Braulio Ortiz
Braulio Ortiz

Ciertos elementos de Torremolinos 73 podían remitir a la lúbrica frivolidad de los tiempos del destape, aunque la historia del filme se ambientaba unos años antes de ese fenómeno, pero el debut de Pablo Berger en el largo se alejaba sin embargo del tono de aquellas producciones y proponía bajo el disfraz de comedia un tierno y amargo retrato del tardofranquismo. El director trascendía la exótica peripecia de un matrimonio asfixiado por los problemas económicos (entrañables Candela Peña y Javier Cámara) que encontraba una salida a sus penurias en el porno amateur para hablar de un país que, en el principio de los 70, soñaba con abrazar la modernidad y salir de su atraso, pero no sabía cómo desprenderse de su dolorosa vulgaridad.

Corría el año 2003 cuando Berger estrenó ese trabajo, pero pese a esa estupenda carta de presentación no volvimos a tener noticias del director vasco hasta 2012. Con su regreso, la premiada Blancanieves, el bilbaíno subrayaba su intención de seguir hablando de España, esta vez con una castiza relectura del cuento en la que el folclore   –la protagonista era nada menos que hija de un torero y una cantaora– confería una singular fuerza expresiva a una narración atraída también por las elegantes hechuras del terror gótico. La encantadora Macarena García y una irresistible y malvada Maribel Verdú servían de guías para un viaje por un país al que le gusta morder la manzana de la discordia, que tiene entre sus rasgos de identidad la coreografía implacable de la tauromaquia o esa belleza grotesca e insólita que cautiva a la fotógrafa Cristina García Rodero, una de las referencias que manejó Berger a la hora de concebir su filme.

Si la apuesta de Blancanieves se antojaba suicida al adoptar la estética de una película muda y en blanco y negro, el nuevo proyecto del cineasta que ahora llega a los cines demuestra la valentía de un creador que entiende su oficio como un paseo por la cuerda floja. Abracadabra viste inicialmente la piel de cordero de una comedia costumbrista, pero en el camino alternará géneros, entre ellos el relato paranormal, para acabar desnudándonos y mostrándonos el lobo que llevamos dentro. No es casual que la protagonista, como ocurría en Torremolinos 73 y en Blancanieves, se vuelva a llamar Carmen. Aquí, de nuevo, asistimos a un certero retrato de España. Y somos, viene a decirnos Berger, cutres, horteras, escandalosos, brutales. No se asusten: a esa conclusión demoledora llega su director, sin embargo, desde la compasión, desde la cercana calidez con la que contempla a sus criaturas.

Se ha contado ya en numerosas ocasiones la premisa con la que arranca este Abracadabra –esa sesión de hipnosis a la que, en una boda, se presta el personaje de Antonio de la Torre–, pero quien acuda al cine pensando que pisa sobre terreno conocido se equivoca. La mayor virtud de la película es sin duda su capacidad para ser imprevisible y sorprender constantemente al espectador, abriéndole puertas inesperadas y llevándolo hasta registros mucho más incómodos que los de la comedia amable que se intuía en un principio, secuencias en las que el estrafalario doctor al que encarna José María Pou o el siniestro agente inmobiliario al que da vida Julián Villagrán protagonizan momentos memorables.

Su condición de “muñeca rusa”, como la ha definido Berger por los diferentes géneros que encierra la cinta, puede dejar fuera a ese segmento del público que prefiera las maneras convencionales, pero quien acepte las reglas del juego disfrutará de una película ciertamente audaz y provocadora. Una rareza en la que al mismo tiempo es fácil encontrar el eco de otros cineastas nacionales: desde Berlanga y Fernán-Gómez hasta Álex de la Iglesia –da la impresión de que el director de El día de la bestia habría gozado rodando las escenas del salón de bodas–, Bigas Luna o el Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Se echa de menos, tal vez, que la producción hubiese tenido la misma valentía a la hora de configurar un reparto más radical –Verdú, De la Torre y Mota, a su modo, son apuestas tan sólidas como predecibles–, pero aun así los actores están extraordinarios. Especialmente Maribel Verdú, que defiende desde la emoción a la heroína de este relato complejo que, tras sus muchos trucos de magia, habla de un drama real, el de un país misógino y bárbaro que maltrata a sus mujeres.


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