Victor Esquirol Molinas
Victor Esquirol Molinas

Desde las alturas, todo pinta mejor. La industria cinematográfica española arrastra una serie de problemas de naturaleza endémica que se ven plasmados en cada línea de meta en la que ese negocio puede llegar a manifestarse.

En la taquilla y en los grandes certámenes internacionales (por ejemplo), cuesta distinguir los síntomas de las causas, dibujándose así un cuadro clínico desalentador… si no fuera (y ahí iba) por ese puñado de títulos que cada temporada consiguen sobresalir y elevar una media que, de repente, ya no parece tan mala. Al contrario.

Rodrigo Sorogoyen, Isaki Lacuesta y Carlos Vermut se consolidaron en San Sebastián como los talentos actualmente más en forma de nuestra cinematografía. Jaime Rosales siguió desmarcándose del resto en Cannes. Celia Rico, Paul Urkijo Alijo, Ana Schulz y Cristóbal Fernández entraron con fuerza en nuestros radares, mientras que José Luis Cuerda y Javier Fesser reivindicaron la veteranía como un activo a seguir reivindicando.

Doce películas para comprimir un año en el que nuestro cine, a pesar de todo, siguió dando argumentos (de mucho peso) para ilusionarse con él. Del thriller de supervivencia a la intriga de espías, pasando por el documental político, el drama con tintes históricos, la comedia deportiva y el siempre atrayente cuento de terror.

Doce propuestas aparentemente dirigidas, cada una, a un tipo muy específico de público… pero disfrutables, al fin y al cabo, por todos los amantes de ese cine que sí, importa.

 

 

El reino, de Rodrigo Sorogoyen

Con ritmo “fincheriano”, gusto por el plano secuencia asfixiante y un Antonio de la Torre en plena forma, así fue la consagración definitiva de la dupla Sorogoyen & Peña. La mejor película española del año implica mirar, a través de la valentía del primerísimo primer plano frontal, esa realidad que mancha, y de la que no se puede huir.

La corrupción como eje central de un thriller político que va degenerando, poco a poco, en drama de supervivencia desde las mismísimas cloacas del estado. Solo podía ser así.

 

 

Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta

A la segunda, fue la vencida. Isaki Lacuesta volvió a conquistar San Sebastián con otra Concha de Oro que, ahora sí, levantó consenso. No era para menos. La secuela espiritual de La leyenda del tiempo nos llevó, doce años después, a la Isla de San Fernando.

Ahí nos esperaban Isra y Cheíto, en una película que, efectivamente, se movía entre dos aguas. Ni documental ni ficción. Ambas maneras de entender y captar la realidad, se mezclaron para formar un en un ejercicio de cine-verdad precioso, y a ratos emocionante.

 

 

Quién te cantará, de Carlos Vermut

Para su tercer y esperadísimo largometraje, Carlos Vermut se confirmó (por si todavía quedaban dudas) como el director español en activo más superdotado. No se arrugó ante las expectativas que levantó Magical Girl (al revés) y nos brindó su trabajo más ambicioso y maduro hasta la fecha.

En una villa costera encerró a Najwa Nimri con Eva Llorach, y mientras a nosotros nos llegaban ecos de la Persona de Bergman, él iba reflexionando, e hipnotizándonos, con el peso de la fama, con el proceso de creación artística y, claro está, con la construcción de una identidad que en sus manos, brillaba.

 

 

Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

Descubrí a Celia Rico llevado por una sensación constante de angustia… que a los pocos segundos se convertía siempre en ese placer que solo pueden dar las películas que saben de lo que hablan.

Era tan perfecta la escritura de los personajes, y tan afinadas las interpretaciones de Anna Castillo y Lola Dueñas, que había algo dentro de mí que sufría (desmedidamente) por miedo a que toda esa magia se desvaneciera. Por suerte este momento nunca llegó, de modo que ahí me quedé, reconociendo a mis seres queridos (y a mí mismo) en cada frase, gesto y mirada filmada por Rico.

 

 

La ciudad oculta, de Víctor Moreno

Al fin una propuesta digna de aquel soberbio espectáculo sensorial titulado Dead Slow Ahead, de Mauro Herce. Después de Edificio España, Víctor Moreno se sumergió en las alcantarillas de Madrid y firmó un documental tan absorbente como terrorífico.

A través de un mimo extremo tanto de la imagen como del sonido, el director invocó una tormenta de estímulos que nos transportó a dimensiones hasta entonces desconocidas, en un viaje alucinante y, desde luego, alucinado, que nos hizo ver el mundo que nos rodea con otros ojos.

 

 

Tu hijo, de Miguel Ángel Vivas

Un thriller de venganza estupendo (por la dureza de su historia; por la incomodidad en su desarrollo), en el que Miguel Ángel Vivas orquesta sabiamente la escritura cinematográfica para que las pulsiones de Charles Bronson que laten en José Coronado, vayan descubriendo, poco a poco, las verdaderas intenciones sociales del conjunto.

Magnífico trabajo fotográfico, y musical, y de compromiso para un punto de vista que más que ser un alarde estético, es un -desgarrador- llamamiento a replantearnos el modo que tenemos de mirar (y de creer) una de las grandes lacras de nuestro país.

 

 

Petitet, de Carles Bosch

El aclamado autor de documentales como Balseros o Bicicleta, cuchara, manzana volvió al ruedo con el seguimiento del proyecto, aparentemente imposible, de Petitet. Este gitano catalán, perteneciente a un linaje de músicos legendarios, carga en sus espaldas el peso de un pasado esplendoroso, y también la ilusión de un futuro que debe culminar con la consagración de la rumba en el Liceu de Barcelona.

De una simpatía desbordante en el dibujo de un personaje singular, y de una energía igualmente conmovedora a la hora de filmar la música, Bosch dio un auténtico recital de cine, a la postre, político.

 

 

Petra, de Jaime Rosales

El que seguramente sea el más alto exponente patrio del cine de la crueldad, no defraudó con su nueva película. Fría, distante, hermética y, por supuesto, muy dura. La omnipresencia de Bárbara Lennie (reivindicándose por enésima vez como una de las mejores actrices del mundo) llevó en volandas al cineasta de Barcelona, en una historia de violencia y perdones imposibles.

La narración y los dispositivos de filmación, brillantemente diseñados, fueron un elegante llamamiento a buscar segundas lecturas en un texto que, efectivamente, rebosaba poder alegórico.

 

 

Tiempo después, de José Luis Cuerda

Casi tres décadas después (año menos, año más), la que seguramente sea la mejor comedia española de la historia (esto es, Amanece, que no es poco) encontró su réplica. Con el tiempo, el maestro José Luis Cuerda no pudo ocultar su envejecimiento en la puesta en escena, pero siguió mostrándose igual de ingenioso y afilado en la escritura, su auténtico fuerte.

Un reparto de lujo puso el resto en esta disparatada parodia sobre ese país (el nuestro) condenado a levantarse sobre revoluciones fallidas.

 

 

Campeones, de Javier Fesser

Con Campeones, Javier Fesser se volvió a reivindicar como uno de los autores con más argumentos para conectar con el gran público. Su nueva película parecía condenada a la marginalidad de todas esas obras que, ya sea por valentía, ya sea por insensatez, deciden explorar los límites del humor.

Pero no, la relación de Javier Gutiérrez (estupendo, como siempre) con ese equipo de baloncesto compuesto por jóvenes discapacitados, fue el gancho definitivo para convertir la cara B de la épica deportiva, en una entrañable (y desde luego divertida) historia de amistad más allá del terreno de juego.

 

 

Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández

Uno de los documentales más estimulantes de la temporada. Envolvente mezcla entre álbum familiar y thriller de espías, con el conflicto vasco de telón de fondo. La dupla de directores se acerca a la relación de amistad aparentemente imposible entre Juan Gutiérrez (quien fuera director del Centro de Investigación por la Paz Gernika Gogoratuz) y Roberto Flórez (antiguo agente del CSID) para formular una brillante reflexión alrededor de la mentira, entendida esta como herramienta fundamental para entender el confuso mundo en el que vivimos.

 

 

Errementari (El herrero y el diablo), de Paul Urkijo Alijo

Porque el cine de género sigue latiendo con fuerza en España. El primer largometraje de Paul Urkijo Alijo es pura ambición desde la producción, correspondida esta con una ejecución con poco a envidiar a la fanfarria hollywoodiense.

Pero también es puro amor desde la narración de un cuento de buenas-noches ideal para no pegar ojo en toda la noche. Más que por terror (que también), por la emoción de ver cómo el séptimo arte sigue siendo capaz de captar la magia de esas historias contadas en el calor (¿infernal?) de la chimenea.

 


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *