Manuel Castro
Manuel Castro

FICHA TÉCNICA

Duración:  163 min. Nacionalidad: EE.UU. Director: Denis Villeneuve. Guión: Hampton Fancher y Michael Green. Música: Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch. Fotografía: Roger Deakins. Intérpretes: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Robin Right, Jared Leto, Dave Bautista, Sylvia Hoeks, Carla Juri, Mackenzie Davis, Barklad Abdi, David Dastmalchian, Hiam Abbas, Lennie James.

 

Estás en el desierto. Una tortuga viene hacia ti. Queda boca arriba, sin poder darse la vuelta, a merced de los rayos de un sol abrasador. No la ayudas… ¿Cómo te sientes? Pues posiblemente como Denis Villeneuve, ya sólo en su habitación, después de haber aceptado unos minutos antes el encargo de rodar la segunda entrega de Blade Runner. ¿Podemos decir que el osado Denis ha salvado la papeleta distópica?, pues depende. Desde el punto de vista de la industria y el negocio, desde luego que sí. Aplicando la magna escala de su predecesora, la obra de la que -digan lo que digan- esta película es profundamente deudora, desde luego que no.

Nos quedamos con las ganas de saber qué hubiera ocurrido si don Ridley Scott hubiera tenido más agallas y menos sentido común, qué hubiera pasado si en vez de dar un paso atrás para centrarse en los aspectos más operativos y lucrativos del proyecto hubiera cogido la oveja eléctrica por las orejas nuevamente. Sí, era una temeridad, seguramente una enorme torpeza de la que saldría trasquilado, pero qué enorme satisfacción lograr el más difícil todavía, convertir el agua en vino otra vez ante la mirada ya avisada de los siempre descreídos espectadores. Y si no que se lo digan a don Francis.

Blade Runner es una película de culto, un clásico. Es inagotable, como demuestran los análisis sociológicos, psicológicos, políticos o filosóficos que todavía emanan de ella. Pero a mí, más que por los sesudos estudios a que sigue siendo sometida, me interesa por ser una película visionaria, vibrante, llena de lírica, riesgo, belleza, misterio… Su secuela pule y perfecciona su carcasa, pero poco más. La puesta en escena es un alarde de diseño, de profesionalidad, de sensibilidad y pericia tecnológica, pero ni siquiera en este campo formal, el punto fuerte de la nueva cinta, podemos hablar de creatividad con mayúsculas, pues su propuesta es una proyección hábil y muy cualificada de los hallazgos estéticos de su antecesora. No estamos ante una nueva voz, sino ante un sofisticado eco. Y, como se sabe, el eco crece en los grandes espacios vacíos.

Al menos esa perfección estética sirve para que las dos horas bien largas que dura no se hagan eternas. Ese posiblemente sea el único milagro que alberga Blade Runner 2049. Porque no ayuda demasiado un ritmo que quiere ser hipnótico y que, en general, se queda en una parsimonia gratuita, injustificada. Tampoco colabora con la causa, a mi modesto entender, un insípido Ryan Gosling. Debe tener este muchacho algo que yo no veo, porque a mí me parece que su economía gestual desemboca en una nadería que mata al espectador de inanición. Algo debe tener, repito, porque le dan papelones uno detrás de otro. El de la multipremiada La, La Land, sin ir más lejos, donde la pelirroja Emma Stone se lo comía con papas. La evidencia de que nuestro joven rey va desnudo -intuyo que much@s querrían ir más allá de la metáfora-, se hace aún más palmaria con la irrupción de don Harrison en la película. El viejo Ford ha ganado carácter con las arrugas y no ha perdido ese estilo intenso, prieto, casi agotador, que le convierte en uno de los más y mejor agobiados intérpretes a esta orilla de la galaxia.

No es necesario realizar muchos interrogatorios a Villeneuve sobre su película para concluir que su criatura es un replicante. De última generación, pero un replicante al fin y al cabo. Sus emociones son impostadas y prácticamente ninguna es capaz de recorrer, no distancias siderales, sino los escasos metros que separan las imágenes del patio de butacas. No hay ni sombra de humanidad, hay producto. No hay magia, hay trucos. No hay aventura, hay acción. No hay belleza, hay esteticismo. Han dicho que este Blade Runner es fiel reflejo del alma de nuestro tiempo. Bien, es una afirmación un poco grandilocuente, pero puede ser. Puede que nuestro tiempo tenga esa vacuidad, esa superficialidad por bandera, y desde luego ser el pálido reflejo de un alma le sienta como un guante a la nueva propuesta.


En este punto, cabría preguntarse si hoy en día sueñan los humanos con películas con alma o se han resignado y acostumbrado a lo que la gran fábrica de Hollywood nos viene vendiendo. Quizá la respuesta a esa pregunta hay que buscarla en los millones de seguidores que la narrativa audiovisual televisiva ha ganado en estos años, en cómo el ser humano sigue buscando, allá donde surge, la fuente de las emociones más genuinas, el lugar donde brotan los sueños que se confunden con la propia vida, sí, como lágrimas en la lluvia. Sin esa emoción poco importa que pases del ciberpunk al paisaje postsoviético o al plateresco.

El iris descapotado que abre la película es un guiño a su origen, pero también un aviso a navegantes. Un espectáculo meticuloso e irreprochable  penetra en nosotros  a través, no de las vísceras, no del corazón, si no de la pupila. Pasen y vean, no pasen y sientan. Así, la conversión en nieve de la mítica lluvia bladerunneriana -ahí queda eso- nos anuncia una congelación -me temo que no deliberada- de las emociones, un cuadro de postal invernal, un cuento más frío que el que nos habían contado. No hay espectador que no saliera empapado y herido de la sala tras aquella lluvia bíblica, poética, sangrante, omnipresente… De esta nevada salimos ilesos y completamente secos. Quizá, como alguien dijo, la lluvia sea algo que siempre ocurre en el pasado. Incluso, en este verano prorrogado sine die, alguien podría llegar a pensar que se trata de un recuerdo implantado.


2 comentarios sobre “‘Blade Runner 2049’: Ni el mismo amor, ni la misma lluvia

  1. Menos mal que alguien vio la misma película que yo y se atrevió a escribir sobre ello. Incluso aunque ese alguien aun mantenga esperanzas en un director/productor que debiera haber sido exterminado hace 25 años -cuando trabajaba cada película durante 2 o 3 años en vez de destrozar un mínimo de 3 proyectos al año-. El emperador desnudo no es Ryan Gosling, que se limita reírse de sí mismo, sino Ridley Scott… que se descojona abiertamente de nosotros. Y lo que le queda.

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