juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Cine y emociones. Un viaje a la infancia
Fecha y lugar: CaixaForum Sevilla, hasta el 23 de septiembre
Comisaria: Gabrielle Sébire
Organizan: Obra Social ‘La Caixa’ y Cinémathèque Française

Tras el recibimiento de Charlot y Jackie Coogan en el fotograma de El Chico (Charles Chapln, 1921) que promociona la exposición, encontrarme con la sonrisa gamberra e imperfecta de Catherine Demongeot en Zazie en el metro (Louis Maille, 1959) me pareció un buen signo. El chico lanzó a Coogan al despiadado estrellato infantil: hoy se cotizan a precio de oro los recortables o los tarros de crema de cacahuetes que en la tercera década del siglo XX hicieron de su gorrilla ladeada y sus ojos de corderito abandonado una marca para vender productos de toda clase. Demongeot nunca llegó a ser una niña prodigio, apenas rodó tras el filme de Maille y su película casi siempre se olvida en las listas del cine infantil. Pudiendo cosiderarse las dos obras notables, no tienen nada que ver y a la vez fijan quizá los dos extremos que han tensado siempre la piel dura de la infancia en el cine: la sumisión y la anarquía.

Zazie aparece así, junto a Tomboy (Céline Sciamma, 2011), Del revés (Pete Doctor, 2015) o la imprescindible Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959)  entre la antología de imágenes que se proyectan en la primera de las pantallas que abren este viaje a la infancia, casi como un primer tráiler de lo que el visitante va a encontrar.

Fotograma de 'Zazie en el metro'

Fotograma de ‘Zazie en el metro’ (Louis Maille, 1959)

Como el título advierte, el recorrido se plantea a partir de las emociones y una catalogación básica las distingue entre siete que estructuran las diferentes colecciones: Alegría, Rabia, Risas, Lágrimas, Miedo, Valentía e Ilusión. En realidad, son seis más una, ya que la última se deslinda un tanto de esa clasificación emotivo-argumental para asumir un rol más metacinematográfico, pero no nos extenderemos aún en eso.

Las dos primeras, “Alegría” y “Rabia”, comparten, separadas en diagonal, la primera sala; las reproducciones de los fotogramas distibuidos por sus paredes nos van conduciendo por épocas, estilos y autorías muy diferentes, con un afán que busca más el reconocimiento o el deslumbramiento, identificar las imágenes o dejarse asombrar por ellas.  Y pesa más en la clasificación el contenido concreto del fotograma que el argumento general de la película.

Fotograma de 'La infancia desnuda'

Fotograma de ‘La infancia desnuda’ (Maurice Pialat, 1969)

Entre los niños alegres de estas cintas, encontraremos así a los variopintos escolares de la optimista (y de visión recomendable para todos los estudiantes de Magisterio) La piel dura (François Truffaut, 1976) pero también al desubicado François de La infancia desnuda (Maurice Pialat, 1968) o al niño gitano de La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta, 2006).

Y entre los rabiosos, me emocionó especialmente localizar la conexión entre He nacido, pero… (Yasujiro Ozu, 1932) y Buenos días (Yasujiro Ozu, 1959), dos títulos brillantes (y nada trágicos, por cierto) que casi pueden entenderse como dos manifestaciones generacionales de la infancia nipona, si se comparan los motivos por los que los niños se enfadan con sus padres en una y otra película. Y por supuesto también trazar ese otro hilo invisible que une al efímero Jean Vigo (y de forma concreta a su película Cero en conducta, de 1933) con Truffaut y con las miradas más respetuosas que en las décadas siguientes se han hecho a la infancia.

Monsieur Hulot y su sobrino pasean en bicicleta en un fotograma de 'Mi tío'

Monsieur Hulot y su sobrino pasean en bicicleta en un fotograma de ‘Mi tío’ (Jacques Tati, 1959)

La zona de Risas abre el arco argumental de la exposición e incluye así, como un rasgo más de lo infantil, el humor más blanco y físico, con referencias inevitables a los maestros del silente (del mismo Chaplin a Stan Laurel y Oliver Hardy), llegando a Jerry Lewis y a alguno de sus continuadores en el Holllywood posterior. Pero en ese contexto no puede pasar desapercibida una de las joyas de la exposición, el que podríamos denominar “rincón Hulot”: en él, se recogen varias pipas, un sombrero y la raqueta que el gran Jacques Tati lució en su primer largo, Las vacaciones del señor Hulot (1953). Y es que Hulot es, casi con seguridad, el adulto que mejor ha sabido convivir con su niño interior en la pantalla.

En las Lágrimas, por otro lado, los fotogramas nos llevan a algunas de las películas en las que los niños se han puesto en relación con la muerte o con el horror. Bien desde la ficción, como en Pequeños arreglos con los muertos (Pascale Ferrán, 1994), bien en el documental, como en la impresionante Homeland. Irak, Year Zero (Abbas Fahdel, 2015) o en esa eterna zona de fricción que bien podría quedar aquí representada por la no menos conmovedora Alemania, año cero (Roberto Rosselini, 1948).

Fotograma de 'Alemania, año cero' (Roberto Rosellini, 1948)

Fotograma de ‘Alemania, año cero’ (Roberto Rosellini, 1948)

Un doble de King Kong nos da la bienvenida desde su fiereza de cartón piedra al territorio del Miedo, que se confunde con el de la Valentía, ya que el uno sin la otra no pueden entenderse en la pantalla. De los otros, deformados por su monstruosidad en nuestros ojos, quedan referencias que escapan en algunos casos al ámbito de la infancia en el cine, como es el caso de la poética versión de La bella y la bestia que Jacques Cousteau rodó en 1946 junto a su amigo, amante y gran intelectual Jean Marais, que hubo de someterse a larguísimas sesiones de maquillaje para conseguir su máscara, cautivadoramente humana y animal al mismo tiempo. Y la Valentía retorna a territorios más comerciales y convencionalmente infantiles como E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o la saga cinematográfica de Harry Potter, de quien se recoge también una simbólica escoba voladora.

Como adelantábamos, la Ilusión final nos reserva unas últimas estancias en las que el viejo cine descubre algunos de sus trucos centenarios. Más allá de su valía fetichista, tiene ese encanto de lo oculto (al menos para el espectador) la fascinante colección de story boards y dibujos preparatorios de títulos como Pelirrojo (Julien Duvivier, 1932), La canción del camino (Satyajit Ray, 1955) o Mi tío (Jacques Tati, 1959). O la última serie que muestra algunos de los pasos de la animación en sombras de Lotte Reiniger o Michel Ocelot.

Fotograma de 'Los cuentos de la noche' (Michel Ocelot, 2011)

Fotograma de ‘Los cuentos de la noche’ (Michel Ocelot, 2011)

El público infantil, que puede extraviarse en algún momento entre tantas referencias desde las pantallas, los fotogramas y los demás elementos, encuentra casi antes de la salida una zona especialmente actractiva en la que cada visitante puede montar su propia película, mediante un sistema de animación fotográfica y a partir de escenarios y personajes intercambiables. Por lo demás, es una exposición pensada sobre todo para que desde una cierta cinefilia se puedan reconocer muchas referencias y para que los menos eruditos puedan salir, si les apetece, con una buena lista de títulos pendientes. Lo que más extraña es que los organizadores no hayan decidido editar un catálogo o al menos algunas postales que pudieran complementar tanto su función pedagógica como la pasión cinéfila.

Imagen de portada: fotograma de ‘Buenos días’ (Yasuhiro Ozu, 1959)

 

 


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