juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título original: Zimna wojna
Duración: 88 minutos
Nacionalidad: Polonia
Dirección: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski y Janusz Glowacki
Fotografía: Lukasz Zal
Montaje: Jaroslaw Kaminski
Intérpretes protagonistas: Joanna Kulig (Zula), Tomasz Kot (Wiktor), Boris Szyc (Kaczmarek), Agata Kulesza (Irena), Cédric Kahn (Michel), Jeanne Balibar (Juliette)

‘Dwa serduszka’ (‘Dos corazones’) es una canción popular polaca. Suena varias veces en Cold War: una niña la canta con una desnudez deslumbradora en los primeros instantes; el coro de jóvenes talentos campesinos, encarnados en otra escena por el histórico grupo estatal Mazowsze que inspira el contexto inmediato de los protagonistas, la interpreta en un teatro; avanzado ya el metraje, la voz de Joanna Kulig y los arreglos de Marcin Masecki la trasladan magistralmente al jazz. Las tres versiones son conmovedoras y marcan las fases del relato y sus ramas: inocencia, fulgor, degeneración.

Sirve así la estratificación imperfecta de esas tres capas para explicar el desarrollo de los muchos asuntos que chocan y se funden en el argumento: el amor como conexión y proyección; la circulación horizontal o vertical de la música, su identidad fluida contra la apropiación que los poderes económicos o políticos hacen de ella, su codiciado valor para la propaganda o el consumismo; la libertad en sus diferentes prácticas y con sus diferentes coacciones; la confianza en los dioses o el destino como un derecho… Y, sobre todo, el cruce a menudo accidentado entre la historia individual y esa otra Historia en la que somos esclavos de las mayúsculas, títeres de un devenir colectivo al que nos resulta imposible sobreponernos. Entre el yo y las circunstancias, por resumir.

Vemos como todo eso evoluciona desde la candidez a la quemadura sin concesiones al espectáculo, entendido en su concepto más frívolo. Lo que convierte a Cold War en obra maestra es una ausencia absoluta de impostura. Algo más meritorio todavía si consideramos que transita por terrenos mitificados hasta el agotamiento: la posguerra europea, la bohemia parisina, el exilio, el romance extremo…

Tanto el guion como el montaje condensan la información y el sentido como pocas veces se ha logrado, haciendo que la trama avance a lo largo de dos décadas en secuencias brevísimas, radicalmente esenciales. Y es fascinante la profundidad que consiguen los dos protagonistas, Zula (Joanna Kulig), y Wiktor (Tomasz Kot), bendecidos por un magnetismo propio de esa otra época en la que nuestros ojos seguían a las estrellas por la pantalla con una devoción religiosa o casi. Pero aún es más admirable la dimensión que adquieren otros personajes secundarios: Kaczmarek o la poeta Juliette, por ejemplo. Su dignidad liberada de juicios fáciles en sus mínimas apariciones, más allá de su función de antihéroes en el relato que los subordina.

Contadas una y mil veces en el cine, la construcción y la devastación del ideal romántico resplandecen aquí con la frescura asombrosa de lo inédito. Más que el tiempo del amor o el desamor, sus cuidadas imágenes y sus poéticos sonidos (junto a la música, nunca antes me había parecido tan hermoso el idioma polaco, ni siquiera en las bandas sonoras de Polański o Kieślowski) documentan el amor en el tiempo, esa guerra que todo lo enfría. Y sus juicios son siempre valientes pero siempre respetuosos, tanto con los personajes como con sus coyunturas.

Pawlikowski, que ya había cautivado a un público bastante amplio con Ida (Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa en 2014), confirma aquí lo mejor de su cine al mostrar la compleja conexión de dos vidas muy diferentes que atraviesan circunstancias históricas extremas pero también el tedio de la cotidianeidad: la gravedad y el vacío. Es un retrato muy crítico con la etapa estalinista de Polonia y de la Europa del Este en general pero también abre el plano hacia algunas miserias del otro lado. Y lo hace siempre desde una rotunda compasión.

En una película absolutamente desgarradora, ni un solo plano se recrea en el desgarro. Ni la abundante y memorable música diegética, ni la preciosa fotografía en blanco y negro que saca el mayor partido de una iluminación soberbia, pueden entenderse como adherencias estéticas. Son fondo. Dicen tanto como el más necesario de los diálogos o el más oportuno de los silencios. Y contribuyen a una sensación poco corriente que hasta el espectador menos avezado intuirá: Cold War es una película hecha con una gran fe. La cámara cree firmemente en lo que tiene delante.


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