Un absurdo existencial donde la comedia, el drama y el terror se comportan como los tres amigos de la función. Es la masculinidad, peleada con su propia toxicidad

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23 Feb 2020
Víctor Esquirol

“No es que me caiga mal”, me dijo, “realmente me cae bien… pero a pequeñas dosis”. En aquel entonces, parecía que el mundo (mi mundo, vaya) se reducía a tres personas. A mí mismo (por supuesto), y a esos dos otros amigos que, por lo visto, se querían… pero no demasiado.

Digamos que disfrutábamos de nuestra compañía, pero que a ratos, también, teníamos que hacer esfuerzos para soportarnos. No era una situación ni mucho menos perfecta, pero era lo que había, y con las debidas cantidades de filosofía vital, aquello incluso podía convertirse en algo no muy distinto al paraíso.

Esta película, por cierto, transcurre a varios metros por encima del suelo… pero, también se tiene que decir, muy lejos del cielo. En un ático cualquiera, un amigo espera a otro, y cuando por fin llega el segundo, esperan juntos al tercero. Es necesario que estén todos para que suceda lo que viene a continuación, pero esto último, no acaba de llegar.

Un gran golpe

O sea, que lo que en aquel momento junta a los tres protagonistas, es una especie de plan. “Un gran golpe”, sugiere nuestro cerebro, llevado por una intuición; por un instinto al que, desgraciadamente, nadie acaba de darle la razón.

El plan, de Polo Menárguez (adaptación de la obra de Ignasi Vidal), concreta su naturaleza teatral tanto en lo superficial como en lo espiritual. La trama se presenta y desarrolla con un respeto casi religioso por los tres pilares clásicos de dicho formato artístico.

Tiempo, acción y espacio se hermanan bajo la cualidad compartida de “unidad”, y además, como decía, no se privan de entrar en el juego beckettiano de la espera. Si en la universal pieza del dramaturgo irlandés teníamos a dos personas esperando -eternamente- a una tercera (un tal Godot), aquí la situación suena mucho a eco de aquella.

Están Antonio de la Torre, Raúl Arévalo y Chema del Barco esperando a que ese plan que se traen entre manos, se materialice. Pero hay un problema. De hecho, hay más de un problema. Está un impedimento, que lleva a otro obstáculo presuntamente insalvable… que al rato lleva al enésimo contratiempo.

Y así, el reloj va avanzando. A ratos parece que corra; a ratos da la sensación de arrastrarse de la manera más penosa. En cualquier caso, en este ático sobrevuela constantemente una sensación que en realidad es un engorro: pero, ¿y el maldito plan?

Tres amigos en el paro

Detalle importante: estos tres amigos, que no se sabe si se quieren como hermanos o si se odian como peores enemigos, están en el paro. Los lunes los pasan al Sol, con pipas, porros y cervezas. Para ellos, el reloj se detuvo hace mucho tiempo, y desde entonces, espera(n), también, a que algo lo active.

Existe pues, un sentimiento de extrañeza que al principio podría pasar como gancho para que la historia capte nuestro interés, pero que a los pocos minutos luce como lo que seguramente es: el principal combustible de lo que, visto con un mínimo de perspectiva, huele mucho a metáfora.

El plan puede interpretarse, al fin y al cabo, a través de la voluntad de tomar el pulso a un concepto que, nos guste o no, puede ayudarnos a entender (quién sabe si a empatizar) con el mundo que nos ha tocado vivir. Cuando el motivo de la reunión se ha confirmado como excusa (o macguffin, si se prefiere), entonces podemos prestar más atención a las sublecturas de un texto que, por aquello de despejar dudas, se encarga él mismo de subrayar los tramos más potencialmente reveladores.

Una falta de sutileza que cabe justificar con la más que probable voluntad, por parte del producto, de llegar a cuanta más gente mejor. Hablamos, no en vano, de este cine español que, como pasó recientemente con Ventajas de viajar en tren, de Aritz Moreno, disfruta llevando al espectador por sendas desconcertantes… pero que al mismo tiempo se asegura de que este no pierda nunca la referencia.

Aquí, está un montaje siempre esmerado en aportar nitidez a la narración, y por supuesto, también está la estupenda labor del trío protagonista (de hecho, las únicas presencias que pueblan la pantalla), perfecto catalizador de las emociones que conjuga el relato.

En este sentido, es verdaderamente apreciable la manera en que Polo Menárguez combina recursos aparentemente simples para sondear así las insondables profundidades de los temas abordados. Presentando y navegando, a lo largo de poco menos de hora y media en una situación que parece que no va más allá de la consideración de “tontería”, nos sitúa irremediablemente en un absurdo existencial donde la comedia, el drama y el terror se comportan como los tres amigos de la función.

Es la masculinidad, peleada con su propia toxicidad. Es el plan de no tener plan… y vivir con ello, y dejar que esto se enquiste en lo más profundo del alma. Donde más duele. De camino al paraíso, nos quedamos encallados en el limbo… y poco a poco fuimos cayendo en el infierno. Duele, de verdad.


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