El cine de animación luce aquí no como la solución natural a la transición “de la viñeta al celuloide”, sino más bien como el espacio ideal para que el mundo onírico vaya de la mano con el real

28 Abr 2019
Victor Esquirol Molinas

En Buñuel en el laberinto de las tortugas, Salvador Simó adapta a Fermín Solís, y propone un valiente e inventivo regreso a una de las piezas más controvertidas (y ya por esto reivindicables) de nuestro patrimonio fílmico

Suena a tópico, pero no por ello deja de ser verdad: hablar de Las Hurdes (Tierra sin pan) implica hablar de la historia del cine. Es lo mismo que detenerse en un capítulo fundamental en la construcción de esa mirada, que no es sino una potentísima herramienta para entender el mundo… a lo mejor para enfrentarnos a él. La presentación de esta pieza documental de apenas media hora de metraje viene servida por los propios textos explicativos iniciales, típicos del silente.

Dicen así: “Este ensayo cinematográfico de geografía humana ha sido filmado en 1932, poco después de la declaración de la República Española. Según los geógrafos y los viajeros, la zona que van a visitar se llama “Las Hurdes”, una región estéril e inhospitalaria donde el hombre está obligado a luchar, hora tras hora, por su subsistencia.”

A partir de ahí, algunas de las versiones que se conservan de dicho experimento (pues en aquella época, esto es lo que era) cuentan con el inestimable apoyo de la voz de Francisco Rabal como lírica narración del cuaderno de bitácora de Luis Buñuel, el hombre detrás de la cámara.

Un cineasta legendario incluso en vida; un artista privilegiado en su visión, claramente adelantada a los tiempos que le tocó vivir. De momento, todo bien; todo deslumbrante… hasta que toca escarbar en la dimensión humana, tanto del asunto como de su personaje central.

En estas engorrosas labores decide aplicarse Salvador Simó en su nuevo largometraje como director. Buñuel en el laberinto de las tortugas, que así se titula, es la adaptación cinematográfica del cómic de mismo título creado por Fermín Solís. Tanto ahí como aquí se parte de lo obvio (esto es, el making of como medio para comprender mejor la pieza de arte), para posteriormente adentrarse en aquello que requiere un estado de conciencia más desarrollado: entender la realidad que el cine (por mucho que se vista de no-ficción) nos impide ver.

Y ahí está el qué. Esa sombra de la duda que persiguió a “las Hurdes” de Buñuel, desde que se pudieron reflexionar de forma más o menos razonada. Exactamente lo mismo que sucedió con Robert J. Flaherty, pionero documentalista cuyos más célebres trabajos jamás lograron escapar de esas dudas que iban a torpedear su mismísima línea de flotación. Para entendernos, ¿lo que nos mostraban aquellas películas era verdad o mentira? O si se prefiere, ¿hasta qué punto estaba limpia la mirada del cineasta? ¿Ésta observaba o perturbaba?

En el caso que ahora nos ocupa, parece haber consenso en que las escenas más impactantes de Las Hurdes (Tierra sin pan) fueron fruto de la intervención salvaje de una mano externa a la realidad supuestamente retratada. Aunque claro, existen crímenes (si es que realmente se puede hablar de esto) con coartada.

Aquí, la naturaleza salvaje del objeto de estudio. No en vano, Buñuel se adentró en una región que, hasta 1922 (año en que pasó por ahí la primera carretera), permaneció prácticamente aislada del mundo “civilizado”. El entorno como brutal condicionante; la supervivencia animal como única solución.

El bocio, la disentería y la endogamia como caldo de cultivo de un paleolítico degenerado, pero aún latente. Era el lugar donde Los santos inocentes de Miguel Delibes y Mario Camus encontrarían, a posteriori, las condiciones de infra-vida en las que se curtieron los Hombres de Arán de -una vez más- Flaherty. O si se prefiere, donde el estudio etnográfico se fundía con el manifiesto surrealista.

¿Realidad o ficción? En serio, ¿importa? Salvador Simó parece decir que no, o al menos insinúa que el debate pierde importancia frente al poso humano que deja la experiencia.

De modo que sin perder jamás de vista la cuestión ético-artística, Buñuel en el laberinto de las tortugas se centra más en el estudio de su protagonista, así como en los altibajos en las relaciones que éste mantiene con sus camaradas (en especial con Ramón Acín, ese cómplice necesario). Las motivaciones del artista, al fin y al cabo, se esconden entre dichas marañas emocionales. De dicho enfoque surge una clase de “historia de nuestro cine” la mar de amena. Interesante en el dibujo del contexto, y acertada en casi todas las decisiones que toma.

La primera de ellas (la más primordial) reside en la elección del formato. El cine de animación luce aquí no como la solución natural a la transición “de la viñeta al celuloide”, sino más bien como el espacio ideal para que el mundo onírico vaya de la mano con el real.

Las dos pulsiones, en definitiva, entre las que se debatía Luis Buñuel durante la concepción y el rodaje de Las Hurdes. Salvador Simó arriesga en lo visual, del mismo modo en que el maestro de Calanda arriesgaba en lo conceptual. Así consigue que lo estético (donde sobresale la valiente labor del ilustrador y ahora director de arte José Luis Ágreda) esté en perfecta consonancia con lo intelectual.

La falta de fluidez en los movimientos y los rasgos asimétricos y deformados tanto de los personajes como de los paisajes por los que transitan, ofrecen imágenes que nos hablan del poder inevitablemente distorsionador del cine.

La cámara, conviene no olvidarlo, está siempre al servicio de quien la gobierna. Por ende, nosotros, espectadores, estamos igualmente condicionados. No hay azar sino puesta en escena… lo cual no implica que se esté faltando a la verdad.

La denuncia no pierde credibilidad, por mucho que haya nacido de una mentira. Dicho de otra manera, a la hora de interpretar nuestro patrimonio, se puede ser benevolente sin caer en la indulgencia; se puede ser crítico sin necesidad de ser cruel. Simó reivindica el rigor sin renunciar a esos empujones que solo nos pueden dar los sueños. Buñuel lo habría firmado, seguro.


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