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Alejandro Ávila

La voz de Juan Diego nos mece en una nana, hasta inducirnos en el sueño de la nación gitana. En ese sueño hay un héroe que cabalga libre, melena rubia al viento, por las salinas de San Fernando, las marismas del Guadalquivir y el asfalto de Nueva York. Es el sueño breve, intenso, desgarrado del mito del pueblo gitano.

El sueño de Camarón de la Isla. Un héroe gitano marcado por la tragedia. Una de esas tragedias que se ceban con los desposeídos, con los que nunca han tenido nada más que su arte. Un arte convertido en escudo contra una realidad que los impele a los márgenes. Que usan solo unas cuerdas, las de la voz y la guitarra, para enfrentarse a esa realidad de miseria hasta convertirla en sublimidad.

Camarón: flamenco y revolución

El estreno de Camarón: Flamenco y revolución (Alexis Morante, 2018) este viernes en el Cine Cervantes de Sevilla, organizado por el Instituto Andaluz del Flamenco, transcendía el ámbito cultural. En el aire flotaba una emoción contenida por resucitar, en la gran pantalla, al ídolo gitano. Una emoción que se desboca con las canciones más emblemáticas de Camarón y con las palabras ingeniosas y humildes de José Monge.

Minutos antes de que las luces se apaguen, la historia del flamenco toma corporeidad y en la platea del Cervantes aparecen Raimundo Amador, la estirpe de Monge y Dolores Montoya ‘La Chispa’… la mujer que acompañó a Camarón hasta su último suspiro en una clínica catalana, que lo desposó con apenas 16 años y con el que formó una familia de cuatro vástagos.

Durante dos horas, La Chispa va a ver pasar su vida en un suspiro. Nos preguntamos qué pasará por la cabeza de esta mujer que aparece enamorada hasta las trancas en cada fotograma de la película. Que ve a ese niño, guapo y rubio como un camarón, iniciándose como cantaor en los templos flamencos. Ese niño que aprende, con una voz desgarrada, la pureza del flamenco, para años después desligarse de sus ataduras y sorprender a sus gentes con esa música inédita, profunda, poética que lo elevó a los altares. “La pureza no se puede perder nunca, cuando uno la lleva de verdad. Veo que la gente no comprende cómo yo canto, yo no le echo cuenta… yo voy a mi aire”, afirma ufano en una entrevista de la época rescatada por Morante.

Las letras de Camarón beben, en el rupturista La leyenda del tiempo, de Lorca, el poeta que reflejó como ningún otro el dolor del pueblo oprimido. Alexis Morante también acude a esos símbolos lorquianos con los que el poeta granadino identificó al pueblo gitano. Camarón es representado por un caballo de tono claro que cabalga incansablemente hasta su fin. Lo vemos desde los cielos, mediante planos cenitales, que nos transportan a otro mundo, mientras oímos la voz de un Juan Diego en estado de gracia, que subraya su acento, juega con expresiones andaluzas y tira de deliciosos chascarrillos, ironía y mucho humor.

Camarón en una fotografía de joven

Camarón en una fotografía de joven

La película avanza con una meticulosa selección de fotografías, vídeos de la época, tomas aéreas y animaciones, consolidando una obra que va ganando ritmo hasta precipitarse en los vertiginosos años finales de Camarón. Del tono ligero de la primera parte se pasa a la gravedad del final, cuando la heroína, el tabaco y el cáncer han consumido el alma del chiquillo rubio convertido en un hombre que lucha por cada suspiro.

Cuando se vuelven a encender las luces del Cervantes, el público se pone en pie, se gira a la sexta fila y ovaciona durante minutos a la familia del mito, mientras Alexis Morante se abraza a La Chispa. El sueño del mito va de nuevo sobre el tiempo, flotando como un velero.


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