‘Voces de Chernóbil’ es una novela escrita en clave documental de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievitch que retrata el desastre mundial más importante del siglo XX. HBO ha puesto el tema en el candelero adaptando la novela. Pero… ¿consigue la serie mostrar lo que ocurrió, tal y como lo hace la obra de Alexiévitch?

Esther Lopera
16 Jun 2019
Esther Lopera

“Yo soy testigo de Chernóbil…, el acontecimiento más importante del siglo XX, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio, del pasado o del futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror…

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévitch, una dulce señora de 71 años, culta y fuerte, empezaba con esta máxima el segundo capítulo de Voces de Chernóbil. Nadie mejor que Alexiévitch, Premio Nobel de Literatura en 2015, para abarcar un tema de tal envergadura.

Especializada en el periodismo de investigación, esta escritora es perseverante en su objetivo de acercarse a la historia a través de las emociones, redactando relatos personales recogidos a partir de entrevistas. Hemos tenido la suerte de conocerla y de compartir un café en su casa en Minsk y escuchándola atentamente hemos comprendido la dificultad que tiene escribir un libro de esta índole.

Su trabajo en Voces de Chernóbil sigue el particular estilo que abandera: recoge los testimonios que explican a partir de monólogos sus experiencias con el desastre nuclear, y consigue construir un relato tan escalofriante como necesario. Una obra maestra de la no ficción que debería estar en la mesita de noche de cualquier persona que ame la historia.

Poco sabía la escritora que 15 años más tarde su libro sería la base que sustentaría una miniserie producida por el mastodonte HBO, que a su vez se convertiría en un fenómeno de masas: Chernobyl. Svetlana nos comentaba que todavía no había podido verla, pero tenía en su ordenador la plataforma preparada para hacerlo.

Los que nos sentimos sobrecogidos por la obra literaria temíamos que la serie creada por Craig Mazin no estuviera a la altura. Dudábamos que un guionista americano -que hasta ahora había escrito poco más que un par de comedias ligeras- supiera retratar la tragedia cómo merece, si bien el hecho de poner en el candelero el tema se antojaba necesario. Solo por esta razón, la serie se presentaba como un proyecto -cuanto menos- valiente.

Una serie notable

El resultado es una ficción televisiva notable. Y bien nos lo han hecho saber los medios de comunicación durante estas últimas semanas, a remolque de la estrategia de marketing que ha creado el show-runner basada en una comunicación directa con sus seguidores a través de las redes sociales y un podcast en clave de análisis que se podía escuchar tras la emisión de cada capítulo.

Más allá de acciones publicitarias, la serie ha contado con diferentes ingredientes que solo podían sumar. Para empezar, poner sobre la mesa un tema tan interesante como desconocido y de alcance mundial.

En segundo lugar, la potencia interpretativa de sus protagonistas, encabezados por nombres propios como Jared Harris (Mad Men, The Crown); los suecos Stellan Skarsgard y Emily Watson -oriundos de la cuna de Lars Von Trier-,  o el siempre extraño Barry Keoghan (El sacrificio de un ciervo sagrado, Dunkerque).

La guinda al pastel la ponía el trabajo de dirección. Los cinco capítulos que componen esta miniserie están dirigidos por Johan Renck, el mismo que firmó los vídeos de David Bowie Lazarus y Blackstar; y algún que otro capítulo de Breaking Bad, Bloodline o The Walking Dead. La producción lo tenía todo para brillar y lo ha hecho con fuegos artificiales.

Aun así, resbala estrepitosamente en algunos puntos que merecen ser analizados, no tanto por desprestigiarla, sino más bien por alzar la novela de Svetlana, la auténtica estrella de esta historia.

Svetlana Alexiévitch parece abrumada por todo lo que se está hablando sobre el desastre. El tema y la radiación colea en su entorno

Impera la necesidad de que su obra sea tan respetada como las vidas y las muertes que componen esta historia. La vida no es ficción y la muerte, desgraciadamente, rodea todavía a muchas de las personas que han sufrido la tragedia de Chernóbil.

La misma escritora parece abrumada por todo lo que se está hablando sobre el desastre. Y es que el tema todavía colea en su entorno y la radiación sigue moviéndose en la sangre de las personas que estuvieron expuestas.

La historia a través del ojo americano

Tal y como Mazin ha argumentado, Voces de Chernóbil es la fuente de información más vasta con la que ha contado para hacer su serie. Si bien el enfoque no huye de la visión periodística y de investigación de nuestra Premio Nobel, tampoco podemos obviar que el punto de vista habitual en un relato escrito por un americano posiciona a los camaradas rusos como los malos de la película.

Aquí no es diferente. En este caso, la documentación recogida incide en que fue un error humano el que provocó que la planta nuclear estallara en pequeños trozos de grafito radioactivo.

Pero más allá del error, el creador habla (y mucho) de la conspiración de la KGB por tapar una verdad que esconde el gobierno comunista, liderado por Gorbachov. Una idea que erróneamente toma más protagonismo en la serie que los propios testimonios de Alexiévitch.

Las voces de los entrevistados componen la radiografía de una sociedad cansada que seguía apoyándose en los ideales del comunismo y que tras haber sufrido el Gulag estalinista y los horrores de Auschwitz, no temía a nada. Al fin y al cabo ¿qué era un poco de radiación comparado con todo lo que habían pasado?

Las voces de los entrevistados componen la radiografía de una sociedad cansada que seguía apoyándose en los ideales del comunismo

Estamos tan acostumbrados a conocer la historia a través de los americanos que pocas veces percibimos cuán sesgado puede ser el relato. Tan acostumbrados que ni siquiera nos molesta que un puñado de actores europeos interpreten a la población de la URSS y que los diálogos sean en inglés.

Mazin defiende esta premisa, comentando que la elección de actores ingleses, suecos e irlandeses se tomó justamente para evitar la sonoridad del acento norteamericano.

Un golpe de efecto que muestra la inteligencia estratégica del creador pero que no la salva de incongruencias como el hecho de que veamos textos escritos en ruso en los capítulos que han de traducir, mientras los actores hablan como si estuvieran en la campiña inglesa de la serie The Crown.

Una trama en modo thriller

Los responsables de la serie crean una ficción a partir de una historia real. Esto no es tarea fácil, pues has de tener la valentía de respetar los hechos y crear un equilibrio con el espectáculo. El producto de HBO lo consigue en gran medida. A su favor, una cuidada puesta en escena y una dirección de arte impecable.

De hecho, la recreación de la zona de Prípiat y de las aldeas que rodean Chernóbil es otro de sus puntos fuertes, aunque el equipo rodó en Lituania. Lo único que podemos echarle en pantalla es un exceso de thriller que a veces la aleja del relato narrativo de corte elegante con el que parece sujetarse en la gran mayoría de capítulos.

Las escenas del primer capítulo que muestran la explosión la convierten en un plumazo en una película de terror

Por ejemplo, las escenas del primer capítulo que muestran la explosión la convierten en un plumazo en una película de terror. Las quemaduras instantáneas, los vómitos y el maquillaje –un muy buen trabajo- de las primeras víctimas erizan el pelo de cualquiera y trasladan el relato a un escenario trágico que consigue atrapar al espectador.

Son decisiones que adopta el equipo de producción y que nos recuerdan que estamos viendo una ficción. Por ende, los más puristas las observarán como escenas cargadas de un morbo innecesario. Una opinión que compartirá, sin lugar a dudas, la autora de nuestro libro favorito: “Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror…”. Y tan difícil mostrar el alma.

El corazón de Chernóbil

El esqueleto de la trama de la serie es descubrir qué ocurrió el día del accidente y por qué. Los huesos que derivan de esa columna vertebral son las historias que actúan como latidos del corazón de la serie. En este sentido, la historia entre el bombero Vasia y su mujer embarazada, Lyudmilla, es un buen ejemplo sobre cómo mostrar el alma de la literatura en diferentes escenas. También es la historia más potente de Voces de Chernóbil y abre el catálogo de testimonios.

El entierro de Vasia con una morterada de cemento para que su cuerpo radioactivo no contamine la tierra es una de las secuencias más potentes

Johan Renck lo sabía y la cuida como puede. Mueve bien la cámara y la sitúa dotando de un punto dramático a algunos planos que consiguen captar la esencia del relato. El entierro de Vasia con una morterada de cemento para que su cuerpo radioactivo no pueda contaminar la tierra, bajo la impotente mirada de su viuda y el plano detalle de sus manos sujetando los zapatos es –quizás- una de las secuencias más potentes y hace justicia al relato de Alexiévitch.

Sin embargo, la resolución de esta misma historia en el último capítulo no consigue arrancarnos las lágrimas que acaban mojando las páginas del libro. Lo mismo ocurre en el capítulo cuatro, en el que se explica el trabajo de “los cazadores”, militares y voluntarios que debían acabar de un balazo con la vida de los perros que encontraban en las aldeas abandonadas.

Para la autora del libro, “a la historia solo le importan los hechos y no se preocupa por las emociones”, y el mismo déficit se palpa en determinadas escenas de la serie. El alma se extingue bajo el thriller de la narrativa.

El desmoronamiento de la Unión Soviética

Los ideales del comunismo se muestran tanto en la serie como en el libro. La fuerza de una sociedad que lucha por sobrevivir bajo la capa de la ‘madre patria’ está presente en las hazañas de todos los héroes que dedicaron sus últimos días a evitar que el mal fuera mayor. La única diferencia es que la serie muestra esta idea bajo una crítica feroz, a través de escenas que muestran las reuniones entre los jefes de estado y los camaradas que son llamados a trabajar en la central nuclear.

Los liquidadores pagaron el accidente con su vida, intentando frenar la expansión de la radioactividad en el lugar de los hechos

Mientras, Svetlana la retrata como una realidad, a través, especialmente, de los testimonios más sabios. Muestra el ying y el yang, sin abandonar su neutralidad periodística, pero también sin ocultar la crítica que emerge de cada uno de los entrevistados.

Uno de los términos que se desestima en la serie y que la escritora aborda es el de “liquidador”.  Se utilizaba para describir a los hombres que trabajaron en áreas calificadas como contaminadas en Chernóbil entre 1986 y 1989.

Estos soldados pagaron el accidente con su vida, intentando frenar la expansión de la radioactividad en el lugar de los hechos. Había más de trescientos cincuenta mil jóvenes expuestos a las radiaciones letales. Quien se negaba a hacerlo, era un desertor y era perseguido por el gobierno. En cambio, a los que iban a fe ciega, encomendados a los valores patrióticos del comunismo, se les incrementaba el salario.

Un cambio de rumbo político

Lo que ocurrió cambió el rumbo de la política. Tal y como describe en uno de sus monólogos: “Porque en la historia siempre quedarán juntos: el desmoronamiento del socialismo y la catástrofe de Chernóbil. Han coincidido. Chernóbil ha acelerado la descomposición de la Unión Soviética. Ha hecho volar por los aires el imperio”.

El documento histórico que representan tanto el libro como la serie resulta de imprescindible consumo para la humanidad

Con todo, el documento histórico que representan tanto el libro como la serie resulta de imprescindible consumo para la humanidad. Lo que ocurrió en 1986 no es algo que resida en el pasado. Se trata del mayor accidente nuclear que ha azotado al mundo y que contaminó enormes áreas en Europa.

Greenpeace informaba en su informe de 2006 que alrededor de 270.000 casos de cáncer serán atribuibles a la precipitación radioactiva de Chernóbil, de los cuales probablemente alrededor de 93.000 serán mortales. Los datos hablan por sí solos.

Solo esperamos que haya más valientes que se atrevan a retratar en el cine esta parte de nuestra historia, pues Chernóbil lo sufrimos todos.

Ojalá un director de la categoría de Andrey Zvyagintsev (El regreso, Leviathan, Loveless) coja el relevo de Craig Mazin y siga la estela de Andrei Tarkovsky, el director favorito de Svetlana Alexiévitch y uno de los pocos que han sabido explicar la historia de Rusia desde la poesía de las imágenes. Hasta entonces, compramos la serie de HBO.


Un comentario sobre “‘Chernobyl’: de la voz de las víctimas a la imagen del suceso

  1. Muy bueno lo d que la historia mira los hechos y no las emociones.

    Muy chulo, la verdad que haces que tenga ganas de leer el libro y de ver la serie de HBO.

    Y si, creo que se ha de escribir más sobre el tema que durante mucho tiempo ha sido silenciado.

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