Manuel H. Martín analiza el idealismo del gladiador romano Espartaco y pone de relieve la actualidad política de este clásico del cine firmado por Stanley Kubrick

Manuel H. Martín
30 Oct 2019
Manuel H. Martín

“De valientes están los cementerios llenos”. Así luce el dicho popular que puede guardar algo de sabiduría popular. Al fin y al cabo, si te enfrentas descarnadamente a los problemas, especialmente en una batalla, y lo haces con todo tu corazón y a pleno riesgo, probablemente acabes derrotado.

Puede que hasta crucificado. Si no que se lo pregunten al bueno de Espartaco, el protagonista de aquel maravilloso film épico, catalogado como péplum, dirigido por Stanley Kubrick en 1960.

Espartaco se encuentra entre mis preferidas de Kubrick, cineasta del que me interesa más su etapa previa más clásica que la moderna. Protagonizada por un Kirk Douglas en estado de gracia, Espartaco es una estupenda película épica, a la que el tiempo ha tratado muy bien. Una obra que, además, guarda multitud de personajes y situaciones que, desgraciadamente, son atemporales.

Un esclavo obligado a convertirse en gladiador

Recordemos que la película, basada en la novela homónima de Howard Fast, narra las peripecias de Espartaco (Douglas), un esclavo obligado a convertirse en gladiador. Tras la muerte de otro compañero esclavo y gladiador, Espartaco acaba como el líder de una revuelta contra los opresores que se divertían con el espectáculo de los hombres matándose entre ellos en la arena. En medio de este trama principal épica y revolucionaria, varias subtramas interesantes.

Una de ellas, sobre la ascensión de un político sin escrúpulos, Craso (Laurence Olivier), que usa la revuelta para convertirse en una especie de dictador ante el senado y así obtener poder absoluto. La otra subtrama principal gira en torno a una gran historia de amor entre Espartaco y la esclava Varinia (Jane Simmons), a la que Espartaco decide no tocar cuando le obligan a pasar la noche con ella, estando los dos encerrados y observados como si se tratara de dos bestias.

Una historia de amor que no se llega a consumar hasta que ambos, hombre y mujer, son completamente libres. Poco más que decir si, además, las escenas entre Simmons y Douglas están acompañadas del tema de amor compuesto por Alex North. Una maravilla.

Lo cierto es que tanto la trama principal como las subtramas no pierden interés en toda la película, a pesar de su extensa duración que excede las tres horas y cuarto. Además, como conjunto narrativo, cada escena de la película goza de una estupenda realización cinematográfica. Ni siquiera versiones posteriores, más violentas y explícitas, han llegada a mostrar la sensibilidad y la sutileza con la Espartaco habla del sexo, el amor, el poder o la igualdad.

Una inspiración que traspasa la pantalla

Más allá de los valores artísticos y narrativos del film, Espartaco, como personaje, ha servido de inspiración para muchos filmes posteriores; basta recordar al César de la última y gran trilogía de El planeta de los simios. Una inspiración que traspasa la gran pantalla y conecta con para muchos espectadores que, como yo, aún seguimos emocionándonos con una secuencia esencial, no solo de la película en sí, sino de la historia del cine.

Hablamos del momento en el que el “ejército” de Espartaco ha sido derrotado y los opresores del bando contrario preguntan insistentemente por el líder de la revuelta, ese momento en el que uno a uno sus compañeros se van levantando y responden: “Yo soy Espartaco”. Solo decir que, mientras escribo estas líneas, se me han erizado los vellos de los brazos. Emociona pensar, como espectador y como persona, en el inquebrantable compañerismo hacia un “líder” que, en el fondo y pese a sus defectos, ha actuado siempre buscando el bien común.

Lo cierto es que el visionado de Espartaco despierta multitud de lecturas. Una de ellas, es la política, que puede recordarnos a situaciones y personajes de nuestro tiempo, tanto en la esfera de la ficción como en la pura realidad.

En el film grandes posturas enfrentadas, la de los opresores y los oprimidos, la de los cínicos y los idealistas. Craso (Laurence Olivier), representación del status quo, es el poderoso que, a través malas artes, instrumentaliza la política para su propio beneficio, es decir, el mal “institucionalizado” en estado puro. Acompañando a Craso, encontramos otros roles interesantes que, pese a estar cercanos al poder (o al sistema), se mueven en una escala de grises.

Por un lado, tenemos a Lentulo Batiato (Peter Ustinov), un mercader que sobrevive como puede o, lo que es lo mismo, un empresario de la época que, aunque no pueda estar del todo de acuerdo con unos y otros, se mueve en torno a las necesidades del “negocio y la economía”. Por otro lado, está el senador Tiborio Sempronio (interpretado por un inmenso Charles Laughton), un personaje cínico que se ha dejado llevar por la corriente del poder y que, en el fondo de su corazón, y como vemos en la resolución de su personaje en el film, cree que las cosas pueden ser de otra manera.

Los peligros del poder

Se podría decir que estos tres personajes secundarios representan tres escalas de los peligros del poder: quienes se han dejado llevar por la corriente a pesar de sus valores, quienes no tienen valores y navegan como pueden la corriente, y los que son la turbia corriente que todo se lleva por delante.

Frente a todos los personajes corrompidos de un modo u otro por el poder, se presenta el idealismo, representado por el propio Espartaco, su mujer Varinia o su compañero de batallas Antonino (Tony Curtis). Espartaco simboliza el idealismo llevado al extremo, podríamos incluso pensar en él como una especie de “patrón de los idealistas”. Se le presenta como un líder que, pese a sus grandes valores, tiene claro que perderá y que muchas vidas serán sacrificadas.

Un idealista que no acepta ni siquiera cuando le ofrecen retirarse a él y a unos pocos “privilegiados” de su ejército antes de la última batalla. No puede aceptar retirarse en minoría y dejar a la mayoría de personas que lo siguen tiradas. Su causa, como buen mártir, está por encima de su propia vida. Porque su sueño no es ser un ser libre, sino que todos, los que están y los que vienen detrás, como su hijo, sean completamente libres.

Si pensáramos de forma realista, Espartaco podría haber intentado llegar a un acuerdo. Como suelen decir los abogados, es mejor un mal acuerdo que un buen juicio que se celebra,… mejor aún un buen acuerdo que una batalla y sus consecuencias. Pero, ¿de verdad habrían aceptado los poderosos un acuerdo? ¿No se lo habrían terminado quitando de en medio más temprano que tarde?

Las dudas pueden disiparse al ver como es la resolución que sufre su amigo Antonino. Una vez capturados, los opresores hacen enfrentarse en duelo a Espartaco y Antonino. Un duelo en el que Espartaco, sin quererlo, acaba asesinando con sus propias manos a su amigo. Divide y vencerás, enfrenta a quienes antes eran uña y carne… Tranquilos, es ficción, ¿o pensáis que esto puede ocurrir en la vida real?

Nada es negociable

Sea como sea, al final del relato, en Espartaco, nada es negociable, solo ha quedado la confrontación bélica y sus resultados. El idealista ha perdido la batalla y se ha convertido en mártir, los explotados han sido derrotados y el sistema ha quedado fortalecido. Una revolución parecía que iba a cambiarlo todo, mientras que el status quo ha hecho lo posible porque nada cambie. Como se dice en una escena de la película “por muchas veces que los derrotemos, siempre parecen tener otro ejercito que enviar ante nosotros”.

“De valientes están los cementerios llenos”…y de idealistas puede que incluso más. Pero, ¿cuántas mentes y corazones han cambiado los idealistas? Más allá de batallas, sangre y muerte, Espartaco es un auténtico símbolo del idealismo. Puede que las cosas no cambien, pero hay que ponerse en el pellejo de quien, como un quijote eterno, es capaz de enfrentarse a los molinos una y otra vez.

Porque, por mucho que el viento y la corriente venga fuerte, hay quienes no dejarán de levantarse y volver a intentarlo hasta desfallecer. Siempre habrá personajes que, como Espartaco, sirvan de inspiración para seguir soñando con otro mundo mejor. Y puede que los dichos nos frenen, pero para combatirlos los idealistas tienen las canciones. Y como cantaba Julio Iglesias en La vida sigue igual, “siempre hay por qué vivir, por qué luchar”.


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