juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Durante muchas décadas, Jesucristo ha sido el personaje más representado en el cine (hasta que la producción en serie de Christmas movies le cediese ese honor a Santa Claus, según algunos estudios). Es lógico; su relato contiene todos los elementos para convertirlo en un héroe de enorme atractivo audiovisual. Y tanto su iconografía como los detalles de ese mismo relato se han difundido por toda la geografía terrestre en los últimos dos milenios hasta otorgarle una identificación universal.

Cualquier aparición suya en una pantalla desencadena de partida en cientos de millones de espectadores una proyección emocional difícilmente comparable a la de cualquier otro personaje, un sentimiento de vínculo  que se corresponde con la dimensión religiosa en el sentido etimológico del término (re-ligare) y que puede ser independiente de la fe que se profese.

Jeffrey Hunter en 'Rey de Reyes' (Nicholas Ray, 1961)

Jeffrey Hunter en ‘Rey de Reyes’ (Nicholas Ray, 1961)

¿Quién le ha puesto cuerpo y voz a este gran icono en el cine? Algunos de los actores que han asumido ese reto son muy conocidos y sus facciones han contribuido incluso a reforzar o modificar su figura, remodelada en el imaginario colectivo a lo largo de los siglos por influencia de las sucesivas representaciones artísticas. Así ocurrió con los ojos azules y la cabellera rubia de Jeffrey Hunter en Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961) o del sueco Max von Sydow en La historia más grande jamás contada (George Stevens, David Lean y Jean Negulesco, 1965). Pero también con los rasgos más duros de Willem Dafoe o Jim Caviezel en La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988) o La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), respectivamente, afilando en cada una de ellas un ideal convenido del realismo. Más allá de estos hitos de la versión cinematográfica del nazareno, nos vamos a fijar en otros diez singulares cristos del cine.

 

Jordan Willochko: ¿el primer Cristo cinematográfico?
The Horitz Passion Play (Walter W. Freeman, productor, y Charles Webster, camarógrafo, EE.UU., 1897)

Las representaciones cristianas en el cine son tan antiguas como el propio medio, algo en lo que influyó precisamente de forma decisiva el hecho de que la historia de Jesús de Nazaret era ya conocida y podía ser seguida y entendida con facilidad por los espectadores. Muchas se han perdido, entre ellas la que se considera la primera, The Horitz Passion Play, filmada por empresarios teatrales estadounidenses en la ciudad de Hořice (en la actual Bohemia checa, donde la Semana Santa se celebraba desde 1816 con una pasión viviente), con la idea de reproducir la película luego en Filadelfia y Nueva York, entre otras ciudades. Se sabe muy poco del primer Cristo aparecido en una pantalla: apenas su nombre, Jordan Willochko, y que era uno de los jóvenes actores locales y semiprofesionales que interpretaban cada año la pasión de Hořice.

En esos años pioneros, es arriesgado en cualquier caso afirmar con rotundidad que algo se hizo por primera vez. Las (buenas) ideas se reproducían rápidamente y un argumento tan propicio como la vida de Jesús quiso ser llevado a la pantalla casi de forma simultánea por diversos precursores de la industria cinematográfica, entre ellos los más conocidos. Louis Lumière y George Hatot rodaron en 1898 La Vie et la Passion de Jésus-Christ, con Bretteau, un afamado actor de pantomima en el papel protagonista [la referencia que aparece de año y autores en el vídeo adjunto no es correcta, pero hemos decidido mantenerlo por su interés]. Y el mismísimo George Méliès, que se atrevía con todo, interpretó a Jesús en Le Christ marchant sur les flots (1899), en la que desde luego lo importante no era tanto el rigor bíblico como la búsqueda del asombro al conseguir el efecto de caminar sobre las aguas.

 

H.B. Warner: la faraónica bondad de un galán cincuentón
The King of Kings / El rey de reyes (Cecil B. de Mille, 1927)

H.B. Warner en 'El rey de reyes' (Cecil B. de Mille, 1927)

H.B. Warner en ‘El rey de reyes’ (Cecil B. de Mille, 1927)

Además de esas versiones pioneras, el cine silente recreó en numerosas ocasiones la denominada “Historia sagrada”. Las principales cinematografías tuvieron todas su historia de Jesús, incluso en sintonía con movimientos de vanguardia como el expresionismo: Robert Wiene rodó I.N.R.I. en 1923, con el icónico actor ruso Gregori Chmara.
Y el primer Hollywood por supuesto no dejaría pasar tampoco esa mina de oro argumental. Ya la trascendente Intolerancia (D.W. Griffith, 1915) incluía como una de sus cuatro historias entrelazadas la peripecia de Cristo, encarnado por Howard Gaye. Pero la gran superproducción bíblica de la primera edad de oro de Hollywood fue El rey de reyes (1927), obra del faraónico Cecil B. Mille, con el actor londinense H.B. Warner en el papel principal y con algunas secuencias rodadas en el por entonces novedoso Technicolor.
Warner, que rebasaba la cincuentena y tenía una bien ganada fama de galán en decadencia, quedó Marcado por la condición divina de este rol, que impulsó su carrera en un curioso sentido: prácticamente todos los papeles que le ofrecerían en su dilatada trayectoria posterior corresponderían a personajes bondadosos y honestos. Una de las pocas excepciones es Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), donde aceptó interpretar a un farmacéutico borracho.

 

Robert LeVigan: así habló Jesús
Golgotha (Julien Duvivier, Francia, 1935)

La primera vez que Jesús de Nazaret habló en el cine lo hizo en francés. Y fue con la cadenciosa, casi susurrante, voz de Robert LeVigan, un actor que vivía en esa época el mejor momento de su carrera (con destacadas apariciones en clásicos del realismo poético como El muelle de las brumas o Goypi mains rouges). Después, caería en desgracia, acusado de colaboracionismo con los nazis durante la ocupación y por su declarado antisemitismo, que al final de la Segunda Guerra Mundial le llevaron a pasar varios años en un campo de trabajos forzados y a exiliarse luego en España y Argentina, donde moriría en 1972. Esa zona terrible de su biografía empañó sin remedio su contenido y asombroso talento, que quizá tuvo su mejor muestra en la cinta Golgotha. El Jesús de esta película está inspirado por el hieratismo de los iconos bizantinos y la celebérrima e influyente Colette definió el trabajo de LeVigan como “inmaterial, sin artificios, casi celestial”.

 

José María Ovies: la voz de Groucho Marx y del crucifijo de Marcelino
Marcelino pan y vino (Ladislao Vajda, España-Italia, 1955)

Si hay una voz de Jesucristo significativa en el cine español es la del crucificado que toma vida y charla con Pablito Calvo en Marcelino pan y vino. En esos momentos milagrosos que han conmocionado a varias generaciones de espectadores españoles, nunca se le ve el rostro, pero su voz se oye con absoluta claridad y está connotada con todos los virtuosos matices que se le atribuyen al hijo de Dios: serenidad, amparo, comprensión… Era la voz de José María Oviés, un actor asturiano con una discreta carrera ante las cámaras (las películas por las que más se le cita son Muere una mujer, de Mario Camus, y La ruta de los narcóticos, de Josep María Forn), pero que como doblador le puso voz a Spencer Tracy y Groucho Marx, entre otros grandes. Y al Jesús que habló con Marcelino.

 

Claude Heater: misionero mormón y cantante de ópera
Ben-Hur (William Wyler, 1959)

Entre aquellos filmes en los que Jesús aparece como personaje secundario con respecto a la trama principal, quizá Ben-Hur es el más conocido. La novela de Lewis Wallace se ha llevado a la pantalla en numerosas ocasiones (la primera en 1907 y la última, por ahora, en 2016), pero nos quedamos en este caso con el clásico peplum de 1959, en el que el nazareno aparece en algunos momentos cruciales pero su rostro no llega a verse. El cuerpo de Cristo corresponde aquí a Claude Heater, barítono californiano descubierto por Henry Hennigson en un concierto en Roma. Fue paradójicamente la “espiritualidad” de su rostro y su voz (aunque luego en la película no se le vio la cara y no tuvo ni una sola línea de diálogo) la que cautivó a Hennigson y a Wyler. La raíz de esa espiritualidad quizá estaba en el pasado juvenil de Heater, educado en una familia mormona, como misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

 

Enrique Irazoqui: el joven sindicalista español que embelesó a Pasolini
Il vangelo secondo Matteo / El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini, Italia-Francia, 1964)

A principios de 1964, Enrique Irazoqui era un joven que militaba en el sindicato clandestino de la Universidad de Barcelona y viajó a Roma para conseguir el apoyo de intelectuales italianos, donde conoció a Pasolini. Cuenta ese encuentro así en esta entrevista:

“El último día en Roma me llevan a conocer a un poeta de izquierda. Fui a su casa y le solté por enésima vez el discurso de la resistencia. Al revés de lo que hacía todo el mundo, que era interrumpir, este hombre me escuchó hasta que terminé de hablar y entonces se levantó y me dijo que iría a España, pero que al mismo tiempo yo podía hacerle un favor. Que hacía dos años que tenía en preparación una película sobre Cristo, siguiendo literalmente el Evangelio según San Mateo y que no había encontrado todavía al actor que pudiera hacer el personaje. Quería que yo lo hiciese. Yo en más o menos cuatro palabras lo mandé a freír espárragos y le dije que tenía cosas más importantes que hacer, como la construcción de la fraternidad universal”.

Pero afortunadamente la capacidad persuasiva de Pasolini funcionó y con su ayuda Irazoqui, que nunca había pensado (ni pensaría) en dedicarse al cine, consiguió encarnar el que para muchos (entre los que me incluyo) es el Jesús más emocionante de la historia del cine.

 

Bernard Verley: el Cristo demasiado humano de Buñuel
La voie lactée / La Vía Lactea (Luis Buñuel, Francia, 1969)

Buñuel, que se confesaba “ateo, gracias a Dios”, integró su intensa relación con la religión en todas sus películas. En muchas, estableció paralelismos claros con los principales símbolos del cristianismo, rechazando y ridiculizando de forma explícita su ortodoxia. Pero de forma estricta solo en La Vía Lactea aparece Jesucristo como personaje. En sus deliciosas memorias, el cineasta de Calanda define así su intención: “quise mostrarlo como un hombre normal, riendo y corriendo, equivocándose de camino, disponiéndose incluso a afeitarse, muy alejado de la imaginería tradicional”. Este Cristo extremadamente humano, informal e incluso desmañado, no era el centro de la película, sino uno más de los personajes que Pierre y Jean, sus protagonistas, van encontrando en su herético peregrinaje. Y a Jesús le dio cuerpo aquí Bernard Verley, un actor que estaba entonces empezando y que luego ha tenido una carrera tan notable como discontinua, encabezando los créditos de títulos como El amor después del mediodía (Eric Rohmer (1972), Hélas pour moi (Jean-Luc Godard, 1992) o En el corazón de la mentira (Claude Chabrol, 1999).

 

Victor Garber: un Jesús lampiño y hippie
Godspell (David Greene, Estados Unidos, 1973)

Cuando se piensa en un musical sobre la vida de Jesús de Nazaret, la referencia recurrente es Jesucristo Superstar (Norman Jewinson, 1973), con Ted Neeley en el papel principal. Pero el mismo año y con un planteamiento muy parecido David Greene llevó al cine otro musical estrenado fuera del circuito de Broadway (y tuvo por tanto menos promoción de partida) que hace una relectura hippie de varias parábolas bíblicas, adaptando también antiguos himnos cristianos a la música pop y a coreografías contemporáneas. El cantante y actor canadiense Victor Garber (al que años después pudimos ver como diseñador del Titanic en el éxito de James Cameron) da vida aquí a un particular Jesús lampiño y con camiseta de Superman.

 

Kenneth Colley: el otro
La vida de Brian (Terry Jones, Gran Bretaña, 1979)

Los Monty Python consiguieron algo sorprendente con esta película. Representar la historia de Jesús de Nazaret sin apenas contar con él. El secreto está en uno de los grandes recursos de la comedia: la equivocación. La víctima, Brian, estaba interpretada por el genial Graham Chapman, uno de los fundadores del sexteto de humoristas británicos. Pero, ¿quién era aquí Jesús, esa sombra que apenas aparece como un complementario en algunas secuencias para apuntalar la equivocación, el motor cómico de la historia? Pues era Kenneth Colley, otro actor británico, habitual sobre todo de la televisión y mucho menos conocido que los Monty Python, pero que ha tenido una dilatada carrera y que no pasará desapercibido para los fans de La guerra de las galaxias, ya que fue luego Firmus Piett, personaje con cierto peso en El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983).

 

Cliff Curtis: el monaguillo maorí que resucitó
Risen / Resucitado (Kevin Reynolds, Estados Unidos, 2016)

Podría decirse que Cliff Curtis estaba encasillado en papeles “de malo” (Daño colateral, La jungla 4.0Airbender: el último guerrero…) hasta que Kevin Reynolds le propuso interpretar al icono de la bondad por excelencia en este thriller disfrazado de peplum contemporáneo. El cambio en el punto de vista de la historia, que parte aquí del encargo de Poncio Pilatos a un joven centurión romano de que investigue la desaparición del cuerpo de Jesucristo y su rumoreada resurrección, merecía mejores resultados. Pero la película se deja ver, y entre sus valores también está la ruptura con la iconografía tradicional, apostando por Curtis, un Jesús muy moreno por su ascendencia maorí. Eso sí, en las entrevistas, el actor neozelandés siempre ha declarado que de pequeño se pasaba el día en la iglesia, ayudando como monaguillo. Y eso sin duda debió sumarle puntos.


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