Vibramos con la épica deportiva de ‘The Last Dance’, el legendario “último baile” de los Bulls de Michael Jordan, atleta privilegiado… y condenado a ser el mejor de todos los tiempos

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24 May 2020
Víctor Esquirol

En una mansión con vistas al mar está Michael Jordan, el que sin lugar a dudas es el mejor jugador de basket de todos los tiempos. Esta es la única verdad irrefutable sobre la que gira este relato: en la cancha, no hay ni ha habido nunca nadie que se pueda comparar al mítico número 23 de los Chicago Bulls. Ni su sucesor natural Kobe Bryant, ni Magic Johnson, ni Larry Bird… ni mucho menos LeBron James.

Especialmente LeBron James, pues las malas lenguas afirman que lo que estamos a punto de ver a continuación es en realidad una prueba documental de más de ocho horas de duración para terminar con los blasfemos debates sobre la verdadera identidad de “la Cabra”.

En inglés, “the GOAT”, acrónimo de “Greatest Of All Times” (o sea, “el más grande de todos los tiempos”). Y como siempre sucede en este tipo de discusiones, la nueva escuela choca contra la vieja guardia. En realidad, todo esto gira alrededor de otra verdad universal. De una necesidad muy humana, para ser más concretos.

Estoy hablando de esa manía en querer sentirse importante… o en su defecto, en querer ser testigo de algo importante. A falta de trofeos de tenis en mi vitrina, siempre podré decir que yo viví en la era de Roger Federer. Lo mismo sucede con Leo Messi o, para emplear la jerga al uso, con LeBron James.

Como buena industria del entretenimiento que es, al mundo del deporte le pasa lo mismo que a los blockbusters hollywoodienses: está inmerso en una escalada -infinita- de espectacularidad que convierte el presente en un deslumbrante distorsionador de las cimas del pasado.

Me explico: en el cine, la evolución exponencial en la sofisticación de los efectos visuales y sonoros (por citar solo dos variables) hace que cuando volvemos a los éxitos palomiteros de antaño, nos pueda dar la sensación de que han “envejecido mal”.

A velocidad sideral

Gajes de los desfases estéticos que, como decía, se ceban también con un mundo (de fútbol, tenis o basket sigo hablando) que ha evolucionado a una velocidad sideral, y que por ende, parece que ahora se mueve mucho más rápido, y a una potencia mucho más descomunal que antes.

Total, que a principios de 2020 todo apuntaba a que LeBron James iba camino de su cuarto anillo de campeón de la NBA, y claro, esto estaba reactivando las discusiones. Entonces, ¿quién es mejor, LeBron o Michael? Bien, a lo mejor una serie documental sobre cómo el segundo consiguió (alerta spoiler) su sexta corona en dicho campeonato, ayudará a despejar las dudas. Y aquí seguimos, confinados, no sé si en nuestra diminuta casa o en esa inmensa mansión con vistas al mar. Dejémoslo en un palacio (o mejor, un templo) hecho a la medida del ego gigantesco de quien lo ocupa.

Pero al César lo que es del César: esta #CuarentenaDeCine ha sido un poco más soportable por esas dos píldoras semanales que nos ha ido dando el documental The Last Dance, producido por ESPN y distribuido por Netflix. Un repaso exhaustivo de la última temporada de Michael Jordan en los Chicago Bulls, culminación por todo lo alto de un equipo espectacular (¿el mejor de la historia?), donde brillaron (y siguen brillando en el recuerdo retrospectivo) nombres como Phil Jackson, Scottie Pippen, Dennis Rodman o Steve Kerr. Una alineación de astros irrepetible… que no obstante, y a juzgar por lo que nos muestra el director Jason Hehir, servía y sigue sirviendo al más grande de todos.

Sublimación GOAT

El juego de equipo sublimado en el MVP. Porque este Último baile, al igual que aquellos Bulls, es en realidad un espectacular vehículo de satisfacción para una “GOAT” cuyo estatus se legitima no solo en esos anillos que no caben en una sola mano, sino también a través de una serie de declaraciones hermanadas casi todas por una fuerte voluntad de auto-reafirmarse en la grandeza.

Y no recalco este último componente de “egotrip” como una crítica negativa al producto, sino justamente como lo contrario, o sea, como una apreciación de lo bien que ha sabido captar la naturaleza de un objeto de estudio (Michael Jordan) que, para ser justos con el César, parece estar siempre encantado de mostrarse tal y como es. Es por esto que creo que recordaré esta serie documental, por la brutal sinceridad con la que siempre se muestra su indiscutible protagonista.

Con todo lo demás, ya contaba. Y es que a estas alturas, el sello ESPN es garantía casi absoluta de éxito en lo que a no-ficción deportiva se refiere. Desde el lanzamiento de la legendaria serie 30 For 30 (en la que, por ejemplo, se encuentra June 17th, 1994, de Brett Morgen, el que es mi documental favorito de todos los tiempos), dicha factoría nos ha llevado de forma híper-eficaz (a veces, memorable) por la constelación de las grandes historias y personajes que conforman el panteón de los dioses -y demonios- por los que ahora sentimos devoción. En este sentido, era inexplicable que todavía no tuviéramos ninguna sagrada escritura gráfica concerniendo al más divino de todos.

El control de la narración

Con este espíritu se ejecuta The Last Dance, un mega-documental que parece dirigido realmente por el propio Michael Jordan, pues es él quien en todo momento lleva el control de una narración en la que siempre prevalece su punto de vista. En defensa de la honestidad de la propuesta, nunca se intentan maquillar los evidentes conflictos de índole testosterónica que la mayoría de estas intervenciones suponen.

Lo que esperaba de El último baile era una ración reconcentrada de épica baloncestista; un cuento de superación hábilmente contado que me recordara la razón primordial por la que sigo siendo un fanático de los deportes: porque a través de sus grandes hazañas sigo creyendo que lo imposible es, de hecho, posible. Incluso probable.

Y en esta eterna búsqueda de la perfección que se nos niega a los mortales es donde The Last Dance descubre todo su potencial. Esto sí, lo hace mostrándonos el reverso oscuro de dicha gloria. Porque la imagen con la que siempre me voy a quedar de esta trepidante odisea es con la del dios de ojos amarillos. Con un hombre solo (terriblemente solo) en su mansión con vistas en el mar, con la única compañía de un puro, de un vaso de whiskey, de sus recuerdos (pasados todos por el siempre atento filtro de su propio relato) y, evidentemente, la de un interlocutor (¿el director Jason Hehir?) prácticamente forzado a tirarle constantemente asistencias a canasta.

Un rey solo

A lo largo de diez capítulos de cincuenta minutos de duración cada uno, la narración se mueve nítidamente hacia delante y hacia atrás… y se detiene en los satélites para entender mejor al astro rey (aunque solo sea para subrayar de paso la condición de unos y del otro). El dibujo resultante, como decía, es el de un rey solo. A lo mejor este era su destino divino: alejarse más y más de una humanidad que no estaba a su nivel.

En este sentido, el documental se detiene, de forma muy reveladora, en una instantánea de Michael Jordan acosado por micrófonos de la prensa, una imagen que recuerda terriblemente al momento previo en que el todopoderoso Dr. Manhattan de Watchmen emprendiera su viaje teóricamente de no-retorno al espacio exterior… ahí donde ningún otro hombre había llegado antes. Ahí donde nadie podía molestarle.

Pero lo más seguro es que esa amarga soledad en la que, de forma voluntaria o no, se nos muestra siempre el presente de Michael Jordan, sea el resultado lógico de aquello que le encumbró a las etéreas e inalcanzables alturas del Olimpo. Al reverso del espíritu competitivo me refiero, convertido aquí en la carnaza del nuevo meme de moda en las redes sociales; a esa necesidad enfermiza por ganar, por dominar, por destrozar… por destruir al rival.

Ninguna victoria sacia

En Magallanes, historia del primer viaje alrededor del mundo, Stefan Zweig escribía, a razón de la fiebre imperialista de Portugal en el siglo XV: “Nunca se ha visto en la Historia que un vencedor se vea saciado en la victoria, por grande que ésta sea”, y así se comportó el legendario 23 durante toda su carrera profesional.

Siempre peleado con el mundo (con aquel defensa, con aquel entrenador, con aquel manager, con aquel pizzero…) para seguir sacando energías de donde supuestamente no quedaban; siempre dispuesto a enemistarse… si con ello podía seguir bailando el agotador baile de la victoria.

Ganar por alergia a perder. Siempre insaciable; siempre infeliz. Es la génesis del deportista moderno (una vida que, como constata Barack Obama, regatea los discursos político-sociales, y cuya máxima expresión de lealtad se queda en el terreno de lo corporativo). Es la fantástica y triste melodía de Michael Jordan, el súper-atleta, el mago que se suspendía en el aire, the GOAT, el más grande… porque en su mundo solo está él.


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