A lo largo de su breve historia, el cine ha generado un voluminoso corpus de obras contra el fanatismo, que van desde ‘El gran dictador’ de Charles Chaplin a la reciente ‘Victory Day’ de Sergei Loznitsa

avila
10 Dic 2018
Alejandro Ávila

El infierno es el otro. El inmigrante, el homosexual, la mujer que aborta. En otras épocas, lo fue el judío, el comunista, el partisano. El diferente. El heterodoxo. Frente a ellos, nuestra patria, nuestra tradición, nuestro reino de taifa. La intolerancia es una tecla de fácil acceso a la que nacionalismos, fascismos y populismos no han dudado en pulsar a lo largo de la historia.

Enfrente han encontrado siempre a intelectuales, artistas, filósofos, cineastas… que haciendo acopio de razón y sentimientos, han apelado a la humanidad para no dejarse llevar por la oleada de la intolerancia. No es casualidad que ellos mismos hayan sido víctimas del sistema al que combatían.

Las Naciones Unidas, los derechos humanos, las democracias… Muchas han sido las herramientas de las que la humanidad ha tratado de dotarse para enfrentarse a los movimientos que no ponen al ser humano en el centro de sus políticas y apelan al estómago, en vez de a la razón.

La resaca de la recesión económica ha dejado el mundo repleto de profetas de extrema derecha que han irrumpido en calles, escaños y gobiernos. Ayer como hoy, el mundo de la cultura, en general, y del cine, en particular, se ha alzado con sus tímidas pero poderosas armas contra el gobierno de la sinrazón.

Volvamos la vista atrás a uno de los clímax de la intolerancia, cuando los fascismos dominaron el viejo continente, ante la indiferencia, cuando no la connivencia, de la población y las clases gobernantes de Europa y Estados Unidos.

 

‘El gran dictador’: la bondad frente a la barbarie

El rodaje de El gran dictador comenzó una semana después de que Adolf Hitler invadiera Polonia. Charles Chaplin, una estrella a los dos lados del océano, era considerado un enemigo del régimen nazi. Impactado por las persecuciones a las que Hitler sometía a intelectuales, artistas y judíos, el actor británico estudió a fondo la figura y los gestos del dictador para firmar una de sus obras maestras. La gran sátira sobre el fascismo.

Unidos por el bigote de cepillo, Chaplin juega con el parecido de Charlot (su famoso y universal personaje) y el caudillo alemán. El barbero de la película es un judío que recupera la memoria tras un accidente en la guerra anterior. Al reabrir su barbería en el gueto, sufre la represión de las tropas ‘nazis’. Tras una serie de peripecias huyendo de la caza al judío, su parecido físico con el dictador Hinkel, trasunto obvio de Hitler, le lleva a un gigantesco estrado desde el que debe arengar a las tropas que acaban de invadir el país vecino.

‘El gran dictador’

Chaplin se atrevió a lanzar uno de los discursos más políticos y conmovedores de la historia del cine. Lo hizo con valentía, cuando Estados Unidos todavía no había sufrido el ataque de Pearl Harbour, se andaba aún con medias tintas con Hitler y, por tanto, no había entrado a luchar en la II Guerra Mundial.

“No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible. Judíos y gentiles, blancos o negros. Tenemos que ayudarnos unos a otros. Los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos”, clama Chaplin en los últimos minutos de El gran dictador.

El barbero apela a la humanidad, la bondad y la hermandad para enfrentarse a “un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes”. Recuerda que los dictadores apelan al trabajo, a la seguridad del pueblo, pero solo se sirven a sí mismos.

Son promesas vanas, afirma. “El odio de los hombres pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá”.

El infierno es el otro. La salvación somos nosotros. El odio, la intolerancia, termina siendo la vía fácil para afrontar, aparentemente, el complejo puzzle político.

 

‘Hannah Arendt’: el mal es “un don nadie”

Superada la guerra y con Europa resurgida de sus cenizas, la filósofa Hannah Arendt hizo temblar los cimientos de la conciencia occidental. Corrían los años 60 y un criminal de guerra nazi había sido cazado en Argentina. Se llamaba Adolf Eichmann, era oficial de las SS y su cometido había sido el de coordinar las deportaciones de judíos desde Alemania a los campos de exterminio en otros puntos de Europa.

Por aquella época, la intensa propaganda estadounidense había convertido a los perdedores de la guerra, los nazis, en monstruos sin redención. Eran la personificación del mal, el demonio, algo en lo que ningún americano o europeo de bien jamás podría convertirse. Pero llegó la brillante filósofa alemana y descubrió que Eichmann era “un don nadie”.

Damos así un salto en el tiempo. Hasta 2013. Para deleitarnos con el retrato cinematográfico que Margarethe von Trotta hizo de la pensadora en el biopic Hannah Arendt. En su película, la directora alemana cuenta cómo Arendt se ofreció a la prestigiosa revista New Yorker para cubrir el juicio a Eichmann en Jerusalén.

La cinta transmite el shock que le produjo a Arendt comprobar que Eichmann no era ningún monstruo, ningún ser especialmente depravado, ningún ser especialmente inteligente. Tan sólo un “don nadie”.

Hannah Arendt

Lo que fascina a la filósofa es “el abismo entre la brutalidad de los hechos y la mediocridad del personaje, de manera que cuando un colega filósofo tacha a Eichmann de “monstruo”, ella le replica sin medias tintas que está “siendo muy simplista. Lo novedoso es que hay muchos como él, es una persona tremendamente normal. Él solo actuaba conforme a la ley”.

La película transmite cómo Arendt va elaborando una teoría fundamental para comprender el siglo XX, el fascismo, la violencia y las consecuencias de la intolerancia y la deshumanización del pensamiento: la banalización del mal.

En la escena climática de la obra, cuando la filósofa está siendo acusada de traición a su propio pueblo, Arendt explica en un seminario las bases de su teoría.

Según ella, Eichmann “jamás había tenido intenciones de ningún tipo, buenas o malas, porque él solamente había cumplido órdenes. Este argumento, habitual de los nazis, demuestra claramente que el mal más grande del mundo puede ser cometido por cualquiera”.

Y continúa: “Y que para hacerlo no es necesario tener ningún motivo, fuertes convicciones, corazones crueles o intenciones malévolas. Basta simplemente con negarse a ser persona. Y por eso, a ese fenómeno he querido llamarle la banalidad del mal”.

Hannah Arendt

La falta de juicio crítico para discernir si la legalidad es justa o no es la que llevó, según la teoría de Arendt, a que millones de personas terminaran siendo pasto de los hornos crematorios en los campos de exterminio.

Su teoría era doblemente polémica. Por un lado, los verdugos dejaban de ser monstruos, para convertirse en seres humanos que se habían dejado arrastrar por la intolerancia y la falta de espíritu crítico.

Por otro lado ponía sobre la mesa de debate que algunas víctimas, judías, habían colaborado en el letal engranaje de los guetos. Ese que enviaba a sus propios vecinos al exterminio.

 

‘La lista de Schindler’: Spielberg recoge el guante de Arendt

Viajamos veinte años atrás en la historia del cine y, de nuevo, volvemos a plena II Guerra Mundial. Tras la cámara y en el foco de las críticas de la comunidad bienpensante hay otro judío: Steven Spielberg. El director norteamericano filma en 1993 una de sus obras maestras, La lista de Schindler.

Enfundado en las teorías de Arendt, vuelve a enfurecer a muchos, al apelar a la responsabilidad individual de no dejarse arrastrar por la intolerancia. Y lo hace edificando una monumental película sobre la controvertida figura de Oskar Schindler, el empresario alemán nazi que logró salvar a miles de judíos, contratándolos en su fábrica.

La lista de Schindler

Con su historia, Spielberg demuestra que uno es responsable de sus actos y que, frente a la barbarie y la intolerancia, siempre hay sitio para la dignidad. Exactamente lo mismo que Arendt pregonó treinta años antes. Al igual que ella, el cineasta norteamericano se niega a dibujar una caricatura del mal y la intolerancia.

En una de las escenas finales, Schindler se dirige a los soldados y logra salvar a los ‘trabajadores’ judíos, apelando a la humanidad de las tropas nazis que tienen a tiro a miles de judíos que se encuentran sin escapatoria en la fábrica del empresario, quien ha sido descubierto.

“Sé que han recibido de nuestro comandante, que a su vez la ha recibido de sus superiores, la orden de liquidar a los habitantes de este campo. Este sería el momento de hacerlo. Aquí los tienen, están todos. Esta es su oportunidad. O pueden irse y volver junto a sus familias como hombres y no como asesinos”.

Y los soldados reaccionan y se marchan. Recapacitan, reflexionan, se ven enfrentados a la monstruosidad de asesinar a miles de niños, adultos y ancianos. Quieren volver a casa “como hombres y no como asesinos”. Una genialidad de Spielberg que lo sitúa en este podio particular del cine contra la intolerancia.

 

‘Ser o no ser’: a carcajadas contra los intolerantes

Como demostró Chaplin, no hace falta ponerse trágicos para hacerle frente a los que buscan chivos expiatorios a las crisis sociopolíticas. Mucho antes de que Arendt elaborara su genial teoría sobre la banalización del mal, otro alemán, Ernst Lubitsch, ya apeló al humor para reírse del nazismo en pleno 1942.

En la hilarante Ser o no ser, una compañía de teatro trata de huir de la Polonia ocupada recurriendo a su mejor arma: hacerse pasar por soldados nazis y hasta por el mismísimo Adolf Hitler.

Ser o no ser

Un alto mando de las SS, el profesor Siletsky, tiene una larga lista de domicilios y familiares de la resistencia antinazi en Varsovia. El espía trata de seducir a la protagonista, la actriz Maria Tura (Carole Lombard).

El oficial nazi trata de persuadirla de que “no somos monstruos. Dígame: ¿parezco un monstruo? Somos como el resto de la gente. Nos gusta cantar, nos gusta bailar, admiramos a las mujeres bellas. Somos humanos”.

Se trata de una genial muestra del famoso ‘toque Lubitsch’, esa segunda lectura de las escenas que va más allá de las apariencias. Lubitsch, alemán judío exiliado en Estados Unidos, era muy consciente de que sus propios vecinos, amigos, compañeros de trabajo se habían dejado llevar por el auge del fanatismo, hasta conformar un engranaje letal, en el que cada pieza humana contaba. No eran monstruos, sino víctimas y verdugos de la intolerancia.

 

‘Ha vuelto’: Hitler como pez en el agua

Con el auge de la extrema derecha, que emplea un discurso xenófobo prácticamente indistinguible de una de las épocas más oscuras de la historia reciente, cabe preguntarse si las democracias occidentales han logrado inocularse la vacuna contra el fanatismo, la barbarie y la intolerancia.

También desde Alemania. Y con el humor como bandera, David Wnendt firma la comedia Ha vuelto… con Adolf Hitler (Oliver Masucci) como protagonista principal. ¿Cómo reaccionaríamos si Hitler regresara?

La ambición de un reportero de televisión en horas bajas permite que un Hitler, que resucita 70 años después en su antiguo búnker, se convierta en todo un fenómeno televisivo. Confundido con un cómico que se hace pasar por el dictador, diferentes ciudadanos alemanes le transmiten sus preocupaciones políticas.

Ha vuelto

El desencanto político, el racismo más atroz, la nostalgia por los ‘viejos tiempos’, el nacionalismo… con estilo documental, el largometraje refleja las cuestiones a las que apela la extrema derecha actual para hacerse con un hueco en el tablero político. Cuestiones con las que, como satiriza la película, el propio Hitler se sentiría como pez en el agua si fuera un candidato de la ultraderecha.

“Había una ira contenida, un descontento en el pueblo que me recordaba a 1930. Solo que entonces no se le daba el nombre que se le da ahora… desencanto político. Bastaba con dejar caer unas palabras claves como cebo y al poco tiempo ya los tenía comiendo de mi mano”, sentencia el Hitler interpretado por Masucci.

 

‘El caso Kurt Waldheim’: nazis reales en el poder

Que un nazi llegue al poder no es ciencia ficción. Así lo demuestra el terrorífico relato real que nos cuenta El caso Kurt Waldheim (Ruth Beckermann), ganador del premio a mejor documental en la última Berlinale.

Kurt Waldheim fue el secretario general de la ONU durante una década. Cuando acabó su mandato en 1981, se presentó a presidente de Austria. Lo logró a pesar de que, tras años de mentiras, se destapó su pasado nazi.

Un pasado no como mero soldado raso, sino como oficial de alto rango de las SA (tropas de asalto) en Grecia, donde su división cometió numerosos crímenes de guerra.

“En 1940 fui reclutado por el Ejército alemán como soldado. Cumplí mi obligación, igual que miles de austriacos que cumplieron con su deber”, mintió ante la televisión.

El caso Kurt Waldheim

Tal y como muestra el documental, el periodista que destapó su oscuro pasado, Hubertus Cerznin, da con la tecla.

Hablando sobre la hipocresía y las zonas grises con la que la democracia se enfrenta a la intolerancia, afirma que Waldheim “representa perfectamente a la nación austriaca. Es el hombre que dice: “No discutamos el pasado. Tengo amigos judíos”. Y es muy educado. El es un verdadero austriaco. Es el perfecto presidente para Austria. Es una vergüenza”.

 

‘Victory Day’: ¿Quién es el fascista, quién el replicante?

El caso Kurt Waldheim no es una excepción. El cine europeo ha demostrado en el último año una enorme preocupación por el auge político del fanatismo.

Así, Sergei Loznitsa ha firmado, en apenas un año, una trilogía sobre el totalitarismo, estrenada en Venecia, Berlín y Cannes.

En Victory Day, sobran las palabras para retratar cómo, año tras año, nostálgicos de la Unión Soviética se reúnen todos los años en el Treptower Park de Berlín para celebrar que Rusia venció al nazismo.

La población rusa que reside en Alemania festeja el fin del fascismo a la sombra de un monumento de estilo brutalista soviético, sometida a arengas de dudoso valor democrático y rodeada de tipos con aspecto neonazi. ¿Quién es el fascista, quién el replicante?

Victory Day

Sin voz en off, pero con una aguda mirada, el director nos plantea si es posible declararse antifascista desde posiciones acríticas y nostálgicas con ese otro totalitarismo que Josef Stalin instauró, tras la II Guerra Mundial, en los dominios ocultos tras el Telón de Acero.

Florian Henckel (Obra sin autor), Alexey German Jr. (Dovlatov), Aleksey Fedorchenko (Ana´s War), Vitaly Mansky (Putin´s Witness), Kirill Serebrennikov (Leto-Summer) han sido otros de los directores europeos que han abordado el autoritarismo a lo largo de este 2018.

De manera más o menos consciente, son herederos de las palabras finales de Chaplin en El gran dictador: “Vosotros, el pueblo, tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa. De convertirla en una maravillosa aventura. En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble”.


Un comentario sobre “El infierno es el otro. Cuando el cine se alza contra la intolerancia

  1. Maravilloso y valiente articulo!!!
    Viva el compromiso sociopolítico de la prensa!!!
    Hagamos entre todos un mundo mas feliz!!!
    Enhorabuena, GRAN PERIODISTA

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