juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título originalThe Man Who Killed Don Quixote
Duración: 133 minutos
Nacionalidad: Reino Unido-Estados Unidos-España
Dirección: Terry Gilliam
Guion: Terry Gilliam y Tony Grisoni a partir de la novela de Miguel de Cervantes
Fotografía: Nicola Pecorini
Montaje: Lesley Walker y Teresa Font
Música: Roque Baños
Intérpretes protagonistas: Adam Driver (Toby), Johnathan Pryce (Don Quijote), Stellan Skarsgård (El jefe), Joana Ribeiro (Angélica), Óscar Jaenada (El gitano), Olga Kurylenko (Jacqui), Jason Watkins (Rupert), Sergi López (El barbero), Jordi Mollà (Aleksei Miskin),

Este Quijote tantos años postergado de Terry Gilliam tiene al menos para mí un valor paradójico: me interesa solo cuando menos se parece a una película, cuando menos intenta serlo. Si uno se sitúa ante la pantalla igual que un niño asiste a una cabalgata, una procesión o un cortejo circense, sin prestar demasiada atención a sus conexiones narrativas ni esforzarse en desencriptar su posible simbología, fascina a ratos. Si buscas coherencia, entras al recargado juego intelectual de deducir moralejas o simplemente pretendes disfrutarla como espectador de eso que llamamos “cine”, es muy probable que salgas bastante defraudado.

Ocurre, en cualquier caso, que la broma ha sido tan larga y tan costosa que es inevitable hacer cábalas sobre el derroche. Y no solo económico, sino también creativo: de imaginación, de intenciones y de voluntad. Estamos ante una película que se ha hecho y se ha deshecho durante veinticinco años, como se encarga de recordar un rótulo en los primeros momentos del filme. Ha atravesado inundaciones, enfermedades, accidentes, múltiples cambios en el reparto, conflictos judiciales y sucesivas renuncias al no poder reunir el ambicioso presupuesto (el inicial quería llegar a los 32 millones de dólares; el definitivo parece que se ha quedado en 18,6 millones de dólares o 16 millones de euros).

Ya en 2002, el mismo Terry Gilliam contó las desventuras del proyecto en el meritorio y divertido documental Perdidos en La Mancha, que a la postre, en perspectiva, se ha revelado más apreciable que el resultado en sí. Como ocurre muchas veces en la vida, valió más el trayecto que la meta. Porque, superados todos esos avatares, lo que ha quedado es un edificio tan extravagante como inhabitable.

El Quijote de Cervantes tiene ese poderoso encanto de los relatos míticos: sus profusas raíces populares, su afinada tensión entre lo terrenal y lo lunático, su extraordinaria localización del viaje del héroe, su versatilidad metalingüística, su vocación paródica… Sobra incidir en algo tan estudiado y argumentado. En ojos extranjeros, engatusados sin demasiado afán de contraste por los tópicos románticos de lo español como quintaesencia del Sur, ese lugar mítico, su lectura puede desplazar hacia el delirio su imaginario. Y si esos ojos son los de Terry Gilliam no hay que esperar que la verdad, cualquier verdad, pueda estropear el disparate.

En ese sentido, inspirado por el clásico y por sus diferentes versiones cinematográficas, El hombre que mató a Don Quijote comparte su accidentada megalomanía y su distorsión del localismo exótico con el famoso empeño quijotesco de Orson Welles, inacabado. Pero no tiene sentido la comparación. Welles dejó auténticos trozos de cine, apuntes de una relación personal con una obra que hizo suya renunciando a abarcarla. “Como algo propio, que viviera con él, como una ilusión, un sueño que nunca podría culminar”, conjeturaba Jess Franco (el mismo Jess Franco que luego se atrevería a remendar esos trozos a su manera, en una paradoja más). Y sin embargo Gilliam, más artista que cineasta, obcecado con terminar, se ha enmarañado en la inspiración.

Lo de menos son las incongruencias del tipismo, esos retorcidos encajes de algo parecido al flamenco y algo parecido a la Semana Santa y algo parecido a las Fallas en las rasgueadas cuerdas argumentales; lo de menos es cierto humor acelerado y grueso, que parece más deudor de Benny Hill que de los Monthy Python; lo de menos es una dirección asimismo atropellada, que induce a pensar en demasiadas malas soluciones sobre la marcha. Lo fundamental es que algunas ideas válidas para volver una vez más al Quijote desde una actualización insólita se pierden en su oscilación entre la comedia floja, el melodrama cañí y la tragedia poco creíble, ahogándose definitivamente en el exceso de ocurrencias y parábolas.

Sale a flote de la película solo eso que no es exactamente la película: el fogonazo de algunas imágenes; el arrebato momentáneo de algunas interpretaciones en el filo entre la genialidad y el patetismo; la abrumadora presencia de algunos escenarios (hay que reconocerle al director, eso sí, una conseguida renovación de la imaginería geográfica quijotesca). Y sobre todo queda al aire su duende de zarabanda sin necesidad de orden ni concierto, su desmesurado espíritu circense. Lo demás habrá que disculpárselo al bueno de Terry Gilliam por tantos otros momentos dichosos que nos ha regalado a lo largo de su carrera.


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