juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título original: Visages villages
Duración: 90 minutos
Nacionalidad: Francia
Dirección y guion: Agnès Varda y JR
FotografíaRoberto De Angelis, Claire Duguet, Julia Fabry, Nicolas Guicheteau, Romain Le Bonniec, Raphaël Minnesota, Valentin Vignet
Montaje: Maxime Pozzi-Garcia y Agnès Varda
Música: Matthieu Chedid

A sus 88 años, la cineasta belga Agnès Varda ha encontrado en el fotógrafo parisino JR, treintañero, un cómplice ideal. Han sabido tramar entre ellos una sincera solidaridad transgeneracional. De artivista a artivista, su diálogo ha hecho crecer sus respectivos discursos individuales hasta dejar en esta maravillosa road movie por caras y lugares una magistral lección de vida y de arte comprometido, siempre a la medida de lo humano.

Si Varda se había ganado ya desde su implicación inicial en la tempestuosa y decisiva Nouvelle Vague un nombre mayúsculo en la historia del cine europeo, las películas de su ancianidad, alentadas por el hito que supuso Los espigadores y la espigadora (2000), han revivificado su carrera y la han convertido, sin pretenderlo, en un paradigma moral, en un referente de un modo de estar en el cine (y en el mundo), detrás y delante de la cámara, tan inteligente como empático, tan efectivo como poco efectista.

Las reseñas reducen este cine suyo testimonial, preñado de una continua voluntad de reescritura autobiográfica, al escueto adjetivo “documental”. Pero esa categorízación se queda muy chica. Agnès Varda vuelve a deshacer y rehacer los géneros en Caras y lugares: salta del reporterismo a la intertextualidad con una frescura deliciosa, descarga corrientes emocionales sin exhibicionismo y sin retorcer la confianza del espectador en su verdad, siembra sutil poesía política en múltiples direcciones (sindical, feminista, ecologista, animalista, decrecionista…) y vuelve a impulsarse en la curiosidad y la casualidad. “El azar siempre ha sido el mejor de mis asistentes”, le confiesa a JR.

El encuentro con personajes fascinantes en su sencillez y sus arrugas, gente corriente cargada de razones, hilvana ese recorrido presuntamente aleatorio. Las intervenciones de JR encajan a la perfección en este reconocimiento del común, resucitando con su alma fotográfica los numerosos espacios vacíos, desanimados o incluso rotos, y el artista complementa así el humanismo radical de Varda que abraza lo personal y lo colectivo, la Historia, las historias y la borrosa subjetividad de su propia mirada.

Y da pie así también la relación en el camino de esta extraña pareja a un hermoso juego de confidencias y contrapuntos que despliega una contagiosa seducción: presentaciones familiares y preguntas punzantes, íntimos homenajes y confesiones valientes, bromas y canciones. Cine destilado sin necesidad de alarde técnico alguno, con una economía de recursos pasmosa y la naturalidad como principal seña de estilo, desde el montaje de frecuentes insertos que el flujo del relato requiere a la minimalista banda sonora para guitarra acústica compuesta por M (Matthieu Chedid).

Asoma la amargura en los minutos finales y ese inesperado desenlace viene incluso a reforzar la inmensa potencia de la película, su respiración tan cercana y la imperiosa necesidad que tenemos de su fe en la vida en medio del panorama desencantado y cínico que nos rebotan de manera continua el cine, el arte y nuestro propio espejo. ¡Salud a la clara mirada de Agnès Varda!


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