juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Por supuesto, no están todas las que son. Ni mucho menos. Esta lista debe tomarse solo como una muestra (representativa pero subjetiva) del cine que se ha producido en Andalucía en las últimas tres décadas. Y para elaborarla nos hemos marcado unos criterios básicos: solo hemos tenido en cuenta posteriores a la aprobación del Estatuto de Autonomía en 1981; no hemos querido citar más de una película por director o directora; y todas se han rodado en territorio andaluz, con producción o coproducción andaluza y con equipo mayoritariamente andaluz. Es la mejor manera que se nos ha ocurrido en FilmAnd de celebrar este 28 de febrero.


Corridas de alegría
(Gonzalo García Pelayo, 1982)


Detrás de la espesura de un título impuesto (se iba a llamar Sobre la marcha), queda probablemente la película más auténtica de García Pelayo, una disparatada road-movie por la Andalucía de la época protagonizada por un trilero y un fugitivo, dos perdedores picaros que corren de alegría en alegría por un guión muy abierto.


Las dos orillas
(Juan Sebastián Bollaín, 1985)

Gira alrededor de un barco anclado en el Guadalquivir sevillano y de la creatividad de un personaje (un joven José Luis Gómez) que intenta rebelarse contra la orilla más rancia de la sociedad. Familiar y combativa, como casi toda la meritoria obra de Bollaín, es sin duda uno de los primeros y mejores ejemplos de otra Andalucía posible en el cine.


Flamenco
(Carlos Saura, 1995)

Con el indiscutible sello en la producción de Juan Lebrón, ha ido creciendo con el paso de los años mucho más allá de su intención: documentar el flamenco. Es una fascinante antología audiovisual, con un cuidado estético inédito en el que pesa mucho, sin duda, la fotografía de Vittorio Storaro.


Yerma
(Pilar Távora, 1998)

Pilar Távora defiende en el cine un texto que ya puede considerarse clásico sobre una vibrante dirección de actores y un indiscutible sello autorial por el que asoma su vínculo directo con una de las más importantes corrientes culturales andaluzas contemporáneas: el teatro de la legendaria La Cuadra.


Solas
(Benito Zambrano, 1999)

Si hay un momento decisivo en el despegue (a veces lento y a menudo trabucado, pero seguro) del audiovisual andaluz es el éxito de Solas, primera producción netamente andaluza que fue tomada muy en serio en los Goya: onche nominaciones y cinco premios, entre ellos los que reconocían al deslumbrante trío protagonista: María Galiana, Ana Fernández y Carlos Álvarez-Novoa. Inyección de autoestima imprescindible para el despertar del cine andaluz.


Fugitivas
(Miguel Hermoso, 2000)

Con el sur como destino casi mítológico de esta fuga, el granadino Miguel Hermoso construyó un drama tan intenso como cercano en el que la credibilidad emana una vez más de las excelentes interpretaciones: la del cómplice dúo protagonista, Laia Marull y la niña Beatriz Coronel, y la de María Galiana y Juan Diego como secundarios de lujo.


Carlos contra el mundo
(Chiqui Carabante, 2002)

El cambio de milenio trajo al cine andaluz un salto generacional avanzado por Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, al que se fueron sumando nuevos directores jóvenes, que venían del cortometraje. Este es el caso del malagueño Chiqui Carabante, debutante con esta tragicomedia protagonizada por Julián Villagrán, un genuino Peter Pan de barriada.


Astronautas
(Santi Amodeo, 2003)

Como en el caso anterior, ciertos ecos del cine independiente estadounidense suenan con fuera en este primer largo en solitario de Amodeo. Y el salto generacional se nota también en los argumentos. Aquí, la historia de un desubicado  que trata de llevar una vida “normal”. Las preciosas cortinillas del dibujante Miguel Brieva y la música de Lavadora (grupo del actor Manolo Solo) imprimen a la película un aire de talento cooperativo.


Polígono Sur
(Dominique Abel, 2003)

A menudo, la mirada extranjera ha engordado los tópicos andaluces. No es el caso. La francesa Dominique Abel sabe de lo que habla al retratar aquí el arte de un barrio tan estigmatizado como el de las 3000 viviendas, en Sevilla. Hay bastante verdad en el camino de dos orillas, la de la ficción y la del documental, por el que transita la película.


Atún y chocolate
(Pablo Carbonell, 2004)

Tras su máscara tan necesaria de bufón, Pablo Carbonell guarda mucho talento y un golpe de ternura que salen a relucir en esta comedia de fondo social. Un homenaje a todos los supervivientes pobres, alegres y anónimos, que, como los tres pescadores barbateños de la película, sueñan cada día con zamparse el atún que pescan para otros.


15 días contigo
(Jesús Ponce, 2005)

Incluimos en la lista otra ópera prima que cautiva gracias a dos interpretaciones magistrales: Isabel Ampudia y Sebastián Haro dan vida a dos excluidos, una mujer que acaba de salir de la cárcel y un drogadicto. Ponce encuentra el tono para aportar al cine social una mirada particular, equilibrando el drama y el realismo con el pudor.


¿Por qué se frotan las patitas?
(Álvaro Begines, 2006)

Sorprendentemente, Álvaro Begines es capaz de meterse en un tremendo lío y salir bien parado. Cuenta la historia de Luis (Antonio Dechent), un hombre abandonado en el mismo día por todas las mujeres de su vida: su pareja, su hija y su madre. Y lo mejor es que se atreve a plantearlo como una simpática comedia musical en cuya banda sonora cabe de todo, desde su querido agropop a la copla o el flamenco algo más convencional.


El camino de los ingleses
(Antonio Banderas, 2006)

Sobre una novela del también malagueño Antonio Soler, Banderas rodó en su ciudad natal esta historia empujada por los sueños de su protagonista, Miguelito Dávila (Alberto Amarilla) y sus amigos, jóvenes en la España de finales de los 70, cargando con un gran peso poético los diálogos y algunos de sus rasgos formales.


El corazón de la tierra
(Antonio Cuadri, 2007)

También una novela, en este caso de Juan Cobos Wilkins, está en el origen de este drama social ambientado a finales del XIX. Con ecos visuales y argumentales del Novecento de Bertolucci, retrata la que se podría considerar la primera protesta ecológica de la historia, una manifestación organizada en Riotinto el 4 de febrero de 1888, a la que acudieron miles de personas para protestar por las malas condiciones de trabajo de los mineros y la contaminación que generaba la explotación intensiva de las minas.


Retorno a Hansala
(Chus Gutiérrez, 2008)

Siempre crítica, elegante y fresca en sus planteamientos, Chus Gutiérrez trata aquí la inmigración desde una perspectiva insólita: la de una extraña pareja formada por Leila (Farah Hamed), una mujer que ha perdido a su hermano cuando éste intentaba cruzar el Estrecho, y Martín (José Luis García Pérez), el dueño de una funeraria que hace negocio con la repatriación de los cadáveres de los inmigrantes.


3 días
(Francisco Javier Gutiérrez, 2008)

El corto Brasil (2002) le abrió al cordobés F. Javier Gutiérrez las puertas del cine de acción y efectos especiales. Y antes de viajar a Estados Unidos (allí firmó hace poco la superproducción Rings), debutó en el largo con este thriller apocalíptico que cuenta las 72 horas previas al fin del mundo por el choque de un meteorito.


El lince perdido
(Raúl García y Manuel Sicilia, 2008)

El Goya al Mejor Largometraje de Animación reconoció a este trabajo del estudio granadino Kandor Graphics y del malagueño Green Moon que tiene un evidente mensaje ecológico. En él, el lince Félix y un grupo de animales salvajes de la fauna autóctona de los parques naturales andaluces se enfrentan a unos cazadores sin escrúpulos.


Yo, también
(Álvaro Pastor y Antonio Naharro, 2009)

La deslumbrante complicidad entre Lola Dueñas y Pablo Pineda (conocido antes de esta película por ser el primer europeo con síndrome de Down con una carrera universitaria) contribuye de forma decisiva a la exquisita medida de este acercamiento a cuestiones sociales como la  diferencia, la discapacidad y la integración, que a menudo se tratan de forma mucho más grave e irreal.


Siempre hay tiempo
(Ana Rosa Diego, 2010)

Tras participar en innumerables producciones andaluzas como ayudante de dirección, script, responsable de casting y muchas otras tareas menos visibles, Ana Rosa Diego debutó en la dirección de largometraje con esta delicada historia intergeneracional entre un abuelo, recién llegado a una gran ciudad, y su nieto adolescente, al que apenas conocía.

 

Entrelobos (Gerardo Olivares, 2010)

Con la mirada educada en el documental, el cordobés Gerardo Olivares deja un amplio hueco para que la naturaleza penetre en esta ficción basada en la historia de Marcos Rodríguez Pantoja, que vivió entre lobos, en Sierra Morena, sin contacto con seres humanos, durante once años en su infancia, adolescencia y primera juventud.


Ali
(Paco Baños, 2011)

Con una suavidad de innegable resonancia indie, Ali atraviesa diferentes capas del drama y algunas de la comedia para contar las peripecias de una chica (Nadia de Santiago) que afronta la salida de su zona de confort adolescente, el vértigo del amor y la relación con una madre muy peculiar (Verónica Forqué).


30 años de oscuridad
(Manuel H. Martín, 2011)

Con la acertada mezcla de animación e imagen real, reconstruye la historia de Manuel Cortés, conocido como “el topo de Mijas”, antiguo alcalde republicano de esta localidad malagueña que pasó 30 años de la postguerra escondido en un hueco de su casa. La nominación al Goya Documental supuso el despegue definitivo de la productora sevillana La Claqueta.


El mundo es nuestro
(Alfonso Sánchez, 2012)

Uno de los grandes fenómenos del cine español contemporáneo surgido desde abajo de otro fenómeno social: los vídeos virales de los famosos “compadres”, Alfonso Sánchez y Alberto López. Hecha con una extraordinaria economía de medios, esta loca comedia revoltosa ha logrado conectar con una generación con una generación que se ha sentido estafada y convertirse en un título de culto.


Carmina o revienta
(Paco León, 2012)

En ese casi subgénero del cine doméstico español, debe haber un hueco para esta sorprendente gamberrada cañí, que logra encontrar poesía en el costumbrismo familiar (incluido en el más escatológico) y que supuso sobre todo el hallazgo de una auténtica devoracámaras: Carmina Barrios, la matriarca de la talentosa familia León Barrios.


Caníbal
(Manuel Martín Cuenca, 2013)

Martín Cuenca, que ya había podía presumir de una carrera notable (con títulos como La flaqueza del bolchevique o La mitad de Óscar) dio un paso rotundo en su carrera con una nueva narración contenida en torno al misterio de un personaje de apariencia normal. Su actor fetiche, un Antonio de la Torre en absoluto estado de gracia, da vida aquí a un prestigioso sastre granadino de perversas costumbres gastronómicas.


321 días en Míchigan
(Enrique García, 2014)

El cine andaluz también puede presumir de un drama carcelario de altura gracias a esta ópera prima del malagueño Enrique García, que supo tensar el arco de la tragedia hasta el punto justo y sobre todo rodearse de un puñado de actores excepcionales: Salva Reina y Héctor Medina, premiados en el Festival de Málaga, pero también una excelente Virginia DeMorata.


La isla mínima
(Alberto Rodríguez, 2015)

Si Solas supuso un punto de inflexión imprescindible en la autoestima del cine andaluz, puede considerarse sin duda que La isla mínima es la confirmación de su estima. Diez Goya (y dieciséis nominaciones) certifican su entrada en la historia del cine español y la consagración de su director Alberto Rodríguez, de la mano de un equipo en el que ha confiado desde sus primeros rodajes.


El mar nos mira de lejos
(Manuel Muñoz Rivas, 2017)

El documental se confirma año a año como una de las líneas principales del audiovisual andaluz y merece otra lista, pero cerramos esta con una película que se encuadra por simplicidad en el documental y sin embargo da varios pasos más allá, liberándose de etiquetas. Prodigioso ejercicio de observación y de sugerencia sobre las dunas de Doñana y sus escasos habitantes humanos, queremos pensar también que anuncia nuevos y fecundos caminos.


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