Con apenas 48 horas de diferencia, el cine español ha despedido a dos personajes irrepetibles: el director que ha militado con más fuerza en el cine independiente y una de las actrices con más carácter e impronta del panorama nacional. Con cierto halo ‘outsider’ y combativo, ambos reunieron en sus perfiles creativos sus ideologías de izquierda y un conocimiento magistral de la profesión.

redaccion
13 Ago 2017
Redacción filmAnd

Podríamos decir sin pecar de exageración, que Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930) ha sido el cineasta más libre y más “rojo” de España, el más censurado y perseguido por la dictadura de Franco en la que le tocó comenzar a trabajar, “más que Berlanga, más que Bardem”, para después dejar abierto el camino a otros jóvenes realizadores. Fallecido en Madrid a los 86 años, fue un pionero, un realizador valiente y valioso a quien la industria no valoró apropiadamente. El carácter rebelde y decidido de este intelectual nacido en medio de una familia tradicional -sus hermanos se hicieron religiosos, de hecho, José María (1925-2015), fue secretario del cardenal Tarancón-, se puso de manifiesto enseguida, ya desde sus años de estudiante de Filosofía y Letras en Salamanca, donde nació.

Allí fundó, en los años cincuenta, el cine club universitario, germen de la importante revista Cinema Universitario y foro de las primeras Conversaciones Cinematográficas de Salamanca, que tuvieron influencia decisiva en la evolución del cine español de posguerra. La Guerra Civil y Salamanca, su ciudad, usada como metáfora de tantas cosas, fueron siempre su leitmotiv, un tema recurrente en su filmografía.

Martín Patino hizo, en los setenta, las cintas más censuradas del cine español, desde Canciones para después de una guerra (1971) a Queridísimos verdugos (1977). Ha sido un maestro para muchas generaciones posteriores de cineastas, como José Luis Guerín o Lois Patiño, que vieron la profunda utilidad del documental en la historia cinematográfica española. Callado, elegante y tímido, plasmaba su determinación en sus obras, no solo cinematográficas, sino en sus libros, sus montajes audiovisuales o sus trabajos para la televisión convencional.

E hizo trabajos audiovisuales promocionales, como el de la candidatura de Sevilla a la Exposición Universal (Expo’92), El nacimiento de un Nuevo Mundo, con el que Sevilla ganó la convocatoria. Sus últimos audiovisuales fueron Homenaje a Madrid (2004), con motivo de los atentados islamistas del 11-M y que se proyectó en PHotoEspaña; Corredores de fondo y Fiesta, ambos de 2005 y mostrados en los Pabellones de España de la Bienal de Arquitectura de Venecia y la Exposición Universal de Aichi (Japón), respectivamente. Pero, para los más jóvenes, será el documentalista de 15-M Libre te quiero (2012), que rodó ya rozando los ochenta años y cuando ya había anunciado su retirada, es su legado más sincero y “desde dentro”.

Terele Pávez, la ‘bruja’ más querida

Esta semana nefasta para el cine español se ha llevado también a la gran actriz Terele Pávez, la bruja más querida del cine español, probablemente la actriz de carácter más apreciada de la profesión. Ha muerto una “barbaridad” de actriz, como la ha definido su compañera Carmen Machi, y un referente para todos que debía a Álex de la Iglesia su segunda juventud cinéfila.

“Terele es una barbaridad de actriz, no la hay como ella, hace que todo sea posible, para mi es un referente”, decía de ella Machi que compartió con Pávez una de las últimas cintas en las que se pudo ver a la septuagenaria en plena ebullición, La puerta abierta, de Marina Seresesky, donde ambas interpretaban a dos prostitutas, madre e hija. Quedará para siempre en el imaginario popular su inolvidable Régula de Los santos inocentes, que, según contaba, le hizo ganar “un hermano”, el actor Paco Rabal, irrepetible, como ella, en el papel de Azarías, o la Celestina, de La Celestina, con una jovencísima Penélope Cruz como Melibea.

Pero su Goya se lo dio la enorme Maritxu de Las Brujas de Zugarramurdi, de nuevo, con su talismán, su amigo, Álex de la Iglesia. Se conocieron en 1995 cuando De la Iglesia contactó con ella, que entonces no tenía trabajo, y se cayeron bien: los dos eran zurdos y de Bilbao y compartían sentido del humor.

Trabajó con los mejores, desde Mario Camús a Luis García Berlanga, a Bigas Luna, pasando por Mariano Ozores, José Luis Cuerda o Vicente Aranda, pero siempre como secundaria, o actriz de reparto, papeles que le procuraron hasta seis nominaciones al Goya, pero también estuvo en todos los cortos (más de diez en los últimos ocho años) y nunca dijo no a una ópera prima.

Su muerte a los 78 años ha cogido por sorpresa a la profesión y a sus seguidores, quienes, al menos, aún podrán disfrutarla en las producciones que deja terminadas y por estrenar: Caribe Mix, el debut del productor Miguel García de la Calera; ¡Ay, mi madre!, ópera prima de Frank Ariza, además de La noche después de que mi novia me dejara, del argentino Fernando Ronchese.


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