajos sentimentales. Tanto en At Berkeley, como en National Gallery, como en Ex Libris: La biblioteca pública de Nueva York, se nos ofrece la oportunidad de perdernos (en el mejor de los sentidos) en las entrañas de algunas de las instituciones públicas más prestigiosas del mundo.

Y ahí está el punto de interés. En cómo la trayectoria y metodología de esta etapa en la filmografía wisemaniana nos junta, de forma incontestablemente lógica, las cumbres de la sociedad con los espacios abiertos a todo el mundo. Una universidad, un museo y una biblioteca. Tres sitios con pedigrí, que han calado y arraigado en sus respectivas comunidades, y que han trascendido el carácter ya de por sí universal que les brindan sus respectivas funciones, actuando como lo que realmente son: faros de la humanidad.

El arte, la cultura y el conocimiento se presentan aquí como pilares que sostienen a la misma criatura, una que no sabe vivir sin la compañía de sus iguales. Y aquí estamos, confinados, seguramente privados del contacto con nuestros seres queridos, y ni falta hace decirlo, con estos templos convertidos en un precioso recuerdo que a cada segundo que pasa, se antoja más y más lejano. Esto se debe, evidentemente, a las críticas circunstancias por las que ahora mismo estamos pasando, pero también, nunca está de más recordarlo, por la deriva que estaba tomando la Historia.

Ahora que el sistema sanitario está al borde del colapso, y que con ello volvemos a valorar lo que al fin y al cabo es más importante (nuestra salud, claro), parece que ha llegado el momento perfecto para recordar las preciosas e irremplazables bondades del sistema público; de ese terreno que a lo largo de los últimos años, ha ido reculando más y más en beneficio (nunca mejor dicho) de un sector privado que, ahora se ve, no ofrece respuestas en las horas más oscuras. En este sentido, el cine más reciente de Frederick Wiseman, y en especial, los tres films citados, pueden verse e interpretarse en clave de defensa de estos espacios que pertenecen a todos… porque nos salvan a todos.

Como cabía esperar, la mirada reposada del maestro se queda clavada en todos los rincones de los lugares visitados, y escucha atentamente a las gentes que los habitan. Con ello, nosotros espectadores aprendemos de ellos, como aprendemos de un museo, de una universidad o de una biblioteca.

Tres experiencias contemplativas (casi meditativas) perfectas, porque prestarles atención significa enriquecerse, tanto a nivel mental como espiritual. Significa aceptar que lo que mejor nos representa como especie es lo compartido. La excelencia, lo sabe Frederick Wiseman, está custodiada por la esfera pública, aquella que tenemos que aprender, de nuevo, a querer. Para que así la podamos preservar; para que así nos preserve ella a nosotros.

En Filmin:

Ex Libris

National Gallery

At Berkeley


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