Ali y George son las descaradas protagonistas de las películas de Paco R. Baños, que acaba de estrenar ‘522. Un gato, un chino y mi padre’. Dos chicas inadaptadas y rebeldes, de las que resulta imposible no enamorarse

avila
17 Jul 2019
Alejandro Ávila

Paco R. Baños no simpatiza con Woody. Ya sabes, el vaquero articulado que lleva casi un cuarto de siglo protagonizando la saga de Toy Story. Cuenta que lo suyo son esos personajes al margen, gamberros y muy lejos de los estereotipos heroicos del cowboy de Pixar.

A la hora de construir sus propios personajes, el director sevillano reconoce que le molan los que tienen alguna “disfunción emocional”, porque eso le permite conectar con el espectador. Admite que siente una gran admiración “por esa garra y carácter del universo femenino” y que se siente muy a gusto con esos personajes femeninos que se atreven a todo.

Ali, interpretada por Nadia de Santiago

Probablemente, si Baños hubiera podido elegir entre trabajar para Pixar, donde la mayoría de sus protagonistas son héroes masculinos más o menos clásicos, o Studio Ghibli, habría optado por los segundos, que cuentan con un amplio abanico de grandes protagonistas femeninas como Chihiro, San o Nausicäa. “Necesitarán un amigo, o un partidario, pero nunca un salvador. Cualquier mujer es capaz de ser una heroína tanto como un hombre”, afirma Hayao Miyazaki, el fundador de la compañía de animación japonesa.

Ali y George, dos chicas rebeldes

Si Miyazaki ha visto los dos largometrajes de Paco R. Baños, Ali y 522. Un gato, un chino y mi padre, estamos convencidos de se ha enamorado profundamente de sus protagonistas, Ali y George, dos chicas jóvenes, inadaptadas y rebeldes. Y, sí, con alguna que otra tarita emocional.

Queremos ser tan gamberros como ellas y encontrar los parecidos (razonables) y las diferencias (también razonables) que existen entre Ali y George. Empecemos por lo básico. Las dos son chicas de barrio. Viven en Sevilla, pero podrían vivir en cualquier otra barriada de España de bloques altos, supermercados en la esquina y un chino frente a casa.

George, interpretada por Natalia de Molina, en ‘522. Un gato, un chino y mi padre’

Ali es una cajera de supermercado, una veinteañera algo insoportable, con tendencia a la cleptomanía, las malas contestaciones y (remedando a Slash) a lo borde… a ser una borde de cuidado. Eso sí, adora a sus amigas y su madre, pero no traga al novio de ella.

George vive también en una barriada de Sevilla. Los escenarios son las calles de Triana, pero el barrio de la ficción tiene un aspecto menos gentrificado. Georgina (ese es su verdadero nombre) tiene ya treinta años, vive sola, es traductora (¿autónoma?) y su único vicio es el tabaco. Se alimenta a base de sándwiches y solo gasta en comida para gatos y en ir, de vez en cuando, al cine. Es una millenial de manual. Paranoias mentales incluidas.

Ambos son personajes inadaptados, antisociales. Mientras que Ali tiene ciertos problemillas para gestionar su mala leche (llámemoslo ira), George sufre de agorafobia y se ha autoimpuesto un límite mental: no alejarse de su casa más de 522 pasos.

Las dos van a su rollo. Aparentemente no les importa lo que piensen los demás de sus exabruptos, su manera de andar ni su forma de vestir

Está claro: las dos van a su rollo. Aparentemente, no les importa lo que piensen los demás de sus exabruptos, de su manera de andar ni de su forma de vestir. Ellas son así y al que no le guste… que arree. Sin embargo, hay una cierta (o mucha) amargura en ambos personajes, que han construido una gruesa coraza que les impide relacionarse con las personas que las aman y, lo realmente grave, que les impide ser feliz.

Una mochila cargada de emociones negativas

En palabras del director, ambas van por la vida con la “mochila” cargada de vivencias, emociones y soluciones vitales negativas. “Necesitan reconducir sus vidas para encontrarse a sí mismas”, constata. Se han creado un “submundo” del que necesitan salir, nadar hacia la luz de la superficie para respirar con cierta paz. En definitiva, necesitan dar una paso adelante “para ser más felices”.

El submundo de George comprende un asfixiante perímetro de 522 pasos alrededor de su casa. La cárcel mental de Ali gira entre su trabajo en un supermercado, su casa y su madre. Cuando sacan a ambas (montadas en una furgoneta) de esa zona mental en la que se han acomodado, explotan y la pagan con sus compañeros de viaje.

Ali

Ninguna de las dos considera que el amor forme parte de la ecuación de sus vidas. Y es que, regresando a las palabras de su director, “ambas son complejas y han tenido vivencias emocionales y familiares que no están bien cerradas o no han sido bien vividas”.

Mientras que George limita sus afectos a su gato y un vecino con el que mantiene relaciones sexuales esporádicas, Ali no para de dar largas y ofender al chico con el que se acuesta de vez en cuando. George ha perdido todo contacto con su padre, un bohemio que escribe guías de viaje, y Ali, ante la ausencia de un padre del que nada se sabe, se encuentra aferrada al cordón umbilical de su madre. Qué simbólicas son las amnióticas escenas bajo el agua que protagonizan las dos mujeres. Además, los fracasos sentimentales de su madre son un pésimo ejemplo para Ali, que malvive con un atroz temor a enamorarse.

Moverse es vivir

“Moverse es vivir”. Lo decía Salvador López Gómez, pedagogo sevillano decimonónico y uno de los pioneros de la educación física en España. Y será precisamente el movimiento lo que salve a ambas de una vida constreñida, anodina y llena de miedos. El movimiento literal, práctico y sobre ruedas (en sendas furgonetas aventureras) será, en definitiva, lo que salvará a ambas de su parálisis emocional.

De ese modo, George se ve obligada a viajar lejos de su casa, a Portugal, para esparcir las cenizas de su gato, atropellado por un autobús de línea. El de Georgina es un viaje iniciático de reencuentro y reconciliación con su pasado. Lo hará en una furgoneta conducida por el tendero chino (¿o era japonés?) de su barrio y estableciendo un nuevo perímetro de 522 pasos en torno a la furgoneta.

Georgina se dirige sobre una motocicleta a un fin del mundo marcado por tres elementos tan alegóricos como una carretera, un faro y el mar

La reconciliación con sus recuerdos, su tierra y su padre la llevarán hasta el fin de mundo. A fuerza de voluntad terminará venciendo sus temores. El límite de los pasos se disipa hasta dar lugar a una bella escena final en la que, subida a una motocicleta, se dirige a un fin del mundo marcado por tres elementos tan alegóricos como una carretera, un faro y el mar, que perfectamente podrían representar la vida, la clarividencia y la libertad.

Una veinteañera con pavor a los coches

En el caso de Ali, su parálisis emocional se materializa en su pánico a conducir, un símbolo tradicional de la autonomía, la libertad y la fuerza. En cambio, para la veinteañera, los coches son máquinas infernales, sobre todo si son rojos (los que sufren más siniestros) y o negros (los que sufren más robos). Cuando Ali decide arriesgarse y le pierde el miedo a enamorarse, arremete contra su otra bestia parda: el pavor a los coches. Ni corta ni perezosa, se sienta al volante y se lanza, en una loca persecución, a perseguir al chico que le gusta para confesarle (a su comedida y nada pastelosa manera) que lo ama.

George

Así, sobre ruedas, las dos chicas logran romper la complicada burbuja que habían inflado hasta ahogarse en su interior. Les ha llegado el momento de sacar el alfiler y romperla. Ali está harta de hacer creer a los demás que es poco menos que Sylvester Stallone y George no puede más con esa supuesta agorafobia que le impide alejarse de su hogar más allá de un puñado de pasos.

Ambas terminan sonriendo de soslayo a la cámara. Los planos, su gestos, su forma de vestir… todo nos comunica en las escenas finales que las chicas se han liberado de un atosigante peso existencial. Mientras que George se dirige al fin del mundo sobre su motocicleta, una sonrisa de oreja a oreja y unas alegres prendas veraniegas, Ali luce una favorecedora y refulgente camiseta roja de tirantas, mientras sonríe y a su alrededor se forma un (divertido) caos. Ali sigue siendo la misma chica fuerte y despreocupada, pero ahora está realmente segura de sí misma.

Si hay algo que destaque de la personalidad de ambas es su bellísima y rabiosa independencia. Son chicas descaradas, fuertes, atrevidas y, a su manera, con un cierto sentido del humor

Y es que, si hay algo que destaque de la personalidad de ambas es su bellísima y rabiosa independencia. Son chicas descaradas, fuertes, atrevidas y, a su manera, con un cierto sentido del humor que las salva de caerle mal al espectador. El guion, el color, la banda sonora nos lleva, sobre todo con Ali, al cine indie norteamericano, esa cinematografía surgida al calor de festivales como Sundance. Con eso en mente, resulta imposible no pensar en uno de sus grandes referentes: Wes Anderson.

El universo feminista de Wes Anderson

De hecho, Baños no esconde su pasión por el director texano, uno de los referentes habituales que se emplean para referirse a su propio cine. Según Wes Anderson, al crear a la Suzy Bishop de Moonrise Kingdom, se estaba proyectando a sí mismo. El director sevillano así lo confiesa también: hay jirones de él en las protagonistas femeninas de sus películas.

Son muchas las chicas independientes de la filmografía de Wes Anderson con las que estamos seguros de que George y, sobre todo, Ali trabarían una bonita amistad: la intrépida Margot Tenenbaum (Los Tenenbaum), la aventurera Jane Winslett-Richardson (Life Aquatic), la mencionada Suzy Bishop (Moonrise Kingdom) y, por supuesto, la valiente Agatha de la deliciosa Gran Hotel Budapest.

Suzie Bishop, la protagonista de ‘Moonrise Kingdom’

Como las protagonistas de Wes o de Miyazaki, son ellas las que llevan la voz cantante de su sus propias aventuras y las que, dando un valiente paso al frente, se enfrentan al monstruo más temible, el que llevamos en nuestro interior, y que blandiendo su imaginaria espada con determinación consiguen espantarlo para poder vivir libres y felices.

Es una felicidad que se halla en el infinito, que hay que trabajarla y que hay que caminar hacia ella. Porque moverse es vivir. Y vivir la vida con plenitud siempre, siempre merece la pena. El horizonte es infinito. Y nace en el mar.


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